LA SENCILLEZ DE LAS COSAS


 

A menudo, las historias pequeñas suelen hacerse grandes, pues todo relato corto o argumento sencillo es más fiel a la idea que el de esas otras novelas llenas de páginas que pasan  rápido como los fotogramas del cine, que usan imágenes estáticas para crear la ilusión del movimiento. La sencillez no es simpleza, sino reto. Las palabras recorren el tiempo en busca de las historias de la calle, de los barrios…, entre los seres que palpitan, porque el latido deja siempre un rastro repleto de encanto. Es ese preciso momento, el lenguaje atrapa  lo esencial y lo derrite en unas cuantas páginas, para leer. La historia va sola, y, poco a poco, crece como un suflé en el horno,  en profundidad, no en extensión, crece en delicadeza, con ese color tan peculiar que tiene cada letra,  una sutileza que acompaña al relato hasta el punto y final. Color, forma y estilo, y un cuento pequeño y sencillo que nos atrapa desde la primera palabra hasta la última coma. 

 Y de ahí pasamos al fenómeno literario del BookTok, que es la forma que tiene la generación Z en descubrir los libros, una subcomunidad de la aplicación de Tik Tok que tiene la capacidad de convertir un libro en un superventas, donde predomina  la novela romántica, el thriller, las sagas, la fantasía y la ficción juvenil. Es el  sitio donde los influencers postean sobre sus libros preferidos. Lo que se busca es que ciertos libros se hagan virales en un algoritmo que garantice sus ingresos.   En España, BookTok  ha impulsado  la venta de 6,3 millones de libros. Es el nuevo club de lectura, la nueva biblioteca. La aplicación ha sido descargada tres mil millones de veces y cuenta con mil millones de usuarios. Cifras que marean a la literatura de verdad. Adolescentes, libros favoritos, mundos inquietantes, envíos rápidos. Y dinero. Entretanto, nosotros andamos perdidos entre miles de libros, entre el papel al peso, la sintaxis  a granel, la chatarra y el flujo constante de vídeos que intentan atraparnos en la red. El libro como refugio, ese libro que influye en nuestro estado de ánimo. Y entonces, la lágrima cae sobre la copa de wiski al ver cómo se derrite la trama entre el vil metal. No hemos tenido tiempo ni de subrayar una frase, o una línea entera, o doblar el pico de la hoja…, o sea, no hemos tenido tiempo de entrar en el libro, de meternos dentro del libro a vivir unos días, porque se lee con el cuerpo, se lee despacio,  y ya nos están recordando el poder terapéutico y transformador  que tiene la literatura sin esgrimir un porqué razonado. Y tampoco sé cuál es la finalidad de tal recomendación.  Pero lo que sí sé es que si tenemos un libro, no estamos solos. Y que podemos viajar sobre su lomo o sentarnos encima de sus páginas. Es lo que ahora llaman  banco-libros, una iniciativa que fomenta la lectura y el comercio de proximidad, y que ha llevado a cabo la editorial Penguin Random House, junto a la multinacional J.C. Decaux y  Carat. Con un lema: “Siéntate a leer”. En Madrid hay instalados un total de 26 bancos.  Pero lo importante no es que el trono de un lector sea gigante, sino que el lector aprenda a sentarse donde le corresponde, porque es muy parecido a cuando se  aprende a amar y a vivir. O cuando se aprende a leer. Pero un  libro no se puede abrir en cualquier sitio ni de cualquier manera. Al abrirlo…, “la miseria pone a prueba a los hombres fuertes”, que diría Séneca. Leer es un acto de valentía para salir de la oscuridad. La literatura mide la temperatura humana. Y de paso, dado que sus páginas están llenas de versos y de ideas,  nos enseñar a reír y a indignarnos. Las ideas son el sustento de los optimistas en este mundo tan atropellado. Esos seres inquietos que leen, que dudan, que traen el resplandor en un mundo tan oscuro.

La librería más antigua de España tiene un precio; 60000 euros. Está a seis minutos de la catedral de Burgos y tiene 176 años de antigüedad. Es memoria. No es lo mismo comprar un libro a distancia que acercarse a comprarlo. Las librerías son lugares imprescindibles: el ambiente, las estanterías, lo que hay dentro de ellas, el afecto de los clientes, el olor profundo de los libros… El papel antiguo, la fragancia de la historia… El olor a libro viejo y polvoriento produce paz y equilibrio. Huele el ácido acético, la celulosa, la lignina…, huele el amarillo sepia, lo antiguo, ese toque a vainilla.., la química del olor, que arde en nuestra memoria, cuando, llevados por el olfato, damos con el libro viejo o nuevo que estamos buscando. ¿A qué huele realmente la literatura?  La literatura no es como las nubes, que no tienen ningún olor. Pensemos en las miasmas de Madame Bovary  al adentrarnos en esa atmósfera asfixiante del siglo XIX con emanaciones fétidas y tóxicas causantes de enfermedades. O al  leer El perfume,  de Patrick Süskind, la historia de un asesino, en la que el protagonista, que  nace en 1738, vive en el lugar que peor huele de todo París. Calles que apestaban a estiércol, los patios interiores a orines, las escaleras a madera podrida y a los excrementos de las ratas, las cocinas a col cocida y a grasa… Y si cogemos La Divina Comedia, huele a azufre; y  Moby Dick o La isla del tesoro huelen a mar y a sal; y las novelas de Sherlock Holmes a tabaco de pipa… Cortázar huele a jazz y Paco Taibo a Pepsi Cola… Del interior de cada libro nos llega un olor dulce u hostil. Y una rara sensación que nos atrapa.   El caso es arder, abrirle la puerta al pasado, o abrir las puertas que ya no existen, aunque sea con una historia sencilla, pequeña, fascinante, inesperada.., pero que provoque las emociones. Y quizás tengamos suerte y huela tan bien como huele la primavera.




 

 

 

 

 

 

 

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1 Comentarios

  1. Maravillosa reflexión, sobre el aroma de los libros y la lectura frente a la era digital
    ¡Buenísimo!

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