La lluvia limpia la
atmósfera y se lleva la rutina hasta las aguas del Mediterráneo, en tanto que
Edmundo echa sus penas a remojo en una copa de wiski y coca cola en la barra
del bar El Minino, escondido
tras la maceta de una planta llena de flores, muy decorativa, intentando el
anonimato y que el alcohol lo mantenga un rato más en pie hasta que se beba la
segunda, que es la dosis, y, si cabe, una tercera copa, con la que alcanzar ese
estado de arrebato, tan excelso. En pleno éxtasis de furor, se separa de la
barra y se dispone a salir a la calle como un toro Mihura, sin que le quite ojo
Diamantino, el dueño del bar. Es dar dos pasos…, y comienza a tambalearse de un
lado a otro de la acera como se tambalea su vida. No es el primero que se
oculta tras la normalidad para que nadie vea su caricatura.
La vida es como la
noria que hay en la huerta de Eulalio: trae unas cosas y se lleva otras. Los
perdedores siempre generan murmullo a sus espaldas. La comprensión es una rendija
por donde se ve la derrota pero no el lodazal que hay detrás de la puerta, que
tiene demasiadas grietas. El pueblo es
un infierno de espías movidos por la envidia. La curiosidad planea sobre lo
cotidiano. El vecindario no sabe vivir en silencio su propio drama, ya que de
siempre manejaron varias versiones de la Historia. La más usada era la del
olvido, pero la Historia, amenazante, vuelve de vez en cuando. El olvido no es
más que otro parche más en las formas. Aquí todos tienen alma de presidente,
pero carnet de chóferes o de camioneros. Otros, se suben al andamio, y se caen.
A un presidente se le ve en la forma de ascender, no en la de caer. Y en cómo,
muy de mañana, entre saludos y buenos días, va sembrando el futuro con sus
movimientos y sus gestos. El futuro entendido como un plan por donde salir o
por donde deslizarse sin levantar sospecha alguna. Los que aspiran a ser
presidentes de algo, igual que los santos, pertenecen a la imaginería sagrada,
a la caverna prehistórica de un pueblo, tanto como la tradición, el castigo, la
crítica…, o el bingo, como el que hay en la Asociación Contra la Fibromialgia,
que los fines de semana abre el chiringuito para recaudar fondos. Una línea,
una botella de aceite; un bingo, un jamón. Son los premios. No hay ninguno en
metálico, porque es una asociación sin ánimo de lucro, ya que el lucro va
incluido en el ánimo. Son negocios que crecen a la sombra de entidades
altruistas y donde se mide la temperatura humana. Se hace la vista gorda
mientras no reluzcan los tesoros. Unos protegen a otros.
Matilde fue
bibliotecaria y profesora de Dibujo en el instituto de bachillerato. Está
casada con Juan Manuel Montenegro, de profesión maestro. Pero ambos ya están
jubilados. Viven en el mundo de las palabras. Siempre fueron unos fervorosos
lectores. Los libros los alejaron de esa atmósfera realmente grotesca que se
vive en los cafés, corrillos, cenáculos…, y peluquerías. Adela, la madre de
Juan Manuel, admiradora del teatro de Valle, fue quien optó por llamarle a su
hijo con ese nombre tan rimbombante en homenaje a la comedia bárbara “Águila de Blasón”.
La suegra de Matilde era una adelantada a su tiempo. Odiaba las habladurías en
plena calle o en el mercado, tanto como pasarse el día limpiando cristales,
fregando puertas y suelos, mientras el alma se iba llenando de mugre, de
aburrimiento, de miserias. El alma acostumbra a dar muchas broncas pero nadie
le hace caso. Adela pasaba muchos ratos en la mecedora mordisqueando las
historias que traían los libros. Y eso lo heredó también Matilde. Pero en estos
tiempos, la parte puritana de la democracia, el nuevo fundamentalismo, anda
prohibiendo libros en las estanterías de las librerías y bibliotecas. Solo
falta que empiecen a quemarlos en la vía pública en otro Fahrenheit 451. A la incultura le gusta hacer de bombero.
La voz de la mañana entra por las ventanas de las casas
de esta sociedad convertida en un espectáculo, que, bien temprano, se sirve de
las iglesias para tapar su teatro de vergüenzas. Con el sonido de las campanas,
salen volando los pajarillos de los árboles de la Plaza y, en tanto llega el
perdón, prosiguen los actos de contrición, en el intento de tapar las
debilidades.
No muy lejos, en el bar que hace chaflán, El Ventorro, regentado por Violante, cae el carajillo quemado y después el
orujo, que entran por la garganta espantando a ese gallinero de mucosidades. El
orujo, como el vodka, tan incoloros como versátiles, prenden fuego en seguida
a la seda de la boca, de donde sale un fogonazo que asusta a los clientes del
bar.
