Qué
difícil es encontrar el equilibrio en estos tiempos. Al no logar encontrar identificarnos en la
horizontal, hemos pasado toda la noche en vela. Tenemos la sensación de que
esta vida no nos pertenece. Pero los grandes insomnios están en la filosofía
francesa, de Emil Cioran al poeta
andalusí Ben al-Hamara, pasando por Baudelaire y Lautréamont. Irse a la cama se
ha convertido en una travesía nocturna, con la luz de la mesilla encendida, a
oscuras, y con la radio haciéndonos compañía en esas noches eternas. Hay quienes “duermen”
con la televisión puesta y la “teletienda”. Los hogares se pierden por los
enchufes, sobre todo cuando entran en la intimidad los negocios y el pesebre nocturno,
que es donde se le echa de comer al pueblo. Los hay que fuman en la cama y le prenden
al cigarrillo con el encendedor Zippo.
Un día de estos van a salir ardiendo, sobre todo en cuanto se le prenda fuego a
la barba, a esos cuatro pelos de chivo de juventud, que aún se mantienen, en una clara
imitación a Ho Chi Minh, mientras jugamos a la Bolsa con el portátil sobre el edredón. Una de estas
noches va a salir ardiendo hasta el pubis de nuestra amante. Y, tendremos un
problema, si no está asegurado.
Sobre las once, nos damos media
vuelta y volvemos a la radio, a ese programa que tanto nos gusta, La calle de atrás, y que dirige Ruth
Rosillo para las aves nocturnas. Anselmo, un adicto, a las once en punto, llena
un vaso de agua y se va a la cama con él, por si tuviera sed escuchando las
ondas en la oscuridad, que es una cosa que atrae bastante a las incertidumbres.
En cuanto echa un trago, desaparecen las preocupaciones. El talk show dura hasta las dos de la
madrugada. Es de una ayuda inestimable.
Muchos creen que perpetua la felicidad. Los que llaman para pedir una canción o
proponer un tema, acaban confesándose en directo, cosa que alivia bastante la
presión del pecho. Y, al irse a la cama,
duermen a pierna suelta. Así lo han entendido los poderes locales, de tal manera
que le han hecho un contrato nuevo a su directora, a esta alicantina honesta
que echó raíces en la comarca y que se fue definiendo en un programa de máxima
audiencia, donde se dirige a “su gente”, a los
oyentes de La calle de atrás, en esas
noches que son maratones de sueños perdidos, iluminados por los neones como si
fueran escaparates de la moda. La voz de Ruth, el vaso de agua, las palabras de
madrugada, y la buena música, acaban reconfortando y trayendo equilibrio a esos
corazones perdidos en la negritud de la noche. El programa recupera para la
vida a cualquier soldado herido, tras ponerle una tirita en el alma y recolocarle
las costillas, las mismas con las que interpreta una balada a medida del dolor
o de la soledad, mientras los órganos blandos van haciendo solos de trompeta.
Por eso el programa acaba todas las noches convertido en una fiesta.
Regresa Ruth y esa voz femenina que cada noche propone un plan de fuga a través de
las ondas. Anselmo no se pierde ni un programa, así se caiga de sueño. Ruth
acaricia la soledad de cada hombre con mimo, porque la soledad, como asegura
ella, “cuando te abraza, no te suelta”. Con su programa, intenta minimizar los destrozos
humanos de esa vida en clausura, solos en la noche, abandonados en la oscuridad
de las habitaciones, llenas del humo de los cigarrillos, de humedad, de sueños
rotos… Soledades…, monólogos entre los dioses y la muerte a través del tiempo,
con el programa ya en marcha, y la voz desnuda y maravillosa de Ruth que entra
en las casas y oxigena las estancias y los corazones. Otro asiduo al programa es
Alfonso, el dueño de la terraza La
Verbena. Cuando recoge las
sillas y las mesas, se suma al hilo de la noche. Las ondas le llevan a otro
mundo. O a la voz de Ruth, esa voz que parece una filarmónica, y que lo tiene
enamorado, aunque no quiere reconocerlo. La chica le gusta bastante, pero está
lleno de contradicciones… Y es tan tímido… Por las noches, sobre todo cuando hace frío,
se envuelve con el edredón como si fuera un paquete a punto de ser recogido por
el repartidor de turno. Y ni tan siquiera apaga la luz de la habitación. Le
invaden los demonios y el miedo. La vida supura por las rendijas de la carne,
por aquel amor no correspondido, cuando jóvenes, que se marchó al pasar las
fiestas, dejándole a Alfonso una vida muy desordenada, tanto como las sillas de
la terraza que apila a diario colocándolas unas sobre las otras, de diez en
diez. Necesita un soplo de aire y volver a sentir contra su cuerpo los días de
la carne, del deseo, del sexo…, y borrar la rutina de su mente, cuando se
siente perdido. Ruth es la única pastilla nocturna que le tranquiliza. La otra
noche le dedicó I wish you love (Te
deseo amor) y Alfonso casi se derrite en la cama escuchando esa declaración de
amor y deseo. Él cree que la locutora le tiene cierta estima, pero no se atreve
a pararse ante ella en plena calle y decirle lo que siente. Habrá que esperar a
que ese pájaro azul se pose en el corazón de ambos, convertido en una canción.
Entretanto, la primavera es un disfraz, la noche es un disfraz, cuando los ojos
ya se van entornando hasta quedar cerrados.
Llega la radio y el insomnio, el rey
de las noches en vela, de esas criaturas indefensas en la soledad de la noche,
despiertos en la oscuridad de la habitación y sin saber qué hacer, ya que el
sexo se ha puesto por las nubes y hay que solicitarlo a una agencia con unos
días de antelación o hacer una instancia, o enamorarse previamente, algo
difícil a estas edades, amén de coger fuerzas, ya que el sexo moderno es un
trabajo de pico y pala, pasado por el Kamasutra. Vuelven las ondas sobre esas
almas inocentes y sobre los pirómanos de la noche, con la almohada en las
cervicales y una comodidad triste sobre el colchón de oferta, mientras los
angelitos velan por nosotros y Gilda se va quitando el guante hasta convertirse
en Rita Hayworth.


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