A menudo, las historias pequeñas suelen hacerse grandes, pues todo relato corto o argumento sencillo es más fiel a la idea que el de esas otras novelas llenas de páginas que pasan rápido como los fotogramas del cine, que usan imágenes estáticas para crear la ilusión del movimiento. La sencillez no es simpleza, sino reto. Las palabras recorren el tiempo en busca de las historias de la calle, de los barrios…, entre los seres que palpitan, porque el latido deja siempre un rastro repleto de encanto. Es ese preciso momento, el lenguaje atrapa lo esencial y lo derrite en unas cuantas páginas, para leer. La historia va sola, y, poco a poco, crece como un suflé en el horno, en profundidad, no en extensión, crece en delicadeza, con ese color tan peculiar que tiene cada letra, una sutileza que acompaña al relato hasta el punto y final. Color, forma y estilo, y un cuento pequeño y sencillo que nos atrapa desde la primera palabra hasta la última coma.
La librería más antigua de España tiene un precio; 60000 euros. Está a seis minutos de la catedral de Burgos y tiene 176 años de antigüedad. Es memoria. No es lo mismo comprar un libro a distancia que acercarse a comprarlo. Las librerías son lugares imprescindibles: el ambiente, las estanterías, lo que hay dentro de ellas, el afecto de los clientes, el olor profundo de los libros… El papel antiguo, la fragancia de la historia… El olor a libro viejo y polvoriento produce paz y equilibrio. Huele el ácido acético, la celulosa, la lignina…, huele el amarillo sepia, lo antiguo, ese toque a vainilla.., la química del olor, que arde en nuestra memoria, cuando, llevados por el olfato, damos con el libro viejo o nuevo que estamos buscando. ¿A qué huele realmente la literatura? La literatura no es como las nubes, que no tienen ningún olor. Pensemos en las miasmas de Madame Bovary al adentrarnos en esa atmósfera asfixiante del siglo XIX con emanaciones fétidas y tóxicas causantes de enfermedades. O al leer El perfume, de Patrick Süskind, la historia de un asesino, en la que el protagonista, que nace en 1738, vive en el lugar que peor huele de todo París. Calles que apestaban a estiércol, los patios interiores a orines, las escaleras a madera podrida y a los excrementos de las ratas, las cocinas a col cocida y a grasa… Y si cogemos La Divina Comedia, huele a azufre; y Moby Dick o La isla del tesoro huelen a mar y a sal; y las novelas de Sherlock Holmes a tabaco de pipa… Cortázar huele a jazz y Paco Taibo a Pepsi Cola… Del interior de cada libro nos llega un olor dulce u hostil. Y una rara sensación que nos atrapa. El caso es arder, abrirle la puerta al pasado, o abrir las puertas que ya no existen, aunque sea con una historia sencilla, pequeña, fascinante, inesperada.., pero que provoque las emociones. Y quizás tengamos suerte y huela tan bien como huele la primavera.


1 Comentarios
Maravillosa reflexión, sobre el aroma de los libros y la lectura frente a la era digital
ResponderEliminar¡Buenísimo!