El tardeo
ha inundado las calles, al atardecer. Es la nueva forma de hacer la digestión,
tras la ingesta, terminada la comida familiar o de empresa, o el modo de quitarnos
las pulgas y ser libres, presos del desmadre y la locura, donde no sabemos si
va más beoda la mamá o el hijo, papá y su nueva novia, todos a un palmo y en la misma acera, en el mismo
bar, con el cubata en la mano y el rímel desmadrado por la cara, tipo punki, el
cabello desordenado y la camisa por fuera, mientras los leones siguen al acecho
de una hembra, que, desbocada, se ha zafado de la manada y, dando tumbos, ha conseguido llegar a la pared, donde se ha apoyado, mientras hace malabarismos para sacar un cigarrillo de la cajetilla de Marlboro, sin conseguirlo. Y entonces llega el prenda y le ofrece una calada del joint, y lumbre para su cigarrillo, más
un sorbo caliente del cubata de ron, que hace ya un rato que dejó de bailar un
mambo con la coca cola.
El
tardeo a las puertas de los bares y de la vida, entrando y saliendo, mientras intentamos
encontrarnos a nosotros mismos después del divorcio y buscamos un/una amante, o un
bulto, lo que sea, evitando no andar tan solos, ya que la soledad pica como un
escorpión enrabietado. Un/una amante que nos calme la entrepierna y la sed de vivir.
Le dimos puerta al talibán y ahora llega la búsqueda, y salir de nuevo al mercado
de la carne y el sexo, o del amor, bajo la lluvia que cae y la nostalgia que nos invade, que hace que hablemos por los codos, con nosotros mismos o con el wiski de 12 años, al que no dejamos de echarle la charla encima del “pastón” que nos ha costado, aunque, la verdad, ha conseguido lo que no consiguió nuestra esposa o nuestro marido, es decir, ponernos blandos y esponjosos, y sin necesidad de tener que esnifar el polvo del cuerno de un unicornio o rinoceronte, o comprar un diamante para pedirle a la prometida o prometido casamiento. El tardeo es la nueva versión de la caza mayor a pie de calle. Los mejores
deseos, buenas ropas y perfumes, y un trago de absenta, de ese elixir sagrado que hace que consigamos la inmortalidad. Ellos y ellas en una reunión informal en busca
del arca perdida o del último tren, mucho antes de que llegue la madrugada o el fin de
año, y entonces sea demasiado tarde. El tardeo, la hora golfa que nos llama al
delirio, a la orgía mental, al cóctel de los placeres prohibidos, privados y
públicos, y a sacar el animal que llevamos dentro para que paste en su hábitat,
aunque mañana nos arrepintamos de todo y la lágrima se pasee por nuestro rostro
sin encontrar consuelo.
Pasen y vean. Diversión asegurada. Aforo ilimitado. Y vuelve
a llover. Comidas y cenas para festejar el botín, el tesoro de Alí Babá,
oculto bajo ese cielo gris por el que se pasea la libertad en constante desafío,
con las nubes muy revueltas, tanto que no están para bromas. Me encantan esos momentos
en los que la vida retrata la belleza de los vínculos. Cuando llueve, se juntan
muchos vínculos. La lluvia sabe muy bien cómo hacerle burla al rufián y al
verdugo, que los ha levantado de la mesa sin tiempo a apurar el wiski y a recoger
la propina que habían dejado en el plato, raudos a la reunión, a pesar del
aguacero, donde trocear la moral, como cada tarde. Pero no todos tienen prisa o
urgencias, y tras la comilona, una vez que han pagado en cash y en “negro”,
se levantan de la mesa a cámara lenta, salen del restaurante y se suman a la
juerga, que está a la vuelta de la esquina, en uno de esos “pre-party” en los que se
degustan licores de marca sin necesidad de pasar por el corsé de la coctelería
con solera, por donde igual aparece un intelectual con una académica de la lengua
