Hay
quienes afirman que Ingrid Bergman tenía un carácter de esos que llegan a
traspasar la pantalla y que hacían temblar al set de rodaje, pues la sueca era una mujer capaz de desafiar las normas y comenzar un nuevo
camino, marchándose a Italia, lejos del puritanismo y la censura, en plena edad
de oro del cine estadounidense. Fue ella la que le cerró las puertas a los
cánones: no deseaba seguir siendo una “mujer fatal” en sus películas o haciendo
papeles de la buena campesina. Quería ser villana, inocente, seductora… Tras aquella
actriz había una mujer tímida que solo le daba confianza a quienes la conocían.
Vivía para el trabajo. Incluso, en su infancia, creció rodeada de personajes
que ella se inventaba y que realmente fueron su salvación. Después de dos
hermanos muertos, su madre falleció cuando ella tenía tres años. Y cuando
contaba con 13, siendo una adolescente, murió su padre. Fue una niña tímida,
solitaria y retraída, pero, como el padre era un apasionado del cine y la
fotografía, la convirtió en la protagonista de algunos documentos filmados con
todos sus familiares. Ingrid se inventaba juegos, se disfrazada, y representaba
algunos cuentos. Sobre todo en aquellos veranos que pasaba en Alemania con su
tía paterna Ellen y con la otra hermana de su madre, la tía Mutti, que se
convirtió casi en su segunda madre. La cámara de su padre fue para ella su
mejor aliada, ya que, cuando actuaba, superaba fácilmente su timidez y vivía las cosas con gran intensidad. Llegó a decir que “si no actuaba, le faltaba
el aire”.
La
primera relación se remonta a la primavera de 1934. No había cumplido los 19
años, y él, Edvin Adolphson, era un hombre casado de 41 años, un actor de
teatro con cierta fama. Se habían conocido en los ensayos de Ett brott. En el verano de ese mismo
año, también conoció al que sería su marido, Peter Aron Lindstrom, un médico dentista, que la recomendó para que debutara en el cine
en 1934 en la película Munkbrogreven.
A continuación se casaron. Tuvieron una
hija, Pía. Tras una docena de películas en Suecia, recibió dos invitaciones muy
dispares para trabajar en otras cinematografías: la del productor David
O´Selznick para que realizara una versión de Intermezzo y la del mismísimo ministro del régimen nazi, Joseph
Goebblels. Al poco tiempo, abandonaron Suecia porque el
país a ella se le quedaba pequeño. Se establecieron en los EE.UU. Pero durante
su matrimonio, que se había convertido en una rutina conyugal, Ingrid no abandonó su relación con los hombres,
sobre todo a partir de 1942. Fue el período en el que se consolidó como actriz,
en el que, tras Casablanca (1943),
protagonizó Luz que agoniza, la
película por la que consiguió su primer Oscar, época en la que conoce a
Hitchcock, que sucumbió ante los encantos de la sueca, que no aceptó ser su
amante, y de donde surgió una amistad que duró toda la vida. Pero en Hollywood
no todo era un campo de rosas y, entre algunas actrices, surgió una rivalidad
dañina. Entre sus amigas estaban Molie, con la que se carteaba con frecuencia y
a la que le confiaba sus cosas más íntimas, y Ruth, su profesora de dicción, la
que modeló su idioma, su aire y su mentalidad.
Tras
sufrir un bache emocional con su marido, una noche de primavera, corría el año
1948, acudió con él a una pequeña sala de cine para ver una
película recién estrenada: Roma, ciudad abierta, del director italiano Roberto Rossellini. Mientras duró la proyección, sintió algo muy dentro, una emoción que
la embargaba, y que, después, volvió a sentir cuando vio Paisà, otra de las
películas del realizador italiano. Sin saberlo, el amor comenzó a hacerse visible. Fue cuando, con el amor como protagonista, vivió una de las historias más conmovedoras de la
época y uno de los
escándalos del siglo XX. Pero, antes de
esto, estando casada aún con Peter, en un viaje para animar a las
tropas americanas en la Segunda Guerra Mundial, conoció a Robert Cappa, del que
se enamoró. Mantuvieron durante unos años un romance, sin contar con los que sustuvo con Larry Adler y Víctor Fleming. Y, cansada de
personajes maravillosos, de guiones excesivamente estudiados, de historias en las que ella no se
veía representada…, creyó que había llegado el momento de darle una oportunidad
a Rossellini. Así que tomó la iniciativa, dio un paso al frente y rompió con
cualquier molde femenino de la época, de aquellos años de conflictos y
posguerra, y le escribió una carta al director italiano, que le hizo llegar a
través de la productora italiana Minerva Films, que se convirtió en la carta
más legendaria de toda la historia del cine. Rossellini no sabía inglés. Tuvo
la carta en su escritorio unos cuantos días, hasta que su buena amiga Liana
Ferri se la tradujo. ¿Ingrid Bergman? ¿Una actriz americana? Para él los
actores profesionales carecían de importancia, ya que acostumbraba a rodar con
amigos o gente de la calle: “Querido señor Rossellini: He visto sus dos
filmes, Roma cittá aperta y Paisà, y
me han gustado mucho. Si necesita una actriz sueca, que habla el inglés
perfectamente, que no ha olvidado el alemán todavía, a quien apenas si se le
entiende en francés y que en italiano solo sabe decir “Ti amo”…, estoy decidida a hacer una película con usted”, Ingrid
Bergman.
