LA INSTAPOESÍA


 

En la sociedad de hoy puede triunfar cualquier cosa, incluso la poesía del sueño, siempre y cuando genere dinero, porque durante el sueño podemos seguir siendo nosotros mismos, y volar, y besar sin miedo a aquella chica que siempre tenía escrita una pregunta en su cara: “¿Qué va a ser de mí?”, era la interpelación con la que reflexionaba aquella damisela con carita de niña traviesa.    En la sociedad del sueño todo es un juego, incluida la guerra; una sociedad donde no hay diferencia entre los adultos y los niños, excepto en el tamaño de los juguetes. Un juego donde cada creencia tiene su forma. En 1912, el antropólogo Èmile Durkheim hizo una precisión que la sociología no ha superado todavía: “La religión es la forma en que una sociedad se adora a sí misma”. Cultura y religión no son la misma cosa. Desde tiempos inmemoriales, la religión siempre ha puesto límites a la cultura, del mismo modo que el tiempo se tasaba en oro. Pero no todo lo que reluce es oro, según ese que se le atribuyó a Esopo. El dinero está ahí para establecer las relaciones sociales y ponerle precio a la libertad. Por eso es del  mismo color que las ganancias. Pero, ojo, hay dinero hasta de color verde, guardado  en el lugar menos pensado que podamos llegar a imaginar.  Y, aunque el dinero no da la felicidad, hace que desaparezcan las preocupaciones y, de paso,  el estrés. Porque, como sabemos, la tranquilidad tiene un precio que muchos no se pueden permitir.  De ahí que la mayoría se conforme con aquello de...: -“Al menos tengo salud”. Y con salud.., más algo de fe, ya tenemos activadas las convicciones en el ámbito espiritual. Y entonces llega el credo, que triunfa, porque, aquel que logra comunicar, triunfa, ya que la gente está abierta a todo tipo de mensajes para mantener ocupado el cerebro. Y los oficiantes eso lo saben. Así que, a medida que van llegando las alocuciones,  el alma las va traduciendo. Y con el magma que dejan, impregna el espíritu. Y ya solo queda que éste, vestido de gala, se acerque hasta el lugar adecuado, se siente a esperar y ponga a seducir al corazón. Y después todo es crecer, avanzar, fluir… Estos verbos en "ar", "er", "ir...  Y ya tenemos definido el triunfo, ya venga metido en una lata de escabeche, en  una idea, o sea parte de una religión  emergente y en auge o de las consignas de  un negocio boyante. Pero hoy en día, con el siglo XXI en marcha,  también se puede optar por otra fórmula a la hora de atrapar las mentes o de invadir el subconsciente. Y esa opción no es otra que la poesía. Sí, como, lo oyen: con la poesía.  Si a eso le añadimos que la esencia de ésta no ha cambiado y que de lo que se trata es de expresar las emociones íntimas, pues…   Ya está definido también el éxito. Y se llama  instapoesía, o poesía en las redes sociales, una poesía cercana, libre y transgresora. La cosa empezó un poco antes de la pandemia. Había gente que utilizaba, y que sigue utilizando, las redes sociales para vender libros, que es donde tienen sus campos de cultivo los nuevos poetas, los mismos que buscan lectores ávidos a los que les gusten las  bellas palabras. Son unos cuantos hombres y mujeres que manejan la lírica,  también otros muchos temas, porque donde antes solo había amor, ahora hay sexo; donde solo había hombres, ahora hay mujeres; y donde antes había temas inabordables, ahora hay tabúes puestos al descubierto: racismo, discriminación, feminismo… Ahhh Y con otra salvedad: la brevedad del tiempo. No es que cambien los temas, sino que lo que cambian son las formas. Se tira más por lo corto. Son los nuevos gustos. Los lectores viajan de post en post, de tuit en tuit, sin pararse en nada. Las audiencias son millones de almas dispuestas a consumir poesía. Instapoetas, los nuevos trovadores, armados con smartphones, tabletas o portátiles… Pasen y vean…

Es la cara B de la sociedad, la cara incontrolable, jóvenes conscientes de la estrategia a seguir y de su protagonismo. Su altavoz son las redes sociales, por donde pregonan su mensaje, un lenguaje sencillo para contarnos temas cotidianos. Poemas breves, a veces minimalistas,  acompañados de un dibujo o de alguna ilustración, cuatro apuntes y una escritura urgente llena de singularidad y de aforismos. Es más: ponen el poema al alcance todos. Una apuesta valiente y honesta, sin correcciones, poemas cargados de vanidad y de hedonismo que a veces actúan como un arco iris que ilumina los momentos oscuros de muchos jóvenes. Lectores contemporáneos, la línea del verso visceral, traviesa, actual… Escritores, poetas y poetisas capaces de mirar atrás, de amar y de brillar con ese estilo y o ese realismo sucio tan similar al de Bukowski, Kerouac, Ginsberg…, setenta años después. Poemas y flores que siempre están y aparecen en esos instantes que nunca mueren. Escribir y morir, oficios de poetas que buscan conocerse y que  lo hacen con versos honestos, crudos…, enlazando el tiempo, lo que sienten, un lenguaje transgresor y un mensaje directo. Estamos en un mundo acelerado. La palabra, muy de mañana, se engatilla en la mano triunfadora y  se mete en las redes para ser parte de ese poema urgente que preside los cielos cuando está amaneciendo. Tengo el café sobre la mesa. Estoy solo, con la luz encendida y el verso cruzado entre mi alma y tu desnudez, esa desnudez perpetua, que nunca se olvida.  Antes de rozar con los labios, tan siquiera, la taza caliente, me pongo a ensalzar tu hermosura pensando que ese dibujo que acabo de hacer con cuatro líneas y mucho desparpajo lo van a leer en unos segundos todos los madrugadores. Vamos, en cuanto  haya amanecido. Esto es Jauja.   

 

 


 

 

 

 

 

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