TRENES DE CINE





Hubo un tiempo en el que el tren no era un amasijo de hierros que atravesaba las llanuras. El tren era un mito, una sombra inquietante, protagonista como los propios actores. Cuando el cine comenzó su ascensión como uno de los medios de comunicación de masas y entretenimiento más importantes en la historia de la humanidad, el ferrocarril era ya uno de sus protagonistas. Corría el año 1895 y los hermanos Lumière realizaron La llegada del tren. Le siguió El gran robo del tren, en 1903, de Edwin S. Porter y Viaje a través de lo imposible (1904), de Méliès, que era un ex “cameraman” de Edison. Allí comenzó ese traqueteo infinito con el que hemos ido recuperando algunos trozos del tiempo. Porque el tren es imaginación, volar sobre raíles a lugares lejanos que rápidamente reconocemos, aunque jamás los hayamos visitado.

El cinematógrafo nace y prospera en la época del apogeo del tren. En el museo de los raíles tienen parada muchos trenes y también muchos recuerdos. La mayoría en blanco y negro, como ese majestuoso travelling en la estación moscovita de Anna Karenina. Incluso en El hombre tranquilo, el ferrocarril prepara al espectador para situarlo cerca del cielo. Por eso, en cuanto vemos descender de uno de los vagones a Jonh Wayne, sabemos que ha venido a su pueblo para no marcharse jamás.

 Idas y venidas. Salidas y llegadas. Un universo de leyenda que emerge al contemplar un trío de filmes clásicos formado por El emperador del norte (1973), de Robert Aldrich, Grupo Salvaje (1969), de Sam Peckinpah y Los profesionales (1966), de Richard Brooks. Trenes que servían de refugio a muchos vagabundos, tipos duros, hombres perseguidos por la justicia. En el polo opuesto, tendríamos una película demoledora de Lars von Traer, Europa (1991), en la que las vías del tren, que aparecen en blanco y negro, vienen a ser un homenaje a la magia del ferrocarril. Como lo son Lawrence de Arabia (1962), Doctor Zhivago (1965) o El puente sobre el río Kwai (1957), curiosamente tres películas del maestro David Lean, un hombre que utilizó el tren hasta en su versión más intimista, como lo demostró en Breve Encuentro (1945). En otro rincón del planeta, nos encontramos con Los hermanos Max en el Oeste (1940), en el que el ferrocarril acaba siendo del tamaño de un palillo gracias al inmortal grito de guerra de “Más madera”. Películas que de una u otra manera hacían su particular homenaje al tren, con Búster Keaton como El maquinista de la general  o Con faldas y a loco, de Billy Wilder. También nos encontramos con  Asesinato en el Orient Express, Sucedió en el tren, Extraños en un tren… El género que más aportó a la mitificación del ferrocarril fue sin duda alguna el western: Solo ante el peligro, La conquista del Oeste, La verdadera historia de Jesse Lames, Tierra de audaces… Los títulos se multiplicaban. El tema era tan sugerente como exitoso. Una de las últimas películas que ha comprado billete para ser llevada a las salas de cine es Transsiberian, un thriller ambientado en el mítico ferrocarril de esa Rusia fascinante en su camino hacia Mongolia. Pero cada vez que me hablan de trenes en el cine, no puedo dejar de pensar en ese tren que atraviesa la sábana, observado desde lejos por unos batusi, y en cuyos vagones va sentado sobre unos troncos de madera Robert Redford, un aventurero con su camisa desabrochada e impoluta, que comparte pantalla y amores con Meryl Streep, en esa bonita cinta dirigida por Sydney Pollack, y que la Universal Pictures tituló Memorias de África, que transcurría al compás de la música de Mozart y de John Barry.

El Tren y el Cine Español compartieron varias películas  tanto en la Estación de Atocha como en la de Delicias,  inaugurada en 1880 por Alfonso XII. En ella se rodaron películas como Doctor Zhivago, Pájaros de papel, de Emilio Aragón, Amantes, de Vicente Aranda, Las cosas del querer y Camarón, de Jaime Chavarri, El amor perjudica seriamente la salud, de Manuel Gutiérrez Aragón, Nicolas y Alejandra, de Franklin J. Schaffner… Sus instalaciones han servido también de escenario para series de televisión como Compañeros, Cuéntame cómo pasó, Los Serrano, La señora, Amar en tiempos revueltos… Y para el documental El tren de la memoria sobre los más de dos millones de españoles que, empujados por las necesidades, tuvieron que marcharse a trabajar en un éxodo que los llevo por Europa: Alemania, Bélgica, Suiza, Alemania, Holanda…Se fueron para unos meses y se quedaron treinta años. Pero el cine en estado puro lo encontraremos en la película Tren de sombras, de José Luis Guerín,  donde nos regala unos trozos de poesía. Son historias del cine español en las que interviene el tren, como La ironía del dinero, de Edgar Neville (1959), ese gran cineasta incomprendido y olvidado, en la que, cuando el tren por fin se detiene, un secundario se asoma por la ventanilla y dice: —“¿Qué? ¿Hemos pinchado?”. Sin olvidarnos del Metro de Madrid, en el cual también se han contado muchas historias del cine y la televisión.

Hoy en día todo ha cambiado bastante y las películas ya no se hacen con los trenes como protagonistas, sino que en ellos se pasan películas para que el viaje sea más ameno. El tren ha dado paso a una imagen diferente. A veces parecen serpientes cruzando el horizonte. Echo  de menos aquellos trenes de vapor con sus pitidos en la llanura o descendiendo de las montañas. Aun así, en 2016, una serie volvió a traernos recuerdos del tren: This Is Us  (Somos nosotros)un drama creado por Dan Fogelman que se estrenó en la NBC el 20 de septiembre de 2016 y finalizó el 24 de mayo de 2022, protagonizado por Milo Ventimiglia, Mandy Moore, Sterling K. Brown, Chrissy Metz…  De ahí que en la serie fuera crucial el capítulo 17 de la temporada 6, dado el simbolismo que en ella tiene el tren, sirviendo de metáfora visual: es un movimiento rápido, constante, que va repasando la vida a través del tiempo, de vagón en vagón. Constantes flashbacks, flash forwards y flash sideways (que son aquellos que no siguen un orden cronológico lineal). Con ellos vemos lo que piensa Rebeca cuando está en coma en la habitación, momento en el que las imágenes mezclan realidad y  fantasía, mostrándonos a la familia (cuñado, hijos y nietos…, esperando y hablando entre ellos en el salón de la casa) y a Rebeca ya anciana. Entretanto, en los vagones, van apareciendo sus hijos en diferentes momentos de su vida  y también ella misma de niña jugando con su padre. Un complejo discurso de diferentes géneros que funciona con asombrosa unidad. Es como si con la serie quisiera decirnos que la vida es un viaje en el último tren.





 

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