La tarde trae escondido entre sus brazos el derecho a beber, que es un derecho que se inventa el santo bebedor, el que bebe despacio y baña sus labios en el coñac, además de sus penas, la pena, penita, pena que corre por sus venas, aquella copla que cantaba Lola Flores, la chica caló de Jerez, que quería que la dejasen llorar sus pesares, mientras se iba bebiendo el llanto. Del número 45 de la calle el Sol, en el barrio de San Miguel, a los tablaos como La Faraona; de la Zambra a Manolo Caracol; y de la niña de fuego, aquel “cuarterón” de gitana que ardía, a llegar a ser una diosa que dibujaba el arte con su cuerpo y su cante sobre el escenario.
Beber con la botella entre las piernas no es de miserables, sino
del que está dispuesto a cargar la pistola y hablar con el hombre que lleva dentro, apuntándole a la sien, de
hombre a hombre, que es una cosa que ya no se lleva. Antes se bebía en las tabernas; ahora, en las
casas, a escondidas, porque lo otro tiene mala prensa y sale muy caro. Y porque el
que bebe miente, es parte de su prosa, mientras besa suavemente la copa. Miente porque no quiere ver cómo navega su barco a la deriva.
Él es el capitán y acaba de arrojar a las aguas
profundas una botella con un mensaje dentro, más el cuaderno de Bitácora, el diario de su travesía. Es capaz de tirar al mar hasta su testamento si hiciera falta porque ya no tiene nada que perder.
No tiene fuerzas ni para sujetar el timón. Mientras se hunde, no dejan de temblarle las manos. Sin pensárselo dos veces, ha cogido y se ha sentado en silencio en la cubierta, apurando las últimas gotas de la botella. Así pasa las tardes. Necesita ahogarse en coñac porque su mujer le
ha pedido el divorcio y piensa que sin ella no es nadie. Pero antes de que
se lo pidiera, ya no era nadie. Nadie es aquél que deja en manos del otro su
destino y tira por la borda su dignidad. Y ahora se ha convertido en un mal
bebedor que quiere matarse rápidamente pero no lo consigue. Se ha sentenciado a
muerte él mismo, pero la tarde no lo deja en paz y, una y otra vez, le trae a
la memoria voces, recuerdos, mandatos, órdenes, gritos, reproches…, que hacen que
las lágrimas resbalen por las mejillas hasta la comisura de los labios.
Un llanto sentido, implacable, intenso, crudo, desgarrador…, sin
que el consuelo haga su aparición con cada trago, entre el ardor y esos
resoplidos de búfalo, de fiera salvaje, enfurecida con él y con el mundo, como, si de tanta locura, fuera a darle un vuelco el corazón. Bebe… Ya no fuma, ni come…, ni habla… Se
le ha ido la sonrisa y la gracia. La boca se le ha hecho pequeña. Y los ojos se
le han puesto rojos, hinchados, con el rojo del fuego, como un demonio… Cada
tarde es como si escribiera un poema lírico y trágico, una elegía a la muerte,
a su muerte, lenta y anunciada, mientras
se mete el dedo en un oído para escuchar el silencio, que es el único que logra calmarlo. Escucha el silencio y su llanto, tan desconsolado. Huele a alcohol y a desencanto, a secretos
viejos, a los efluvios de un perdedor…, huele a derrota. Y aun así, aún le
queda un soplo de fuerza para alzar la copa de coñac al aire y brindar por la
vida, la que se va y la que ha vivido, y dejar constancia de su verdad, de su sufrimiento, izando la mano derecha y temblorosa hacia los cielos en busca de una pizca de perdón, en un acto de comprensión, de benevolencia, de
arrebato…, sin más fe que su desgracia, que ahora es su patria. Es un rey
sentado sobre su tumba. El otro juego de tronos.


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