EL VIENTO EN LA COLINA: La España vaciada III


 

Luis, el cartero motorizado que trae las cartas y la paquetería urgente, atravesando como un tuareg  un pequeño desierto que hay en una zona baja de los valles de La Tagardilla, no le teme a las inclemencias del tiempo, ni al frío ni al calor. Cada día cumple con su trabajo y con su deber a lomos de su Vespa. Cruza los caminos y los límites hasta que llega a casa de François Bernat, el pintor francés, que, dicho sea de paso,   no lo esperaba hoy, ni a estas horas. 

─Hombre, Luis, ¿qué te trae por aquí? –se adelanta a preguntar el pintor-.

─Buenos días, François –dice el cartero-. Pues ya ve usted: el trabajo es el trabajo. Le traigo dos paquetes.

─Dame, dame que te firme –contesta urgente el señor Bernat-. A ver…, a ver…

El último de los puntillistas franceses, revisa los pedidos que le trae Luis. Son dos paquetes con óleos que vienen de Malasia. Al parecer, hay colores, con cierta pigmentación, difíciles de encontrar. Y además suelen ser muy caros. Pero François sabe lo que quiere y lo que necesita. Es un dinero que no le duele.

 

─Una firma, ahí…, más su documento de identidad… y allá… la fecha… -le indica el cartero al pintor-. Bueno y si no manda usted nada más, aquí le dejo con su pintura. Voy a seguir con el reparto.

─Nada, nada. Tú a lo tuyo. Espera –el pintor se echa mano al bolsillo y le da un pequeño billete de propina-, tómate algo a mi salud. Y no me des las gracias. No las merece. 



El cartero sale por la puerta del estudio, se sube a la moto y parte hacia otras direcciones que lleva guardadas en su cartera de cuero, dejando un halo  de humo negro en la avenida en la que se halla la casa del pintor francés, hasta perderse en el horizonte, que, debido al calor reinante, parpadea formando una imagen desenfocada.

François sigue con sus cuadros de paisajes o con aquellos otros que están ambientados en París: terrazas de Saint Germain des Prés,  rincones de Montmartre, y alguna avenida colindante con el Sena. También cuadros eróticos de muchachas en las playas de Nimes y Montecarlo. Mientras pinta, sigue fumando puros y escuchando a Léo Ferré, ese músico tan maldito como él, que le hace regresar a esas noches hechiceras, cuando, siendo un muchacho, paseaba del brazo de su madre, Christine Duc, una francesa del nostálgico París, divorciada y alcohólica, a la que, de joven,  le gustaba vagar con sus desgracias  por el Pont Neuf en una Francia sitiada, después liberada, entre aliados, colaboracionistas y las tiernas heridas de una guerra todavía cercana... Todo mezclado y próximo, mientras, en el club Gerny´s 54, Èdith Piaf  cantaba en directo Fanion de la legión. Noche tras noche hasta que  en su camino se cruzó un muchacho, delgado y simpático, André, un buen chico,  tipógrafo, con el que contrajo su segundo matrimonio, algo determinante en la vida de François, pues aquel oficial de imprenta comenzó a traerle al díscolo garçon tintas de todos los colores, lápices, cartulinas, y…,  con dieciocho años recién cumplidos, recibió la  Bourse Savigny au Paysage y pudo estudiar y desarrollar su pasión.




Fueron años difíciles, largos y tortuosos, hasta que conoció a Marian, con la que,  embarazada ya de su primer hijo,  se vino a España, concretamente a Turuelos, donde ahora su vida da los últimos coletazos y el pincel dibuja el último trazo sobre el lienzo.

Desde aquella huida de París,  su madre, de vez en cuando, le enviaba la caricia y el aroma desde el otro lado de su corazón a través de uno de los buzones de la plaza de la Concordia, que eran les boîtes aux lettres que  más a mano  le quedaban a Christine, de las tantas de aquel París de aromas frescos, con sus eaus y sus perfumes, entre Gabrielle o Coco Chanel, Sartre y Camus. Dicha y triunfo y los mejores deseos. Todo en un sobre con ribete a rayas  y desde la distancia, envuelto por esa luz clara y azul que rodea todo espejismo. Una carta para aquel hijo extraviado o  perdido.  Si quedaba un hueco en la misiva, Christine lo utilizaba para poner unas cuantas críticas a aquella España acaudillada por un hombre de voz aflautada,  en la que siempre estaba presente el ruido de sables, y toda una conjura de necios a los que les sobraba el bigote hormiguero y rectilíneo, y sobre todo lengua, pues aquella  retórica, bífida y flamígera, al final,  terminó siendo un despotismo de entrepierna, de hacer las cosas por cojones,  que es una  forma  de gobernar muy  cercana a la cobardía, pues con una pistola en la mano las apariencias engañan. Y estas eran las cosas que le contaba por carta su madre desde aquel París bohemio y burbujeante, y sobre todo en francés:   Mon chéri fils...     

 



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