La actualidad se ha puesto muy difícil a la hora de interpretarla.
Existe una élite que, mientras le da vueltas al café con una cucharilla de plata para deshacer el terrón de azúcar, cree a pies juntillas que la
actualidad es un entramado de vínculos. La conversación es vaga. Lo dicen con
la voz grave, esa voz con mucho grano, con el verbo duro, riguroso, ese timbre
de voz que se mete en el cuerpo y no se olvida. Son decisiones, apaños…, un
simple trato o una maniobra desprovista de toda ética, que siempre acaba en un rentable negocio. Son enredos que requieren firmeza y que se llevan a cabo en la sombra.
Una vez terminada la meditación acerca del
acontecimiento que acaba de tener lugar en una habitación a media luz, con las
cortinas corridas, el olor a puro, más la cercanía del retrete, por donde
también sale el tufo de la ambición, siempre
hay hueco para pasarse la mano por el
pelo y recogerlo hacia atrás, con tal de que no pierda la forma, no vaya a ser
que al flequillo le dé por abandonar el conjunto de la cabellera y, durante un
segundo, tape parte de la magnitud de la jugada y entonces suba
la temperatura del olvido. Plancharse el pelo con la mano es otra estrategia,
una actitud subliminal que despista al contrario. La maniobra se lleva a cabo con
la corbata puesta y con el nudo bien apretado al gaznate, tanto que a veces no
saben hasta dónde llegar, ya que no tienen
medida, y se quedan a un tris de ahogarse en pos del triunfo. Pero lo que no falta jamás en estas turbiedades ilícitas es un escribano,
que es el encargado de ir redactando las noticias falsas que saldrán mañana a
la luz. En cuanto se abre la ventana para que respiren las
alfombras, las noticias despliegan las alas y salen volando.
De siempre hubo muchas tramas aristocráticas, escándalos de la nobleza e
intrigas palaciegas de la clase alta, no exentas de traiciones, que llegaron a inspirar a la novela negra, tanto
que nadie las veía venir. Solían ser obras de un santo y un diablo, ya que ambos, curtidos en el arte del camuflaje
y el disimulo, siempre tenían los ojos
puestos en el horizonte, que era un indicador infalible. Cualquier fruslería, actividad con dividendos,
gestión o chollo, primero pasaba por el escáner divino para después quedar en manos del ejecutor. No importaba el rigor de
la operación, ni el rastro que iba dejando, o las imprudencias... A la hora de legalizar todo el entramado, ahí estaban los siglos, los medallones y los blasones de La Mesta.
Y esto que parece tan lejano en el tiempo, sigue estando vigente. Nada
ha cambiado. El mundo sigue siendo de los mismos, de los que no fueron a Las Cruzadas ni
entienden de heroísmo o de banderas. No existen como público. Son los
ausentes, los que solo mueven ficha para hacer la jugada perfecta, uno de esos
lances geniales, que hacen que suenen las palmas. Y esto se debe a que viven en
la gloria, que es un estado invisible, que nadie entiende, pero donde se
vive muy bien. Ellos provocan los temblores, pero los platos rotos los pagamos
nosotros.
Cambio de tercio. Una mujer se ha identificado como “ecosexual”. Dice que mantiene una relación con un roble. No sé si darle la enhorabuena o el pésame. Se llama Sonja Semyanova, es canadiense, de 45 años, y mantiene una relación erótica en Vancouver con un roble. Según ella, es una conexión íntima, creativa y afectiva con la naturaleza, sin que implique, claro está, contacto físico. Todo comenzó en 2020 durante un paseo por el bosque. Al recostarse sobre el árbol, sintió una oleada de energía, una sensación profunda y sostenida. Aquello fue el comienzo de su romance. Se había enamorado de aquel árbol. En cuanto a la relación… Se trata de estar junto al roble y sentir su presencia. En cada una de las estaciones, lo observa de una manera diferente. De vez en cuando, lo riega. Asegura que a su lado ha sentido seguridad, solidez y plenitud, algo que no siente con las personas. La “ecosexualidad” suele entenderse más como una filosofía de vida, aunque a veces se confunde con la dendrofilia, que es la atracción sexual hacia las plantas. Sonja lo define como una relación mujer-roble-pareja. Es lo mejor que le ha pasado en su vida. No sabe su edad, aunque dicen que eso se nota de lejos. Claro que al roble nadie le ha preguntado lo que piensa: Si está de acuerdo…, o qué siente él… Tampoco sabemos si la savia que sale por entre la corteza es su respuesta…, el anhelado consentimiento para ser abrazado... Quizás vivan toda la vida amancebados… Sea como sea, Sonja insiste con fuerza: ¡Soy “ecosexual”!. Y como en estos tiempos se celebra todo, pues igual la chica canadiense hace una comida con los amigos para celebrar la yunta, a la que no podrá acudir el árbol. Aunque, si lo pensamos, hoy en día tampoco se dice “vamos a comer” en tal sitio, sino que esa frase se cambia por otras, como “vamos a tener una experiencia gastronómica transformadora”, o “ será un momento inolvidable…”, o aquello otro “asistiremos a un viaje sensorial…” Si somos rápidos, todas esas frases la podríamos interpretar de otra manera y nos quedaría una retahíla bien distinta. Veamos: que por sentarnos a comer en una mesa nos van a pegar el sablazo, es decir, que la tarjeta de crédito se va derretir en cuanto pase por el datáfono o que nos van a meter un palo en las costillas que nos van a eslomar..., o que nos van a dejar los bolsillos más pelados que una zambomba o más limpios que el respaldo de un violín…”. Y encima, el solomillo que nos han puesto no sabe hacer la declaración de la renta, el bonito del norte a la plancha se pone a hacer en el plato el salto de la rana como el Cordobés y el pollo en pepitoria no es que esté de rechupete, sino que está crudo, tan crudo está el pollo de corral que en esos momentos se está comiendo las patatas de la guarnición. Y, por si faltaba algo, cuando le hinca el pico a las patatas, el laurel se pone a aplaudir. Así está la cosa en pleno siglo XXI… Todo termina en la madera: el amor es un árbol, la mesa en la que comemos es de madera, la cuchara también, la cajetilla donde nos traen la cuenta…, es una cajita muy mona, cómo no, pero de madera…, la silla de madera, la tabla donde se corta la cebolla de madera…, y la mente de madera. La vida, en nada, será un bosque, un gineceo de chopos y robles y abetos que esperan a los clientes de las tiendas de muebles para comenzar una relación. No está muy lejos de que esto llegue y se ponga de moda. Al menos, quizás podamos librarnos de la comida, ya saben, de “ese viaje sensorial”.


1 Comentarios
¡Buenísimo y muy interesante !
ResponderEliminarMientras todo termine en madera y no en serrín … jajaja