La
actriz, abandonó los Estados Unidos para instalarse en Italia y comenzar a
vivir una de las historias que la señalarían de por vida. Roberto Rossellini,
por su parte, le contestó:
Acabo de recibir con gran emoción su
carta, que, además, por coincidir con mi cumpleaños, se ha convertido en el
regalo más precioso. Ciertamente he soñado en rodar una película con usted y
desde este momento me esforzaré porque esto sea posible. Con mi admiración,
acepte, por favor, mi gratitud y mis cordiales saludos”.
En ese
momento, Ella estaba casada y tenía una hija; él estaba casado, tenía una hija
y mantenía una relación con Anna Magnani,
una espectacular actriz, que además era su musa. Juntos formaban una tumultuosa y popular
pareja. Hasta que apareció Ingrid. Hasta entonces, la relación entre ambos era
epistolar, pero algo debía dejarse traslucir en esas cartas porque, cuando
Rossellini llegó al hotel Luna Convento Amalfi junto a Anna, el director le
pidió al camarero que, si llegaba una carta o algo, se lo entregara con la
máxima discreción. Al rato, se le acercó un camarero con un telegrama que venía de Inglaterra y se lo
entregó al realizador italiano. La Magnani, al verlo, le tiró encima la fuente
de espaguetis. Pero, claro, una cosa era
la fama y el talento de Ingrid y otra conseguir una financiación para una
película con el director italiano. Demasiado arriesgado. Él era casi un
desconocido en la meca del cine, si bien, por su manera de plasmar la realidad,
había ganado la Palma de Oro en el Festival de Cannes, además de ser admirado
en los círculos cinematográficos más selectos. Así, pues, cuando Ingrid llegó a
Roma y comenzó a recorrer el país camino a Estrómboli, la isla de las Lípari,
que entonces se llamaba Tierra de Dios,
Roberto y ella se convirtieron en amantes: -“Me enamoré de él porque era muy
singular. Nunca había conocido a nadie tan libre”, afirmó la actriz, que por
aquel entonces llevaba diez años casada con el dentista sueco Peter Lindström,
su primer amor, pero hacía ya mucho tiempo que no era feliz, tanto en su
relación como en el cine de Hollywood. De hecho, le había pedido en varias
ocasiones el divorcio a su marido y él se había negado a concedérselo, poniendo
como excusa que tenían una hija pequeña. Y, aunque siguieron viviendo bajo el
mismo techo, ya nada era igual, porque
ella veía que la única salida a su matrimonio era marcharse, además de abandonar una
industria en la que se sentía atrapada. Y así fue cómo dio el primer paso.
Además, el amor que sentía por Roberto
era lo bastante intenso como para dejar de una vez EE.UU. Fue entonces cuando
planeo escribirle a su marido, Peter, para contarle que se había enamorado y
que se quedaba a vivir en Italia. Por supuesto, su marido no lo aceptó. En
aquella dolorosa carta, le pedía además
el divorcio. Y si Peter, su marido, se lo puso difícil, no dejando que
su hija Pía viajara a Italia, no fue
menos el comportamiento de la prensa, de algunos productores, de la opinión
pública, senadores…, toda una época marcada por el macartismo que no pudo
soportar que la actriz se comportara de manera libre, yéndose con el italiano y
dejando a su marido y a su hija.
Mientras tanto, la pareja, feliz, recorría las carreteras del país, aún con las huellas de la guerra visibles, y las multitudes, a su paso, les aplaudían. La revista Life los fotografió cogidos de la mano y las imágenes dieron la vuelta al mundo. El rodaje, sobre todo con actores no profesionales, la sala de prensa llena de reporteros de todo el mundo, a lo que sumar la dicha de estar enamorada…, pero, aún así, por encima de su cabeza revoloteaba la idea de sentirse culpable…, sobre todo al pensar en su hija… “Lloré tanto que pensé que me quedaría sin lágrimas”, afirmó la Bergman en una entrevista. Pero lo más llamativo de aquella relación fue que estalló de lleno en las conciencias de medio mundo: la gran actriz…, ahora no era más que una mujer perdida y aquello no era más que un insulto a la sociedad. La gran Ingrid, intachable, de recta moral luterana, sincera y honrada…, de la noche a la mañana había pasado a ser una bebedora, fumadora, promiscua…, a la que no le importaba ni su familia ni su hija…, formando un triángulo dramático tras un matrimonio fracasado… Con estas palabras se despachaba la prensa sensacionalista…. El litigio por el divorcio y la custodia fue una lucha encarnizada de reproches. Madre e hija pasaron dos años sin verse. Y más tarde, otros seis. A todo esto se sumó el rumor de que Ingrid estaba embarazada. Algunos de sus amigos, como Ernest Hemingway, salió en su defensa: -“¿A qué viene tanta estupidez? Tendrá un hijo, de cuerdo ¿Y qué? Me enorgullezco de ella y me alegro. Deberíamos felicitarla en vez de condenarla”, dijo el escritor. Robertino, llegó al mundo en el año 1950. El divorcio se resolvió al final en un juzgado de México, donde también se casaron por poderes. Un productor amigo de la pareja y un abogado los representaron. Hubo condenas hasta del Vaticano.