que Dominguín con Ava Gardner. Museo Chicote, para más señas, atendidos por
Perico, el barman, que servía un Manhattan imposible de superar (Buñuel llegó a
decir de Chicote que era la Capilla Sixtina del Martini). El tardeo o el
flirteo con nuestra propia imagen y con la de los demás, esa hora canalla que
se prolonga después de las comidas o que empieza con un aperitivo antes de
cenar: - “Nada, un vinito y un canapé para abrir boca”, se argumenta. O ni lo
uno ni lo otro. Pero la apuesta tiene que ser atractiva y el ambiente desenfadado,
sin olvidar la buena música. Bares, pubs, terrazas, azoteas con vistas
al “skyline” de las ciudades, “beach clubs” urbanos…, sin agobios, sin hora… Nuevos
escaparates en los que gente quiere su protagonismo y desentumecer los huesos,
rígidos de la tensión de toda la semana. Unos buscan un entorno simpático y
verbenero; otros, los incurables nostálgicos de discoteca, escudriñan el
territorio hasta dar con un bareto-auditorio en el que zambullirse en esa atmósfera
troglodita que crean las luces LED y de algodón. Soul-funk, jazz,
Rhythm and blues… Música de los 70, 80… Y llega el Dj, Kily, un ruso que
les saca una sonrisa, mientras pasan de mano en mano los platos con pinchos de tortilla
y croquetas, el picoteo cañí…, acompañado de un vermú. Todo de un bocado, de un
trago…, de golpe, sin servilletas de papel, sin detener el ritmo, ni las
miradas, ni los cuerpos… Tras ingerir el lunch, vuelven a respirar. De
un brinco, invaden de nuevo la pista de baile, haciendo del local un templo a
la diversión, hasta que les toca ir al baño… Pero en la toilette hay
lleno hasta la bandera, incluido el pasillo, porque el servicio es la antesala
de todos los vicios, sobre todo con ese tipo de fauna que lleva ya unas cuantas
horas saltando de un etílico a otro, de una fiesta a otra, puerta con puerta, o
en el mismo barrio, a una manzana, donde antes, por cierto, se celebraba el
botellón, que ha decaído, ya que los chicos se han hecho mayores y prefieren
una sala cool, un espacio diferente y fabuloso en el que sentirse renovados.
Se bebe mucho. De ahí que la cola para entrar a los lavabos sea interminable. Entretanto,
detenidos en el interminable pasillo o apoyados contra la pared, los asistentes
aguantan la demora exhibiendo una sonrisa eterna. La imagen importa muchísimo.
Es la clave para la conquista. Sin ella no hay oferta ni demanda. También
importa la música, que sigue sonando, cargada de decibelios. Hits pop,
música electrónica o “fresh dance”… Cada garito con sus sonidos, con su mezcla
perfecta, sin importar si llueve o no, convencidos de que, con un vodka
en la mano y esa melodía, en nada, echarán a volar para volver a conquistar el
mundo. Y eso es magia. Y la magia debe continuar. Por el contrario, en la calle
de atrás, donde está la pollería, la carnicería, la droguería…, en las aceras, pela la pava el pueblo, que sigue contando la calderilla que lleva en los
bolsillos para ver si le alcanza para cuarto y mitad de pollo o de lo que sea,
y con ello consigue hacer un cocido o pollo en pepitoria, ya que el
proletariado siempre fue muy de cuchara, un utensilio muy atemporal, se friegue
con arena o con Asperón, que era un jabón que se inventaron en Soria, casi sin
químicos, y que dejaba muy limpios los cubiertos, tanto como deja los cuerpos
el amor, que no es un sentimiento de un día para otro.


3 Comentarios
Muy bueno
ResponderEliminarCC más Celín y más Cebrián que nunca. Teoría y práctica, costumbrismo y filosofía. Vida vivida y soñada. Y ante todo, sabéis qué, Gran Literatura!
ResponderEliminarEl tardeo, y todos sus estados…
ResponderEliminar¡Buenísimo!