La ventana de mi casa que da al oeste, dependiendo del día que haga, suelo tenerla un rato entreabierta. Antes de cerrarla, me asomo, miro al cielo y…, bien espero o la cierro rápidamente, como he hecho hoy, ya que tenía pinta de que se iba a poner a llover en menos de lo que canta un gallo, si bien aquí el único gallo que hay es esa sota de bastos que tiene más huevos que el caballo de Espartero, cuya escultura está ubicada en la calle de Alcalá, 97. Es caer las primeras gotas y, en seguida, a través de los cristales voy viendo cómo pasa la memoria, sobre todo la más reciente, la de hace tan solo unos años, o unos meses…, lo que fue, aquello que fuimos, lo que conseguí, lo que no pudo ser, más todo cuanto olvidé. Hay veces que olvidar es un acto reflejo y sencillo; otras, es un golpe muy duro... , y no conseguimos quitarnos esos recuerdos de la mente por mucho que lo intentamos. Pero el tiempo es como los barrenderos de la contrata del Ayuntamiento, que barren todo para que podamos vivir en paz. A este lado de la casa, nunca da el sol. En esta parte, el tiempo tiene pocas emociones. Pero, aun así, me gusta esa vida gris, lluviosa, fría, nostálgica. De siempre me atrajeron esos días húmedos, con la llovizna, el chirimiri… El ambiente gótico, futurista, romántico… De mediados del XIX al Modernismo, que lo trajo Rubén, aquel nicaragüense que se apellidaba Darío y que se bebió media España. Y pase lo que pase, así caiga el diluvio universal, no hay día que no abra las contraventanas: primero, para que entre el petricor, ese olor a la tierra mojada; segundo, para sacar la cabeza y ponerla a remojo como si me estuvieran bautizando los ángeles, que son como los astronautas pero con alas. Es abrir, y llega esa vida que chorrea, que siempre tiene cosas que decir, esos instantes eternos, inolvidables, llenos de neblinas, de libros, de perfumes, de recuerdos que viajan hasta lo más profundo . Y si me quedo un rato más contemplando el espectáculo, aparecen muchas imágenes inconfundibles, pertenecientes a las películas que me sedujeron, que me formaron en el arte de narrar, de contar un cuento en gerundio, porque así es el tempo del cine, aunque a veces se nos cuele algo inesperado y nos cueste meterlo en ese tren de secuencias, donde recurrimos al sonido, al pitido del tren, a la banda sonora, para darle continuidad al relato, evitando la voz en off. Prefiero que hable la música sobre el rostro de los personajes, como hace Sergio Leone en C´era una volta il West (Hasta que llegó su hora), con la estimada ayuda de su amigo Ennio Morricone. Música puntual, sin manchar las imágenes constantemente para tapar los desajustes o la pobreza del guion. Y, como decía, saco la cabeza, la pongo a remojo e instantáneamente aparecen esas imágenes tan poderosas, las mismas que me hicieron amar el cine en la oscuridad de la sala desde aquel día en el que, con 17 años, vi El manantial de la doncella, de Bergman. Y cuando se acaban las películas, suele aparecer mi madre, que me mira a los ojos, y mira dentro de mí, puesto que me conoce bien, y yo la conozco a ella, frente a frente, dos forajidos duros de pelar, pero luego no somos nadie, o somos demasiado tiernos, y siempre acabamos riéndonos, por esto o por lo otro, por cualquier tontada, porque a los dos nos gusta remover el pasado, y ponerlo a punto, o sea, en ebullición, para que la curiosidad pueda entrar hasta la cocina de nuestra particular fauna, porque nosotros tenemos una troupe propia, nuestros actores, payasos, bufones…, y un elenco de señoritos, y otro de marginados…, y nos encanta subir por las escaleras y entrar sin llamar en el corazón de cada uno de ellos, y amarlos como se merecen, porque a los personajes tienes que