El
verano se va acabando en tanto que las democracias siguen sufriendo las heridas que
les dejan sus líderes. A los demonios les gusta el ruido: cuando entran
y cuando salen. Pero no siempre gritan o tienen cuernos. Hay demonios que son
educados y se meten dentro haciendo el mismo sonido que una trompeta. Ese sonido suena igual que un grifo abierto y retumba como si quisiera escapar de
la naturaleza. Pero hoy el ruido también viene de la música de mierda y del
cine de mierda, que a muchos los lleva hasta el éxito. Hoy en día se consume lo que sea. Hay
veces que al bodrio, al delirio, a la gran pifia, se le llama cine maldito o
cine de culto, y se le perfuma con la exclusividad de las plataformas. Y eso
sucede porque el producto en cuestión da dinero, por muy chabacano y cutre que
sea. Y, como da dinero, se merece subirlo hasta las azoteas atrofiadas para su
consumo. Subvenciones y películas que no ve casi nadie, proyectos y engendros,
en tanto que las palomitas y la bebida espumosa yanqui va limpiando los
adentros como si limpiara los bajos de la humanidad con petróleo.
Al otro lado de
la cama, o de la escena, pero en el mismo escenario, la regresión está a la
orden del día y los golpes de estado (¿blandos?) de actualidad. Las democracias
van muriendo a medida que se van comprando y silenciando a los medios de
comunicación. Podríamos llamarlo “Anatomía de Grey” (serie de 2005) o anatomía de un asalto
silencioso, que, con el paso del tiempo,
deja sus heridas en la piel de cada país, por donde asoman los populismos, que
es la otra enfermedad. Por eso, si queremos tener éxito, antes de construir
nuestro propio camino, no nos queda otra, como indica Cervantes, que conocernos,
porque solo nosotros somos los dueños de nuestra propia suerte: -“Haz cuenta, Sancho, que el conocerse a sí
mismo es el más difícil conocimiento que puede imaginarse”. Como diría Emerson, “la democracia es la
forma política de renovar nuestras esperanzas”. El lenguaje político tiene que
estar al servicio de la cultura. La sociedad debe aspirar a juzgarse y educarse
a sí misma. Nadie puede pintar un árbol sin convertirse en un árbol. Es la
filosofía oriental del Sumi, el budismo zen o la filosofía de algunos artistas occidentales, como Van
Gogh o Monet, que, por retratar el alma, se obsesionaron con la naturaleza. Si
pintamos un árbol, ya nadie nos ve: ven al árbol, que es como ver nuestro
interior, con sus ramas, sus raíces, las hojas… Y si borramos el árbol, queda su
sombra, porque cada acto tiene su propia sombra y no queda otra que aprender a trepar por
ella. Pero no es fácil subir. Lo importante de subir es aprender a caer; o aprender a ser felices, porque la felicidad es muy escurridiza y, antes de que
nos demos cuenta, ya se ha ido. Se
adapta rápidamente a lo bueno, pero, para los altibajos, necesita calma, y no
la tiene. La felicidad es un rabo de lagartija. Una y otra vez se escapa de
nuestras manos. Hay quienes se pasan horas, días y, sobre todo, noches, buscándola. Y nunca la
encuentran, porque la paradoja de la felicidad tal vez esté en saber cómo
funciona. O quizás, pensando en otra fórmula, lo mejor es que nos olvidemos de ella y nos pongamos a hacer lo que sea, como contemplar el árbol que hemos pintando. La felicidad, son instantes. La felicidad es una sorpresa. Como asegura José Manuel Caballero Bonald, “se es feliz de pronto”. Y, a continuación, echa mano de unos versos, una de esas
cosillas suyas y dice: -“ Fui feliz fugazmente algunas veces, / entre dos
furias fui feliz, / lo fui de vez en cuando sin saberlo…”. Para después, pasar del verso a la entrevista: -“La felicidad es un concepto
momentáneo. No se puede ser feliz constantemente, porque de ser así, aparte de
aburrido, perdería su componente más imprevisto. Tú eres feliz de pronto. Hay instantes en los que te sientes pleno y de alguna forma realizado.
Estás a gusto; estás bien de salud; estás con quien tú quieres. Todo eso se da en un momento determinado. Es como un
destello, no algo permanente. Lo que se da de forma continuada es otra cosa.
Podemos llamarlo bienestar o buscar otros sinónimos, pero no felicidad”.
El arte de ser feliz, de asomarse a ese refugio donde anida la felicidad, que a veces se mimetiza como un camaleón dentro de nosotros mismos para que nos acostumbremos a ella. En eso se parece al deseo, que, una vez aplacado,
crea un vacío.


1 Comentarios
Qué bonito escribes. Te hace detenerte y pensar. Tienes frases buenísimas. Enhorabuena por esa mirada. ¡Me encanta!
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