François Bernat era el
último testigo de una generación de pintores que compusieron paisajes y figuras
humanas, aplicando un sinfín de puntos hasta conseguir toda una vibración luminosa. Orden y claridad; masas puras
sin llegar a mezclar los colores. Luego le dejaban actuar al ojo humano para
que los amalgamara. Así fue toda la obra de este francés afincado en Turuelos al que encontró
muerto Isabel, la asistenta de Río Laguna. Entró en el estudio y bajo el caballete con el último cuadro de su vida sin terminar, yacía inerte el cuerpo
de François. Alrededor, el pincel, la colilla del puro apagado, las gafas…,
todo por el suelo... Todavía no se sabe si murió a causa de un infarto o debido al “mal de los pintores”, que suelen intoxicarse con el óxido de plomo de las
pinturas. Desde el día en el que descubrió su pasión por la pintura, que se coló por un ojal de la chaqueta como una paloma blanca se cuela por la ventana,
desde aquel día..., comenzó a pintar entre dos mundos y, desde entonces, no ha dejado de pintar, porque siempre creyó que ése, y no otro, era su destino. No temía a que un día la vida interpretara la sonata de la
muerte. Ahora ya no tendrá que conceder entrevistas, que odiaba, ni acudir a
las exposiciones, porque entendía que lo que se debe exponer es la obra y no
andar llevando al autor por las galerías obligándole a hacer pasarela para
cuatro frívolos, un fotógrafo y un grupo de gorrones, que van a todas las
inauguraciones a comer y a beber, y a colocar la tela de araña para cuando dé
comienzo la caza mayor.
Ya han sido avisados sus
hijos y Marian, la malagueña que conoció en Venecia, cuando ambos, jóvenes,
pintaban en la Plaza de San Marcos bocetos, láminas, cuadritos…, pinceladas de
algún monumento para venderlos a los turistas. Eran otros tiempos. La policía
no decía nada. Una manera como otra de pagarse la estancia. Y allí, entre el
espíritu de la ciudad, las vedutte (vistas)
maravillosas, bajo las nubes que inspiraron a tantos artistas y donde se
escribieron páginas notables de la historia de la pintura, surgió el amor entre ambos y un compromiso
que duró años. Con anterioridad y antes de marcharse a Francia a probar suerte
como acuarelista, Marian había trabajado como diseñadora artística (ayudante)
en las películas Rey de reyes, dirigida
por Nicholas Ray, y El Cid, a los
mandos de Anthony Mann, producciones típicas de la factoría que Samuel
Bronston tuvo en los años sesenta del
siglo XX en los Estudios Chamartín de Madrid (a veces en coproducción con
Suevia Films, de Cesáreo González), una fábrica de los sueños en la que grandes
directores norteamericanos, guionistas, técnicos, actores y actrices españoles,
figurinistas, profesionales del medio en general, además de un batallón de
operarios, se buscaban las lentejas
diarias.
Ya no hay ni un alma por
la calle. Todos se han ido, empujados por la vida. El pueblo ahora es un museo
de la nada. Aquí solo se quedará el viento para custodiar estas ruinas, que son
una perfecta iconografía del olvido.
Ha caído el último
combatiente, el último vecino que resistió, que decidió quedarse para siempre
en las laderas de la Targardilla. La muerte no tiene un reloj; no avisa. Le ha
cogido trabajando, haciendo lo único que sabía hacer. Desde este lugar, le
estuvo hablando al mundo durante años, con sus cuadros, con su voz secreta.
Pintó muchos recuerdos de
su infancia y adolescencia porque, para él, recordar era más emocionante que
vivir. Pintaba como si quisiera bajar un
telón y tapar así un ruidoso presente, que detestaba. Su imaginación era
desbordante; cruel en algunas ocasiones, incluso consigo mismo. En esa
observación del pasado, se multiplicaban los temas y los personajes, a los que
entendía a la perfección con su delicadeza psicológica. En cuanto los esbozaba
en el lienzo, situaba a cada cual en su sitio. Le gustaba que tuvieran los pies
en la tierra, porque para Bernat los
pies eran como las raíces, y necesitaba que contactasen, anclarlos en algún
lado, para que así tuvieran una relación
emotiva con el entorno, con la tierra que pisaban.
Las portás de la casa hoy están de par en par. El viento ha pasado
varias veces por delante de la entrada
pero en ningún momento ha llegado a detenerse para observar. No le
gustan esos momentos tan definitivos. Y menos sentarse a esperar a que salgan
todos y luego contemplar las ruinas que
va dejando el tiempo, incluida la casa, con su huerto abandonado; llena de
objetos, de cuadros, lámparas en las alturas o sobre las mesas o en algún
trípode; sillas, butacones, macetas, baúles, alfombras por los pasillos y
habitaciones...; arriba, abajo, o en el sótano, donde está la bodega y el lugar
escogido por unanimidad para amontonar los cachivaches desterrados; y cuando se
suben las escaleras en zigzag, viene de nuevo el rellano, y se abre una puerta
para abandonar la casa…; y un poco más
allá, cruzando el patio, el estudio,
amplísimo, con las cosas en estado de emergencia, sin orden alguno, con la
chimenea funcionando sin cesar, ya sea verano o invierno… Las pinturas frescas
así lo requieren. Y contra la pared de la derecha, una baraja de marcos; y en
la de la izquierda, cuadros apilados; y más marcos por allí, por allá, en las estanterías…; y en un rincón, una
escultura de bronce; y sobre un taburete, una cabeza de cera; y junto a la
ventana, un lienzo; y, por donde mires, muchos lienzos, creando pasillos
sinuosos, estrechos y difíciles entre los que pasar, si acaso se puede pasar,
porque entonces, si se consigue, tras el
primer obstáculo, aparecen las cajas con tubos casi vacíos, otras con óleos,
algunas otras con tarros de disolvente, botes con pinceles… El caos, el otro
caos, donde el calor y lo íntimo y el humo y los olores forman una atmósfera
impresionante, atractiva, poderosa. Sin embargo, la casa era como un conjunto
de salas, frías y distantes, donde las almas vivían como fantasmas.
Todos se han marchado. La
casa ha quedado cerrada para siempre. Un día vendrán a llevarse todo. Y a
vaciar el estudio, que era un rincón que tenía vida propia. En él se realizó un
hombre honesto e intenso que con cada trazo hacia una reflexión existencial. En muchos de sus cuadros, alcanzó bellísimos momentos.



1 Comentarios
Esperando el siguiente con impaciencia…
ResponderEliminar¡Buenísimo!