Son
días de patriotas: unos tiran bombas y otros trapichean con pelucos, ya sean Rolex
o Trolex, mientras los juicios se convierten en asuntillos de cocina o de marroquinería,
cuando no en un viaje de ida y vuelta con las bolsas llenas de billetes, mal
contados, porque, de pronto, cuando se ponen a contarlos, faltan diez mil pavos. Yo no
sabía que el dinero podría desaparecer metiéndolo en una bolsa. Sé que el plástico tarda más de cinco siglos
en descomponerse, pero lo que no sabía
era que servía para hacer trucos de magia.
Las
utopías, de cuando jóvenes, andan en llamas y la empatía no llega a su destino,
ya que se vende en frasquitos de 50 ml y están todos agotados. Se siguen moldeando
los cuerpos y las conciencias, que, por cierto, han estado a remojo toda la noche. Por un lado, se moldean los cuerpos y, por
otro, las cabezas: corte de pelo prusiano,
rapado, ese corte nazi, de juventud hitleriana, con la cabellera
transparente o los cráneos sin tapa, en un homenaje a Quevedo, por donde salen
los sueños, y se va viendo lo que viene, lo que hay, o lo que queda de la
evolución de las especies, que ya investigara Darwin. Menos mal que, al
parecer, entre los perros y los humanos
se ha llegado a un pacto de amistad, porque tal y como está el patio es muy
difícil hacerle reír en silencio al mundo, como sabía hacerlo Charles Chaplín,
que era un genio, con unas dotes inusuales para la improvisación, tantas como
las que tenía su madre, Lily Harley, que actuaba en los escenarios de Londres.
El escenario
aquí y ahora es otro, pasamos de la chabola al chabolón y de la corrala al pisazo con la querida,
donde bailamos la danza de los siete velos en pelotas. Vamos del chimpancé al
astronauta, a los que observamos detenidamente en esos documentales de las
tardes. De una manera u otra, no logramos pasar inadvertidos por mucho que nos tiñamos las canas o que nos
tiremos por lo oriental, por lo exótico, o por el ocio, que es una cosa muy
aburrida, por mucho que nos pasemos todos los días media hora andando por ese camino
del colesterol, buscando la puesta a
punto, cuando sabemos de sobra que el
punto siempre va sobre la “i” y no sobre unas zapatillas de Decathlon.
Esta
mañana, la luz lo inunda todo. Hasta el bocadillo tiene su propia luz, en medio
del almuerzo. A cada bocado, cualquier cliente del bar La Tasca, se lleva entre los
dientes un trozo de la historia de la cocina española. Un montado de lomo fresco
a la plancha con queso es como una armónica, pero en La Tasca es un desafío, porque aquí cada bocadillo mide más de 30 centímetros,
tanto como una de aquellas melódicas que
llamábamos Doremi. Un bocata en la
barra de este bar castizo es lo mismo que un emparedado, nada de una pulga, o de
una pulguita, con la que te quedas lampando. Todo lo contrario. Aquí te vas
cenado y meado y con el periódico leído, aunque sea a salto de mata, una hoja
sí y tres no, porque cuando cogemos el periódico es como si cogiésemos una sábana, tras la colada, dispuestos a doblarla: igual nos vamos directamente a los Deportes que al
artículo de siempre, al de todas las mañanas, al escritor de raza, a esa prosa
pulida, limpia, y necesaria, donde hay más pensamiento, psicología e historia que
en todo el sermón intelectual, que se queda fuera de cacho, o fuera de obra, al
margen de la sociedad y de la vida, porque esas creaciones son el refugio perfecto para los cuatro
iluminados que no se atreven con la novela, o con la crónica, y se ponen a
derrapar en un diario íntimo, que es una cosa entre una biografía noña y una confesión a medias. El
prosista pasa de una página a otra con la misma facilidad que cruza de una acera a otra, sin cambiar el paso y sin que decaiga la brillantez. No se trata de lucirse, sino de crear, de que
no nos tiemble el pulso, de que la mano redacte con sangre y no con tinta, la
mano con sus estrías, símbolos de las horas, del tiempo, con el que hemos
logrado construir un reloj… También, una identidad, hecha de memoria; y un monumento, dejándole la puerta abierta a la imaginación... Luego viene el premio o el
éxito y, en seguida, vemos salir de su escondrijo a la envidia y a un puñado de colegas intentando hacernos
sombra, aunque sea con el dedo pulgar, con el sombrero o con el gesto
contrariado, no así con el verso, que no es un recurso tan fácil. Días antes,
todos estaban en sus nidos sentados sobre su ego, pelando la pava o frotando
cuatro palabras, pero sin avanzar. Daban un paso y, al siguiente, ya los tenías
ahí engolándose, barroquizándose, sin honestidad alguna, trenzando vocablos del
diccionario, atascados con los recuerdos y obviando la verdad, que suele ser de
una gran ayuda. Pero si, por un casual, de pronto, uno logra salir del anonimato, aunque sea por
unas horas, ya los tienes ahí abandonando
su trono y su confort. Salen en desbandada porque reaccionan en grupo. Están
vacunados de la varicela, la difteria y
el sarampión, pero no de la envidia, que es el deporte nacional. Se han pasado
media vida en el aserradero sin encontrar la forma idónea de pulir el lenguaje.
Tienen un trono como el que tiene
un radiador. Uno es para el ego y otro
para el frío. Pero un escritor o un poeta
lo que necesita es una servilleta de un bar y una amapola en la yema de los
dedos, o un rayo que cruce de una punta a otra su destino y termine cayéndole encima con toda su belleza, que es la otra
madre, la misma que uno busca entre las palabras. Y es cuando comienza la fiesta, que, dicho sea de paso, suele improvisar una prosa muy amena. Y
entonces sale el individuo, lo que hay dentro, el criterio, la pólvora, el
estilo… , yendo de lo pequeño a lo inmenso, y viceversa.


1 Comentarios
Me encanta ese escritor de raza que escribe con sangre y no con tinta…
ResponderEliminarGracias por deleitarnos cada día con estos artículos tan brillantes.
¡Buenísimo!