El color de la nieve se confunde con las paredes blancas. Fuera, no hay huellas; dentro, algunas manchas de humedad. Más las que deja la soledad. Yo soy el ausente. Me ausenté de muchas vidas. Me alejé de algunos amigos. Colgué los trajes y la indumentaria. Tiré lo que no necesitaba. Barnicé las puertas. Me excluí de cualquier coro de voces. No deseaba pertenecer a ningún colectivo sentimental, que es otra de las farsas. El orden no lo va a cambiar nadie. Nadie se va a ir vivo de aquí. Incluso los místicos, al verlas venir, tienen ya sus huertos. Volveremos a la tierra, que es la única que nos habla con la verdad. El resto son escándalos que se cocinan con el delantal puesto y la televisión encendida, donde nos venden ropa y comida, y nos dicen cuál es nuestra tensión arterial y nuestro nivel de imbecilidad. De la monserga de la homilía de las misas se ha pasado a las mañanas de la televisión, que merece un puntapié y mi desprecio. Un puntapié con las botas que pisan la nieve haciendo ese ruido tan característico cuando la suela entra en el maná legendario, por donde corretean las hembras y los machos, bellos y elegantes, en busca de comida, con el abrigo puesto y las orejas tiesas, porque el tiempo no puede paralizar la vida.
Estoy
en la ventana. Cada rato,
me da por quitarle el vaho a los cristales, con el que me lavo la cara. Limpio el horizonte, que siempre tiene
muchas telarañas. La ceremonia de quitar y poner es la que nos va descubriendo el color que tiene en esos instantes la vida: las cepas, tan marrones como la piel del conejo; los
hierbajos
y los árboles,
de verde; las casas,
a lo lejos, una silueta; las montañas, una sombra; y el viento…,
callado, en su guarida. Impera el
silencio. Oigo latir
mi corazón.
Estampas
antiguas; recuerdos que pertenecen a otros lugares,
y a otros momentos. Los
recuerdos son como los planetas y giran alrededor
de experiencias. La casa fue la herencia.
Mi último refugio.
No vi caer la última
hoja de las moreras, ni de los nogales… Los cortaron
desde los despachos. También recuerdo el
día que don Julián, en una clase, nos dijo a los niños de aquel curso “que un burro se había metido
en un libro”. Durante más de una semana,
nos estuvo leyendo Platero y yo. Cosas de la edad, que arde como
la
pólvora. El rastro de la vida ya solo queda en los surcos y en las fuentes. El agua siempre busca el remanso del valle, donde acuden los
pájaros, y las liebres y el zorro, aunque sea en medio de la noche y, al beber, le dan un beso a la luna,
convertida en un reflejo.
Aquí
en esta casa no me siento rehén de nadie. Reina
la paz. El día, ordenado; la tarde, por colores. Tonalidades del otoño. Sin el caos o las prisas de la ciudad. No espero nada. La esperanza no es un
eslogan, sino una táctica, además de un sentimiento necesario.
Echo
la vista atrás con el ánimo de avanzar, evitando la parte perversa de la
memoria, que siempre está intentando despistarme. Por eso no me queda
otra que echarle un pulso, si no quiero estar
yendo y viniendo en el tiempo como el águila que recorre los cielos y regresa con las alforjas vacías, enfurruñado
con los pretéritos de todos los verbos. No quiero buscar más;
quiero encontrar, descubrir lo que viví, las galeradas de mi vida, las
correcciones que hice en mi relato
diario, la coma que quité, los trenes que pasaron…,
los errores que cometí por no saber
esperar, por no saber quedarme con la
gente noble, temeroso a que me pasaran por encima
con su bondad.
Iba de un lado a otro
huyendo, pero sobre todo huyendo de mí mismo.
Terminado aquel minué de apariencias,
por fin supe lo que era andar descalzo. Eché a andar
sin más gloria que la dignidad
de mi palabra, siendo otro, siendo yo, aprendiendo a soñar, aprendiendo a dormir, retirado de
la vida…, más hombre, más yo.



1 Comentarios
Puff… impresionante todo lo que dices.
ResponderEliminarEl último párrafo te pone los pelos de punta. Que manera más bonita de abrirte en canal, y con cuanta elegancia…” temeroso a que me pasaran por encima con su bondad”… Ahí queda eso.
Grande, muy grande Celín!
Te admiro tanto