DIALOGAR CON EL TIEMPO


 

 

“Hay una forma de vida que va desapareciendo”, así lo ha asegurado Enrique Bunbury en la presentación de su decimocuarto disco, Un siglo anterior, grabado en México. “Somos animales en extinción”, proclama el maño en la canción que le da título al disco, convencido de que está viviendo un tiempo que no le pertenece. Pero, si lo pensamos fríamente, el tiempo no le pertenece a nadie. Sentirse extraño es propio de la incertidumbre en la que vivimos,  no del tiempo, que no tiene la culpa de nada.  Incluso el pasado está muy bien donde está. Si extrañamos el mundo, tal vez  se deba a que le hemos cerrado las puertas a todo cuanto está sucediendo, cuando lo adecuado sería  abrir bien los cinco sentidos y buscarle un sentido a la vida. Y me atrevería a decir que las únicas que le dan sentido a la vida son las palabras, las mismas que nos sirven para dialogar con el tiempo, con exa magnitud que nos sirve para buscar y para encontrar, también para preguntar.  Y al preguntar, quizás alguien pueda explicarnos lo que significan esos vacíos que tiene la vida en los que, por cierto,  siempre estamos esperando algo. Nos pasamos el día en Pentecostés... Pero, ¿qué es ese algo? ¿Esperando qué…? ¿Qué alguien nos rescate… ? Seguimos aferrándonos a lo que fue… No queremos ver la realidad. Pero seguro que, el día que dejemos de esperar,  nuestra vida cambie,  porque a menudo la espera no es más que otra trampa. Realmente..., ¿de qué hablamos...?   ¿A qué nos referimos…? ¿A la espera o  a la esperanza...? Como dice José Carlos Bermejo Higuera fue Laín Entralgo el que le dio este título a un libro suyo: La espera y la esperanza. Pero, ya se sabe, "¡quien espera, desespera!”, como dice el dicho. Por lo tanto, la única palabra que queda ya en pie no es otra que la esperanza, cuya definición, aunque muy sui generis, podría concretarse en mirar con coraje al futuro, puesto que el futuro no es solo un tiempo verbal, sino una manera de ver y aceptar cuanto nos rodea.

En pleno siglo XXI, vivimos atados a la nostalgia, cuando el mundo se está desmoronando y la placidez no existe. Y, aun así, seguimos olvidándonos de que la gran transformación es tener el dominio sobre nosotros mismos, lejos de apoltronarnos, de pasarnos el día tumbados, acomodados…, mientras le exigimos a la vida que sea como nos gustaría que fuese…,  que sea fructífera,  alegre, positiva… Pero seamos sinceros: en el fondo, tampoco nos creemos todo este credo, estas letanías..., porque, siendo tan  inconscientes como somos, la vida no son idilios, grandezas, locuras… Y lo sabemos, pero probamos..., a ver si cuela,   cuando lo que se impone es que demos un paso hacia delante, que abandonemos el rincón de pensar, el rincón del miedo y de las telarañas, el rincón ése que siempre está lleno de polvo, y de humedad, y de olvido…, que  abandonemos el sillón, el butacón..., y quizás el sofá, y salir de ese letargo, y…, volar…, sí..., volar...,  como lo haría cualquier pájaro, que abandona la rama sin pensar y cruza los cielos en total libertad. Ser libre es lo mismo que ser humano, simplemente.  Lo que no es ser libre es  vivir entre el odio, huyendo de cuanto nos atañe, maniobrando para que las cosas dejen de preocuparnos, escapando de nuestras obligaciones como personas, alejándonos de todo, también de la vida, sin apreciar incluso lo cercano, las cosas más próximas, y sobre todo, y esto es lo más importante, no somos libres en el momento en el que dejamos de maravillarnos y de admirar cuanto nos rodea.

La vida es cíclica: un bis, un tris…, un réplica del ayer. Todo se repite y va y vuelve… Y el tiempo es otro, horas después. O el mismo, que antes estaba en un reloj y ahora está metido en una aplicación del móvil para darnos la hora.  Adelantan el sol y atrasan a la luna, o viceversa.  Pero el tiempo es infalible. El tiempo no tiene nada que ver con los conflictos interiores, las curvas del aprendizaje y las de la aceptación, los recuerdos..., que se nos van cayendo de la memoria…, más todas esas migajas que tiramos al suelo... Y todo eso es lo que hace que veamos el futuro de una forma diferente, que el mundo nos parezca otro, o que tengamos la sensación de que la vida se nos está yendo o se  nos fue...,  que no es aquella, ésa, o ésta, sino que es otra, una que nunca nos podríamos haber imaginado..., y bla, bla, bla... ¡Cuentos...!,  sí, porque los que hemos dejado de ser..., los que hemos dejado todo atrás,  somos nosotros, y nadie más. Cada día, nada más levantarnos, nos rascamos la cabeza y nos decimos: -"No tengo ganas de nada; todo me decepciona". Sin embargo, no caemos en la cuenta que, con ese comportamiento, nos decepcionamos a nosotros mismos. Qué paradoja… Ya no hay gestos, aires nuevos, algo de calma, capacidad de luchar, anhelos, ilusiones…, y esperanzas. Todo lo queremos ya: aquí y ahora. Rápido. Urgente. Y cuando llega el momento crucial, el ser humano falla… No queda ni rastro de aquel soñador.  Nos hemos pasado  la vida escondiéndonos bajo las apariencias… Solo nos interesaba  ponernos a salvo, sin reconocer que  la vida perfecta no existe y que un día seremos cadáveres exquisitos. Ha llegado la hora de vivir, no de esperar. Fumando espero…





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