Decía
Octavio Paz que, en la vida, de cada sentimiento sale una llama diferente: una
llama azul, la del amor; y otra roja, la
del erotismo. Son los colores de los sentimientos o de las emociones. O tal vez
de los pensamientos. Es como si cada
estado de ánimo tuviera un color. La paz, la elegancia… El blanco, el negro… La
psicología de la luz, del color, que reordena nuestra mente, y cierra una
herida, mientras abre una esperanza como se abre una flor. Y, para poder avanzar, se aventura en el
aire, esquivando lo ambiguo, lo contradictorio…, pero insistiendo
con su mirada, que es la que nos ayuda a recuperar el ánimo al ver un camino de
alegría, de colores, de sentimientos. Y, en una pared, en una tabla, aparece Rogier van der Weyden, el pintor
flamenco del XVI, lejos del simbolismo
medieval, que destaca por las formas, siendo el más dramático y el más
brillante en el uso del color. Plasma los sentimientos humanos con precisión:
el dolor, el detalle de la lágrima, la tristeza… Anticipando lo dramático en detrimento de un mayor
realismo. Y es ahí donde aparece el
color, único, inimitable, de una potencia visual extraordinaria. El Descendimiento es una pintura de una
calidad excepcional, donde el azul, el violáceo, el verde…, van puntualizando
las emociones en ese tríptico, que fue recuperado, tras un naufragio.
El
azul marino, el azul cielo…, toda una paleta de azules. Colores soñadores y
románticos, con matices profundos, lejos de la frivolidad. Naturalidad y color,
de cuerpo y espíritu, más allá de lo neutral, más allá de los sentimientos. Lo
que se mira, lo que se ve y lo que va articulado en el color, entre lo
racional y lo intuitivo. Hasta que llega la pausa. Y volvemos a mirar, a contemplar..., llevados por el lenguaje del color, que a menudo no es más que una respuesta
del alma, la celda interior, que necesita luz y color para crear, para vivir, para morir. Hay toda una paleta de colores
entrando en ese almacén de sentimientos, porque el alma tiene tantos colores
como el arcoíris, dada la complejidad humana: el rojo, agitado, alegre,
contundente, que no cesa de moverse de un lado a otro; el negro, que, al mezclarlo con el rojo, se vuelve marrón
y éste, al unirlo con el amarillo, da el naranja, tan cálido. Y el blanco, tan absoluto, lleno de silencio, de posibilidades. Y la mano que roza la
piel y cambia el rostro. Y es difícil aislarse. O sentirse impune. La
cercanía del cuerpo nos ruboriza. Y aparece otro, que nos despierta. Colores que nos llenan de pasión y deseo, de serenidad y calma. Hasta que sale
el azul: la lealtad, la estabilidad emocional. Todos, unos por otros, formando una piña invisible…, un ente que pesa 21 gramos, según la leyenda, con la que nos tumbamos en silencio toda la tarde.
Nos pasamos la tarde en compañía del alma, de ese soplo vital que pesa muy poco y abarca mucho, el que ruge por las mañanas y brama por las noches, acelerado por el candor
delicioso del ánimo, entre confidencias, deseos y el juego de los
cuerpos, siempre fascinante. Es ese momento eterno entre las sábanas, cuando
la carne acude al fuego para que no se extinga la llama, o las llamas, la roja
y la azul, ambas, incendiando la vida de una sinceridad absoluta con un relato
tan viejo como sencillo en el que se reencuentran las formas, el toque sutil, o
violento; con el presente fuera de tiempo y los labios ardiendo desde la noche
anterior, cuando te fuiste sin decir nada; y el instante intenso, con las manos
ocupadas; y el sexo inquieto, ansioso, en estado de alerta, que por fin desenfunda; y la
interjección que surge, y el artículo…, al que le siguen los verbos: amar, desear…, y una larga lista de palabras, tantas como colores, ya sean del alma o del espíritu, de la paz que nos invade en la
penumbra, mientras te oigo respirar y te oigo amar, que es otro sonido
diferente, un sonido fresco, feliz, que se quedará dormido hasta que irrumpan
en la habitación los primeros rayos de la mañana y nos echemos por
encima la sábana para cubrir los cuerpos desnudos y el color de cada sentimiento. Colores…


1 Comentarios
¡Qué bonito, por favor!
ResponderEliminarGracias, Celín, por este artículo tan maravilloso, porque, no describes los colores, haces que los respiremos... El artículo, no solo se lee, se siente.