EL VIENTO EN LA COLINA: La España vaciada I

 



Hace ya tiempo que el viento escondió su furia. La vida transcurre con tranquilidad. Como una margarita que se deshoja, el pueblo se va quedando vacío. El éxodo rural ha sido como la carcoma. Por las calles y alrededores van quedando las huellas del pasado. No hay trabajo y las familias se han ido marchando a las ciudades. Aquí  no ven futuro para sus hijos. Cuando no es un vecino el que hace las maletas, es otro. Cada vez hay más silencio en las calles. La soledad, los enseres viejos en las casas, medio derruidas… En la escuela sólo quedan ya once niños. Un médico se encarga de atender a los pacientes de seis pedanías y cuatro pueblos, entre ellos Turuelos. Y un solo cura, don Julián, que fue el sustituto de don Roberto, atiende a todas las almas que viven en los alrededores de la Tagardilla. Apenas si funciona el ferrocarril. Ya no quedan comercios. Tan sólo resiste Ramón con su tasca y no se sabe el tiempo que aguantará con ella abierta. Las gentes buscan el progreso. El modo de vida que había en esta comarca, se irá borrando de la memoria, instalado ya durante un  tiempo en el olvido.

A don Mario, el maestro,  le da mucha pena la situación.  No por él , sino por los niños y los chicos, por sus alumnos, a los que se dedica con intensidad en las clases. A él le queda muy poco para jubilarse y, cuando eso suceda el año que viene, regresará a Centenera de Andaluz, una aldea cercana a Almazán, en la provincia de Soria, donde espera dedicarse por completo a estudiar esa luz castellana y vieja que ilumina unas tierras arcaicas y verdaderas, construyendo frescos impresionantes con la luz del día o en los atardeceres, con los que seguir estudiando la historia de la pintura, los grandes artistas que regaron la historia de belleza, y resaltar sobre todo el color negro, que para algunos pintores fue el patito feo de la cromaticidad, negando su importancia,  encubriendo la gran metáfora que fue o su valor a la hora de componer, o a la hora de resaltar personajes o mostrar zonas sombrías, que si bien iba asociado a la tristeza, la melancolía o el vacío, también estaba ligado al misterio, la elegancia, la anarquía…, y así hasta que alcanzó su emancipación  en el siglo XIX. A partir de ahí muchos artistas de la época liberaron al color negro del naturalismo y lo dotaron de valor en sí mismo. Y a todas estas cuestiones quiere dedicarse don Mario cuando se jubile. Hay pasiones que no tienen tratamiento.




La tasca de Ramón está dando los últimos coletazos, ya que no vende  como antes y así se hace difícil mantener un negocio, con los gastos diarios, entre impuestos, pagamentas… Tiene cotizados casi cuarenta años. No le preocupa su situación, pero siente una gran tristeza viendo cómo se apaga un pueblo donde hace ya años que no nace un niño. Los olivos y las huertas abandonadas. Los arados oxidados junto a los corrales. Ya no queda ganado. Lo han ido vendiendo a otros pastores de la zona. Son visibles los precarios andamios de madera apuntalando arcos, que conforman un esqueleto metálico en la fachada de alguna casa a medio construir, o la solitaria amasadora de cemento. Turuelos es el escenario de los sueños perdidos.

Todavía viven en la localidad algunos campesinos: Sebastián y Enriqueta, su mujer, si bien sus dos hijos, ya mayores, estudian en la capital. Y Miguel Mayordomo y Rosa, que, por el momento, se niegan a abandonar el pueblo, presionados por la tiranía de la modernidad, por esa forma de vida que viene impuesta por el dinero, que para muchos, no para ellos, es el símbolo de la riqueza. 

─La única riqueza es la capacidad de pensar –dice Rosa-.

─Sí, pensar en cómo respetar la naturaleza –añade su marido-. 

Habla la gente humilde, como Eutimio Cuesta, que hace las veces de alcalde y juez de paz, además de atender las labores que requiere el campo. 

─Nos han dejado polvo, silencio y olvido. Y ahora quieren que seamos también el vertedero de los residuos sólidos urbanos. El otro día estuvieron aquí dos representantes de la Administración Autonómica y  los eché a la calle.

No quieren emigrar y pasar de ser campesinos a obreros. Tampoco huir y empezar de nuevo, de cero, en otro lugar. Este es su sitio 

─Al campo no lo pueden abolir con dos decretos –añade Eutimio, muy enfadado-.

 

Unos y otros, no quieren desvincularse de la tierra. Ni tan siquiera François Bernat, el pintor francés que llegó a esta comarca  con su familia hace ya muchos años. Vive en las afueras, en una casa que la conforman muchas casas juntas, solo y con la única ayuda de Isabel, una señora de Río Laguna, un pueblecito cercano, que viene todos los días a hacer las labores domésticas. Marian, finalmente, cuando se separó de François, se marchó a Barcelona, donde ha tenido bastante éxito como acuarelista. Y,  los cuatro hijos, se desperdigaron como plomos de un cartucho por toda la geografía española: Juan Pedro, se marchó a Santa Cruz de la Palma para seguir con sus investigaciones espaciales; Philippe, vive en Cincinnati dedicado a las finanzas; Sami, tiene una galería en la calle Infantas de Madrid y Eduardo sigue la tradición paterna, pintando cuadros en Santillana de Mar, Cantabria. Pero al francés ya no hay un dios que lo saque de aquí si no es con los pies por delante: 

─¿Dónde voy a ir yo ahora, a mi edad, que esté mejor que aquí? –pregunta-. Tengo lo que necesito, hago lo que amo, y puedo vivir con muy poco. ¡Qué más puedo pedir!

 Quizás sea por lógica y por afinidad, pero el pintor no quiere desvincularse de la tierra donde  ha desempeñado la parte más importante de su carrera y en la que ciertamente ha sido feliz. Espera que la muerte le coja trabajando, mientras sigue aumentando su obra, formada por una cantidad ingente de cuadros donde ha plasmado su recorrido vital. Ya no lee las críticas de los periódicos ni atiende a los intrusos que desean hacerle una entrevista o le proponen realizar un documental sobre su vida y sus cuadros. Desea pintar solo, crear solo, y morir solo. Porque piensa que es el artista el que tiene la última palabra sobre la obra y no ese batallón de teóricos, que detesta. 

─Una vez, hace ya cierto tiempo, un crítico dijo de mí que “lo peor que podía hacer un artista era copiarse a sí mismo” –interfiere el pintor puntillista-. 

Meses después, aquel crítico abandonó su profesión  de redactor cultural en el periódico y se marchó a México para dedicarse en exclusiva a hacer un estudio completo de la obra de Frida Kahlo. Desde el país centroamericano, le envío a François una carta, tan conmovedora como sincera, en la que le pedía perdón al pintor francés.

─Sí, yo creo que todo fue porque me negué a seguir los pasos que me proponía él y el grupo de presión al que pertenecía su periódico –sentencia Bernat-. Siempre tuve claro que no participaría de esa feria de vanidades que es el mercado artístico.

Su obra, sus ideas, su fortaleza física y mental son interminables. Sigue pintando de pie y agarrado a su cigarro puro, mientras el pincel se pasea por el lienzo y su memoria rastrea su vida. Su mirada se detiene en un punto y otea la luz como un pájaro solitario. Se echa un tanto hacia atrás, vuelve a mirar, y de nuevo regresa la acción del pincel sobre las dudas, lo que hay que rehacer o corregir. Y así desde aquel primer día en el que llegó a Turuelos hasta que la vida se lo lleve a meditar a otro sitio como un caminante solitario.

Mañana…, más…





 


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