Paco el cartero fuma
mucho, sobre todo cuando lee el periódico. Le gusta leerlo en un cuartucho de
la oficina, después del reparto. Lo extiende en una mesa y coloca sus brazos
sobre esos lienzos de palabras, que siempre representan a un poder, ya sea
económico e influyente, o ideológico, y con sus grandes manos plancha las hojas
arrugadas para leer esa caligrafía redonda y negrita como si leyera una
partitura del clarinete que toca en la banda de música, porque aquí el que no
es músico, es danzante, o poeta, que son esos seres que tienen el alma
flotante. Paco pone sus manos sobre la prensa y el anillo de oro que lleva en
el dedo anular de la mano derecha como vitola, lo que hace que esa mano se
torne clerical, aunque a veces sea la misma que usa para masturbarse, pero el
anillo eleva el acto de categoría y lo convierte en algo celestial.
Entra el alcalde a su
despacho y salen todos los pájaros volando, buscando un sitio seguro donde no
les muevan el sillón, tan codiciado en estos tiempos. La codicia hace que el
aire no sea limpio y cueste respirar. Entra el condotiero y, por la puerta que
da a la calle, salen Alejo y Dorita, que acaban de pedir una licencia de obras
para añadirle un jardín al chalé y ponerle algo de verdor a su biografía, a
todos los años que les queden por estar juntos,
aunque solo sea un poco de césped, una barbacoa, una casita para el perro y uno
de esos columpios que se piden por Amazon. El dinero en la Caja Rural da muy
poco y ellos desean columpiarse más allá del sacramento del matrimonio, que lo
consagró un cura que vino de sustituto y, en la homilía, habló mucho y bien del
amor, aunque no supiera lo que estaba diciendo, porque lo que menos importaban
eran las palabras. Lo que importaba era la afiliación, el hecho o el acto de
afiliarse al cielo, que es como afiliarse a un club de esos que son patrimonio de la
humanidad, como dicen las Escrituras.
Las mujeres siempre
tienen abierto el grifo de la prosperidad. Alejo no quería hacer obras en la
casa, porque él de nunca llamó “casa” al chalet, que es algo que modifica el
estatus, ya que de toda la vida se sintió un albañil, que fue lo que siempre
quiso ser, un trabajador que vivía en “El
camino de los albañiles”, que es como se
llama la avenida en la que se halla su vivienda, puesto que, a toda esa zona
que está en “las afueras”, a las calles les han puesto avenidas y todas
tienen nombres de algún gremio: “Camino
de los fontaneros”… Y ahí comienza toda
una lista de profesiones entre la que se incluyen herreros, carpinteros,
camioneros, encofradores… Pero, lo que sorprende de toda esa lista, y nadie
encuentra una explicación razonable, es que no tengan cabida profesiones, como,
por ejemplo, peluqueros, fisioterapeutas, profesores de gimnasia, podólogos… Y tampoco lo de ejercer como músico, porque,
según Daniel Pintado, la música es
demasiado invisible. Al ponerle nombres, lo que se pretendía era que esas
avenidas nuevas estuvieran dedicadas a las personas que trabajan de sol a sol,
a los pastores, a aquellos oficios que han ido a la par con la historia, y no a
un grupo de fígaros y estilistas, o a cuatro desorejados que desafinan más que
el chiflo del afilador.
El muerto de esta
mañana, que están enterrando ahora, se llamaba Pedro Pablo Fanjul, un señor que
llegaba detrás de sus gafas, ya que veía muy poco o nada, pero que tenía un
oído muy fino y conocía muy bien el espectáculo de la vida, y sus chismes,
porque siempre trabajó cara al público como primer oficial de notaría, con
bigote negro y pelo canoso, entre blanco y blanco nuclear, sobre una cabeza
romana y unas manos de croupier que le servían para manejar las
escrituras, las pignoraciones y los fideicomisos, porque a él le iba el
papeleo, que es donde, al ir leyendo, perdía la sensatez, sobre todo al darse
cuenta de lo poco que valía la propiedad, representada por cuatro bienes
inmuebles, donde incluir la casa de protección oficial y un bancal en los
límites del término municipal, en resumidas cuentas un listado ridículo de
inmuebles y cuatro posesiones que se iban a quedar aquí cuando lo llamasen. Y,
ante tal evidencia, el muerto, mientras estuvo vivo, no quiso reservarse para
cuando llegara el momento de la eternidad y se tiró de cabeza al vicio, a los
placeres de la vida, intentando recuperar el tiempo perdido. Al final uno
siempre termina en las magdalenas, como Proust, y releyendo El tiempo
perdido y esas cosas. No sucedía lo mismo con Lolita, puesto que,
mientras Nabokov cazaba mariposas, nosotros nos quedábamos dormidos leyendo. En
el fondo, somos unos clásicos.


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