Volvieron
a casa, se lo comunicaron a los amigos y bebieron champaña. Ingrid, después de
hablar inglés y chapurrear el francés, por fin logró aprender italiano. Y
llegaron las gemelas: Isotta-Ingrid e Isabella. Fueron momentos de intensa felicidad.
Pero la convivencia con Roberto tampoco era fácil. Además de celoso, era
dominante (sólo le dejaba trabajar con él), incluso, en ocasiones, violento. Por
otro lado, estaba el asunto del dinero: Rossellini, acostumbrado al lujo, a la
abundancia, a vivir a lo grande…, cuando todas las películas que hacía con Ingrid
no eran más que fracasos comerciales… Era necesario hacer caja. Así fue cómo en
1956 Jean Renoir le ofreció a la Bergman un papel en Elena y los hombres. Rossellini admiraba a Renoir y, aunque no le
gustaba que su esposa trabajara con otros, esta vez sí que lo consintió.
Después, le ofrecieron protagonizar una obra de teatro en francés: Té y simpatía. Él no estaba de acuerdo y se lo prohibió, pero
ella se negó, no le hizo caso. Roberto contratacó diciéndole que iba a ser un
fracaso, que la mitad de los espectadores se irían de la sala, que… No sucedió
así. Fue una ovación estruendosa. El público estaba enloquecido. No cesaba de
aplaudir. El auditorio permanecía en pie, y gritaba, aplaudía, y vitoreaba a
Ingrid… Fue cuando ella se inclinó en el centro de la escena, dobló la cabeza
y, al volver su mirada hacia Roberto, sus ojos se encontraron, y ahí comprendió,
ahí supo que, aunque continuarían un tiempo más juntos, su matrimonio estaba ya
roto. Se había acabado. Él se fue a la India y tuvo un romance con la mujer del
productor de la película, Sonali
Dasgupta. Ella le propuso el divorcio con tranquilidad. Rossellini le
puso dos condiciones, que ella no cumplió: que los niños no viajasen a EE.UU y
que ella no volviese a casarse. Al poco, inició una relación con el productor
teatral Lars Schmidt, que también era sueco. Al final, ella cedió la custodia.
Los niños vivían a caballo entre Roma y París. Ingrid aprovechaba descansos en
los rodajes o en el teatro para visitarlos. El mundo cambió muy rápido y,
aquella persona non grata, obtuvo su segundo Oscar por su papel en Anastasia, que fue recogido por Gary Grant.
Lloró de felicidad. Al poco, regresó a Estados Unidos para volver a rodar. Su
rehabilitación ante la industria fue total. Se convirtió en uno de los nombres
más respetados del cine.
Con el
tiempo, también recuperó a su hija Pía, tras tantos años alejadas: -“Llegué a
conocer a mamá bajo otra luz y me enamoré de ella. Era divertida, alegre,
extraordinaria…, dispuesta a salir y actuar, a asistir al cine, al teatro…a
cenar fuera…”. Después, Pía decidió ir a Roma sin hablar ni una palabra de italiano
a conocer a sus hermanos y encontrarse a sí misma…, y se quedó a vivir tres
años con ellos. Su madre le enviaba dinero. Y afirma que “le agradaba Italia y la idea de haber conocido a sus
hermanos”.
La
pareja hizo un total de seis películas, entre las que destacar Stromboli (1950), Europa 51 (1952) y Te
querré siempre (1954). Rossellini era demasiado posesivo y personalista para
hacer feliz a una mujer como Ingrid, pero, por otro lado, pocos realizadores
han sido capaces de captar los sentimientos de belleza, fragilidad y sensualidad
como Rossellini en los primeros planos de su mujer, la Bergman, que con el
tiempo se propuso envejecer con la dignidad que le proporcionaba la búsqueda
del atractivo que se podía encontrar en cada etapa de su vida. Obtuvo su tercer
Oscar en 1974 con Asesinato en el Orient
Express y regresó a Suecia para trabajar con su admirado Ingmar Bergman e
interpretar a Charlotte, la pianista de la película Sonata de Otoño (1978). Continuó
su camino en solitario. Se mudó a Londres y siguió dedicándose a la
interpretación, hasta que, un cáncer de mama,
se la llevó. Murió el mismo día de su cumpleaños, el 28 de agosto de
1982 en Londres. Nunca fue una diva gélida sino más bien una luz arrolladora y
moderna. Un alma que persiguió siempre su sueño hasta alcanzarlo. Su secreto
siempre estuvo en saber que “el amor
necesita luz en el rostro”.





1 Comentarios
Buenísimo y muy interesante.
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