Dominnico, que es un diseñador de moda alicantino, trae a la pasarela su mirada conceptual y se pregunta quiénes somos y cómo nos ven los demás. La moda y la jungla, donde van todos desnudos. Colores fucsia…, más el negro, siempre tan teatral. Los patrones juegan con el cuerpo, hasta tal punto que hay piezas que te abrazan. El fondo de armario está lleno de rostros conocidos, de artistas, de modistos…, también de telas satinadas y franelas, entre el color ceniza o esos otros, que son más fríos que una piedra… Y, un montón de tejidos…, ante la necesidad de vestirnos, o de transformarnos, siguiendo el ritual de las plantas, entre pinzas y pliegues, con un colorido tan potente que atrae a las abejas, y a las damas, y a los coleccionistas. Siluetas y furor por lo vintage, la parte icónica de la moda, llena de obsesiones y de historias de poder. Decía Christian Dior sobre la moda que “nadie la entiende, pero todo el mundo cree en ella”. Rosalía, Björk y Rihanna prefieren a Iris Van Herpen, mientras Pedro del Hierro aparece con su bella decadencia y muchos se siguen preguntando si hay vida más allá del vestido, o si hay vida más allá de Zara, siempre y cuando no se trate del vestido de Cenicienta, el que hizo, en 2015, Sandy Powell, la diseñadora de vestuario británica que tiene tres premios Oscar.
La mujer se viste de mujer buscando a la niña que fue. En la ducha, se quita un cuerpo y se pone otro, antes de enfundarse la prenda. Viste su cuerpo de gala por unas horas para mostrar todas sus verdades, que tanto fascinan, cuando la verdad está en el desnudo. La mañana la lleva a una entrevista, al cruce de piernas, a ponerse transcendente, mientras rellena un folio con sus datos personales. Su firma fresca, inteligible, de rasgos duros, y su rostro que pasa del verde al rojo, ruborizada por el halago del entrevistador, que, cuando se disponía a salir del despacho, la ha arrinconado. Tras despedirse, el “boss” se quedado mirando la grupa, mientras ella se alejaba. Ella lo sabe. Ha sido el momento en el que ha comenzado a exhibirse mientras recorría el largo pasillo que la llevaba al ascensor. Cada hombre tiene sus argumentos, pero la mujer es dueña de su reino, y va dejando su estela, mientras camina a paso decidido. Al llegar a su casa, se ha quitado la camisa y seguía estando bella. Se ha arrastrado como una serpiente hasta la ducha y se ha refugiado bajo el chorro del agua. Ha metido sus ojos bajo el caño y ha salido la niña, aquel mundo maravilloso que se fue alejando, pero que siempre regresa con el agua. La niña, la juventud…, aquella vida llena de espejos, en los que se miraba. Al rato, ha descorrido la cortina, ha salido desnuda de la ducha, ha cogido la toalla y se ha cubierto. La toalla es la armadura que mejor define su movimiento, ladrillo a ladrillo, caminando silenciosa hacia la luz de la mañana que entra por los ventanales. Se siente segura. Le gusta desfilar ante sí misma para devolverle a la naturaleza su gratitud por la creación. Y sentir el hogar, la seguridad de las paredes blancas, incluso la seguridad que le da la soledad. En la memoria guarda el sexo delicado de anoche, tan real, tan físico pero sin escándalo, con mucha sintaxis interior, que puso al rojo vivo la carne, y la comida, porque el sexo es comida a fin de cuentas, con la sutileza de las partes húmedas, que es la forma que más les gusta a los místicos, y el amante de anoche lo era. Místico y dandi, con sus botas al pie de la cama y las arrugas encima de la mesilla para evitar tener que escalar por ellas, puesto que el lenguaje de la piel es tan inevitable como exquisito. La piel y la memoria. Una que enciende a la otra, vigilando que no ardan las botas, que son los pilares de cualquier gentleman.
Desfilan
los triunfadores y los escarabajos, símbolos del sol naciente, del renacimiento
diario, de esa manifestación deslumbrante de Ra, el dios egipcio, que se
expresa con su pisada. La suela es la talla, la huella, aquello que le imprime corazón
a las cosas. La suela es la pasión que hay encima de un ladrillo o sobre un
cuerpo antes de cenar, porque el sexo como aperitivo es una verdadera ceremonia.
