EL LUNES SE HACE A LA MAR


 


Viene otra borrasca, que se llama Marta, la que tiene un marcapasos, letra y música de Los Hombres G, los de “sufre, Mamón”, que olían a gasolina de hacer  tanta carretera y de tocar música de saldo, de ahí el desparpajo, que nos llevaba directos al manicomio, mientras esperábamos la llegada de otra borrasca por el Atlántico, que sí tiene memoria. Niños pijos, los de la “médula,  o sea”, los que tienen la página web en el mundo mundial (fenomenal//genial,com), los mismos que mantuvieron un romance eterno con México, mientras se lo pasaban bien o de puta madre. Llega Marta y no la Sánchez, sino la otra, la que nos trae  otra vez lluvia, viento y nieve, ya que a la de Olé Olé, grupo con el que empezó sustituyendo a Vicky Larraz,  le va mucho más aquello de ser una chica yeyé. Una que viene y la otra que sigue aquí, y que insiste: -“Soy yo, la que sigue aquí…”. Y lo dice con un par, que para eso su padrino fue Alfredo Kraus y además se sentía  protegida por  “los soldados del amor”, tú y yo, gigantes de papel, qué ocurrencias… Tanto le gustó a Manolo Tena que decidió versionarla  para preservarla en el tiempo  y, de paso,  enlatar el espíritu tecno-pop. Pero, “desesperada”,  firmó con Polygram. Y en 2002, producida por Quentin Tarantino, el de los pies descalzos, que son el fetiche de sus películas,  lanzó Obsession, un tema lleno de preguntas, por qué, cuándo, qué…, quién…, y pocas respuestas, pues a quien iba dirigida la canción se escondía bajo tierra como se esconde un topo, y Marta, La Sánchez, no lograba saber nada de los sentimientos de este colega o de este Fulano, ni lo que hacía …, si dormía o no,  ni cuáles eran sus secretos…  Tan ardiente se puso la cosa, que el destinatario de la letra (un folio, ya digo, ¡ojo, un folio…!!!)  la dejó cabreada  por los siglos de los siglos. Se  fue Harry y vino Ingrid; llegó Joseph  y se marchó Kristin;   pasó Leonardo y apareció Marta. La próxima será Nils, un nombre escandinavo que significa la “victoria del pueblo”.  Esperemos que nos deje un hueco para respirar.  

Llega el lunes, uno de esos días en los que uno no se siente cómodo en el hogar,  encarcelados en casa por la lluvia o el frío, o por la propia pereza y el miedo a salir y encontrarnos con esos amigos que se ponen galones y se pavonean de lo que han conseguido, cuando lo que tienen en casa es una máquina de hacer dinero, o sea, el ahorro, que es lo que le gusta a los bancos, que se forran con la orgía de números, con la actitud mísera de los austeros, los tacaños de Cervantes y de Quevedo, que no saben aún lo que es desmelenarse y hacerle una visita al vicio, al  Jardín de las Delicias, y se pasan la mañana sentados en una silla, tal vez pensando…,  quizás languideciendo…, o seguramente recorriendo los tejados del dinero, su cubertura, su seguridad, unas tejas húmedas por donde chorrean los intereses. No tengo cartilla de ahorros. Lo único que guardo es una cartilla del colegio, que pone Cuaderno, como aquellas en las que Joserra nos escribía cuentos, unas historias cortas y maravillosas que nos alegraban la existencia. Se los inventaba mientras se vestía. Era tan rápido como Corín Tellado. La asturiana podía escribir una novela romántica en dos días. No le daba tiempo ni a gastar el dinero ni a ahorrar. Antes tenía que vender libros. Cuando llegaba el dinero de la editorial Bruguera, ese dinero tenía ya muchos novios.

Pasa el viento y se lleva el flequillo del lunes hacia un lado, hacia los arrabales de la semana, que acaba de empezar. El viento desordena, en parte, nuestras vidas y desempolva nuestros planes de futuro. La ropa tendida en la terraza hace de vela, cuando vamos a zarpar. Nos esperan las aguas revueltas de la política y los misioneros y predicadores de los lobbies  con sus consignas de consumo. Intentan vendernos lo que sea, un pito o una pelota, o el lote completo de mantas, o la alarma de la casa, cuando “la alarma” son ellos, porque el enemigo se viste de Prada o de seda, de la fascinación por lo inservible.

El lunes se hace a la mar y el gallo despierta a la cabra. La mañana se abre y los quioscos también. El lápiz perfila el ojo y el peine dibuja la raya. El cuerpo, al desayunar, se pone armonioso y, nosotros, nos ponemos las alas de volar. Nos espera el día, el idilio con la vida y un sobre que hay encima de la mesa. No está lleno de dinero, sino de sensatez.

 





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