amarlos o no funcionan en la obra, y llegar hasta las azoteas de cada uno, que es donde está la ropa tendida, la blancura de nuestros semejantes, el blanco nuclear, la ropa interior, que también habla, para después darnos una vuelta por la vida de nuestros familiares y conocidos, y ponernos a repasar sus hazañas, sus glorias… Sí, ya sé que somos unos chismosos, si es lo que estáis pensando, pero siempre tenemos muchas cosas que agradecerles. Lo que pasa es que mi madre, desde hace ya un tiempo, no siempre está o no siempre aparece, porque ya hace unos años que nos dejó y ahora, cuando la necesito o quiero hablar con ella, tengo que tener una coartada y que no es otra que le atraiga el tema. Mi madre era muy especial a la hora de hablar de cualquier cosa. Tenía su punto. Hilaba muy fino e hilaba bien. E igual te cantaba las cuarenta que oficiaba una misa en directo. Para algunas cosas le gustaba el boato, cierta solemnidad; para otras…, se hacía la despistada. Era muy intuitiva. Y tan justa como equilibrada. Le gustaba trocear la moral, aunque le tiraba más el dulce y tocar la temperatura humana. Tenía un don: saludaba a alguien o le daba un beso y hacía una mueca. Insignificante, pero una mueca.
En cuanto
a la otra ventana, la que da al este, es la que me sirve para ver cómo salen y
entran mis vecinos; el trasiego que hay en la calle, que tampoco es mucho; si llega un repartidor o el cartero, que
siempre llama dos veces, o los de la
parroquia, que infestan los buzones de doctrina, donde lo celestial se impone a
lo terrenal; la niña vivaracha del segundo izquierda que es la alegría
de la finca y que tiene a sus padres atrapados con su inteligencia; el rosal, con
sus espinas, que está exuberante, junto a la piscina; y, en fin, la ventana del
este es por donde entra el sol, llegan las voces, los mensajes o las broncas, las canciones de la radio, el
olor de las comidas, las meditaciones extrañas de los vecinos de arriba, los de
los dos áticos, la brisa de los domingos, porque los domingos suelen darle algo
de lustre a la mañana como se les da lustre a los zapatos antes de salir a
pasear por el parque o al aperitivo… Y, en fin, por el este es también por donde llega la
risa o la maldad, y la luz que nos ilumina.
Las
ventanas, o las dos ventanas de mi casa, son los opuestos: por una nos asomamos
y tendemos la ropa, y escuchamos a los pajarillos, y me ponía a fumar cuando fumaba,
o me tomaba una cerveza saludando al mediodía…; y, por la otra, es por donde respira el alma y
discurre la imaginación en un viaje sin retorno. La intimidad está en el oeste;
el desparpajo, en el este. En algo, se parecen a mí: el de fuera, el que yerra,
y se confunde y se equivoca; el de dentro, el otro yo, el que ama, el que sufre en
silencio, el que escribe y se enternece o se complica la existencia ante las
mentiras, la vanidad y la envidia de los demás. Fuera está el mito, que se
engaña a diario; dentro, pace el artista, el primo de Zumosol, el que no entiende
el gorgojeo ni los ademanes de todo un palomar a punto de poner el huevo, que,
al final, como no son palomos ladinos, ni ponen el huevo ni limpian el
palomar, y sin pensárselo dos veces salen todos en desbandada volando. Las
ventanas… Las afueras de la ciudad y el cofre interior, el yo, la caja fuerte
donde guardamos la ruina sin grandeza. Cuando la abrimos, sale el ego, que nos
traiciona. El este es lo inmediato; el oeste lo de siempre, lo que hay que
apuntalar cada día con el bordado íntimo, con la lucidez que nos queda, para
llegar a iluminar la palabra como se merece. La ventana, el ventanal..., la vida.


1 Comentarios
¡Qué bonito, por favor!. Cuánta sensibilidad...
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