Los meses pasan y la
agonía se distribuye por las cuatro casas que quedan habitadas. La última
familia en marcharse ha sido la de Jorge, con destino a Madrid. El viento bajó
por la ladera para despedirse del niño que un día le hizo reír y que comprendió
su soledad. Se pasea por la llanura como si quisiera decir algo, pero no lo
dice. Deja que la vida lleve su curso. Su música es suave. Anduvo años haciendo
ruido. Ahora quiere tranquilidad: que las cosas vuelvan o se queden…, o se recuerden.
Sin inventos.
Llega hasta un puñado de
árboles cercanos a la carretera y ahí se detiene a descansar. Todos se están
yendo pero él se quedará para siempre. Y un día escribirá sus nombres.
Conoce los sueños y la
noche. Y las pequeñas historias de todos los vecinos. Cuando él aparecía por el
horizonte, la piel se erizaba. Y al coger algo para taparse, se formaban sombras. En pleno fuego, el hombre detenía su
deseo también para taparse.
En la mañana, nombraba
muchos lugares conocidos con tal de que se fueran atando a la memoria y cada
uno tuviera algo que recordar cuando se marchara.
El viento ha ido guardando
la historia de este lugar para ir
contándola cuando ya no haya nadie. Él también es viejo y ha vivido ya en
muchísimos libros. Cientos de escritores lo utilizaron para relatar lo que
llevaban en sus adentros. Fue protagonista de leyendas y el escondite de los
dioses. El viento siempre caminó sobre el vacío para construir metáforas que se
sostuvieran en el aire por sí solas, mientras, como dijo un poeta andaluz, se
iba llevando los algodones del cielo.
Los vecinos sabían que un día se levantarían e irían los unos en busca de los otros dejando un paisaje desolador, pero, al mismo tiempo, bello.
Los trozos de pizarra de
algunas casas se hallan esparcidos por el suelo como si fueran fichas de un
juego al que sólo sabe jugar el tiempo. Las otras casas, las de adobe, han ido
erosionándose y formando diminutos montículos sobre los que también han caído
trozos de yeso viejo. Las tejas parecen escamas de un monstruo milenario, rotas
y esparcidas por las esquinas y por los montones de escombros que hay a cada
paso, como si estuvieran destinadas para siempre al ostracismo. Hay hasta ventanas de forja que aparentan haber sido
arrancadas de cuajo. Tampoco se escucha ya ladrar a los perros.
Enriqueta se ha marchado a
Valladolid a vivir con su hermana, que le ha buscado un trabajo en un centro de
mayores. Sebastián se ha quedado, de momento. Pero no tardará en marcharse
también. Se ha enterado de que puede prejubilarse y que no es necesario esperar
hasta el final de los días y ver cómo se vacía la tierra que amó y ama. No
quiere ver cómo se pudre esto. Seguramente se vaya con sus hijos a la capital,
donde estudian, al piso que él compró cuando las cosechas eran abundantes y los
precios estaban bajos. Fue una buena inversión. Y allí siempre tendrá una
habitación, un sitio donde dormir, comer y asearse. No es que le haga mucha
ilusión, pero no quiere seguir viendo este drama.
En cuanto a Ramón, cerró la tasca anteayer. No
podía más con los gastos. Ya no compraba ni género. Va a abrir otro negocio
parecido al que tenía aquí en Valdeluz de las Dehesas, a sesenta y dos
kilómetros de Turuelos, pero con una población cercana a los cuatro mil
habitantes. Espera que le vaya bien.
Aquí ya no podía ser, por mucho que se empeñara o por mucha pena que sintiera
el día que cerró.
Y por quedar, quedan
Eutimio Cuesta, alcalde y juez de paz, que ya ha presentado su renuncia. Se
marcha a primeros del mes que viene. Ya se fue Cristeta, su mujer, y los
chicos: María y Alfonso. Se van yendo
con los días, por partes, como si cantaran una canción a trozos. No quieren
quedarse mudos, rotos, secos. Han perdido la esperanza, que es la que suele
borrar el presente. Y al marchar por separado, evitan que las lágrimas se
apoderen de ellos.
Y el otro héroe, si
optamos por llamar así a los que aún quedan, es Eduardo, el funcionario del
ayuntamiento que pidió el traslado a Palencia y se lo concedieron. Sólo tiene
que esperar a que finalice el mes y ese será su último día de oficina en ese
consistorio, reducido a una habitación en un inmueble abandonado, frío y sucio.
Su mujer y su hija, ya están instaladas en la casa de su suegra. En cuanto él
llegue, se irán a un piso de alquiler hasta que opten por meterse en una
hipoteca de algún dúplex o vivienda que sea del agrado de ambos. Ya ha enviado
todos los muebles y ropas y enseres con un camión de la mudanza hasta un garaje
muy amplio que tiene un amigo en esa ciudad, apodada la Gorda. Ya habrá tiempo de sacar tantos bártulos, cuando estén instalados. Eso será el futuro, ahora lo que cuenta es el presente, los días que le quedan en
un pueblo que se ha ido vaciando de gente y llenando de soberbia. Hablamos de
hombres que han aguantado sin desmayo, que no tienen límites, tampoco miedo, y a los
que la melancolía les hace profundizar en el tiempo, lo que fue aquel destino que la vida ahora intenta borrar.
Las casas son siluetas en
la noche. A día de hoy, ya se han marchado todos menos el pintor francés. Se
han marchado hasta las ideas, desprovistas de futuro. No suenan los cencerros
del ganado. Tampoco pasan, como antaño, bandadas de pájaros. Ante tanta
desolación, han elegido otro camino, porque desde los cielos lo que se ve no
son más que ruinas. Cada paso hacia otros mundos, ha traído más silencio. De
vez en cuando, desde la cima de las montañas, llega el viento, suave, dándose
un paseo por las calles y colándose en la memoria de cuantas familias vivieron
aquí. Una memoria que ahora se ha llenado de malas hierbas y de una añoranza
inquietante.
Los labriegos se
rindieron. Los pastores dejaron de vocearle al ganado. El silencio comenzó a
tener eco y a hablar. Por donde mires, por donde camines, yendo por esos
lugares donde las gentes escribieron sus costumbres, lo que se ve no es más que
una exaltación de la muerte. Han cambiado los colores de las cosas.
Unos y otros aguantaron
hasta el último suspiro, hasta emprender el camino hacia la “tierra prometida”,
o hacia el progreso, que los había echado literalmente de sus campos, de sus
veredas, que les quitó la leche de sus cabras, donde, sin que se dieran cuenta, se fueron deshaciendo sus sueños.
Ruinas que miran al vacío
y esperan con paciencia el paso del tiempo. Puertas agujereadas cuyos orificios
parecen ojos vacíos. Y un grito de angustia que se escucha entre las montañas
de la Tagardilla como el que se infiere cuando una tierra se arrodilla ante el
futuro y la vida se pudre al sol, siempre tan inclemente.
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3 Comentarios
Muy bueno , pero me gustaría más que se llamara deshabitada que vaciada
ResponderEliminar👏
ResponderEliminar¡Me encanta!
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