Luego no hace falta ni picar, aunque las
viandas inunden la mesa, que es a fin de cuentas donde se lleva a cabo el
sacrificio, el intercambio de la sangre, el ritual y el rito, el cómo y el qué, la puesta a punto.., mientras los cuerpos van
adoptando una sola forma, un único axioma, una única verdad. La cocina es el
lugar apropiado para todo sacrificio; y la habitación el cuarto de las
palabras, de la sinceridad, tras la batalla, la trastienda para almacenar los cachivaches,
y la ropa sucia…, toda en un rincón junto a los atuendos, la mayoría formando una
montaña sobre el galán de noche, y las
medias tiradas encima de la cama, y el cinturón, y el bóxer…, y el
resto, más las cuatro mentiras de turno..., todo por el suelo, dadas las prisas, o las urgencias, incluida la gabardina,
que suena a comedia negra y a cine elegante, cuando el trabajo estaba aún sin hacer y los labios sin mojar, y la ciudad sin
iluminar, hasta que, poco a poco, fue
apareciendo el lado romántico y falso de cada uno y dieron paso al duelo, a la
pistola y al sable…, y comenzaron a leer aquel momento fascinados por las sombras, por aquellos
relieves desnudos que aparecían, hechizados entre sí, desdibujados
por el deseo… No eran más que un par de bocetos a mano alzada y con carboncillo sobre el reverso de la factura del agua, que después hicieron añicos, enloquecidos con tanta improvisación en aquella sinfonía
salvaje llena de gritos, de amor…, y de confusión. La pierna de ella sobre el sexo de él; la mano
de él sobre rostro de ella…; los brazos en el suelo; la mirada perdida; y la vida paseándose por la cocina buscando algo
de compasión, arrancando los nombres de aquellos animales nocturnos que yacían en el suelo, una vez que habían encontrado la ternura.
Tocaba volver a la vida o a la
normalidad... Qué difícil…
Desfilan
las tendencias y los militares, cuyos
trajes huelen a historia. La moda desnuda al ser humano para después vestirlo y convertirlo en otro. En un momento dado, todos hacemos el papel de otros. O de muchos, siendo solamente uno. Desfiles sobre el tiempo, atravesando las
alfombras, la dignidad y la estética, o tal vez sin ella…, con el semblante serio, hermético, mitad Nefertiti, mitad el Greco, a sus pies, su señoría, siempre tan espiritual, tan
profundo… Contraluces y sombras, alargando las formas, el cuello, las manos…, todo huesos, esquemas, homenajes al esqueleto,
a la figura humana esterilizada, al manierismo, con la mano en el pecho para
detener la tos y, de paso, la queja, modelos
huyendo de ese mundo perturbador, de la biografía hecha de recortes de prensa, más los recortes del vestido…, con la teta por fuera, el pantalón roto, el pecho desnudo, la cabeza cubierta…, el chaleco con botones, o sin ellos, con descosidos de urgencia, en medio de la pasarela…, y los espejos rompiéndose a nuestro paso.
Desfila
el cansancio y la actualidad, que se compone de cualquier producto, siempre que
se venda. La chica de entonces a la muchacha de hoy. Y los hombres, con las manos en los bolsillos. La otra noche, en medio de la cocina, extinguido el fuego, apareció el amor, que también desfiló sobre aquellos
cuerpos desnudos buscando un sentimiento perdido. Aquella misma noche, también desfiló
el pescador, capitaneando aquel barco que zarpó siguiendo la estela que la luna deja sobre el mar. Al amanecer, desapareció la
estela, y salió el sol, que impuso sus reglas. Cada cual tiene su turno. Quizás la vida no
sea más que una colección de cromos y de turnos. Y la rama se ofrece al ave y
la flor a la abeja. Y el universo se vuelve hembra y preña la vida antes de que
regrese el silencio y las nieves. Y dentro de nada, habrá otro guirigay, y
desfilarán todos, incluidos los muertos, porque vivir es dar vueltas, no
estarse quieto, germinar mañana y sembrar después. Y desfilará el idioma, el
pío, pío…, y la mariposa, con su espléndido vuelo multicolor. Y sonarán los
campos y las infancias, y el silbido, y los recuerdos…, que también desfilarán,
y el alma, que siempre suele darse una vuelta, por no quedarse en casa. Y todos
la felicitarán, por aquello de que ya no se ven almas por las calles, ni
burros, ni ángeles desfilando por el cielo… La verdad es que hay demasiado trajín,
además de tráfico. Cuesta encontrar un asiento vacío para ver el
desfile. Mejor nos subimos y lo vemos desde el balcón, siempre y cuando no vivamos
en un bajo…, que "to pué" ser…



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