Hoy es uno de esos días en los que se
ve mejor que nunca “la espuma de los días”, que es el título de una novela que
escribió Boris Vian allá por 1947. Desde entonces, ya ha llovido,
como llueve hoy, pero, sobre la superficie, sigue presente ese juego de
inversiones bajo el que subyace un sinfín de universos absurdos que ha
creado la sociedad, de tal modo que muchas veces tengo la impresión de vivir
en otro planeta.
En los últimos años, vemos que la
vida ya no es en tecnicolor, como en los sesenta, sino que está
conformada por un mosaico sobre el que hay toda una degradación de colores con
tal de que no se vea el continuo desfile de cachivaches, o sea, el truco, la
mentira, las arenas movedizas en las que nos vamos hundiendo. Rituales vacíos
por donde se pasea el frío, universos absurdos y extraños, cuando no
banales e indefinidos. La vida se ha reducido a un catálogo de ofertas, a
un capricho sobre la que cuelga la melancolía, que es la encargada de batir la
espuma para que no se vean las olas, ni el mar…, la espuma sobre la que
dormimos para detener el tiempo.
Llueve. Los días de lluvia son
aquellos en los que decimos eso de que “salga el sol por donde quiera”, porque,
siendo viernes y ante tanta confusión como hay, se hace cada vez más difícil encontrar
el camino, sí…, ése que se hace al andar, entre Machado y la cultura
oficial. Y toca resignarse, que es una cosa que siempre suena a
rendición. Y ahí nos tienes, claudicando ante un café cortado y sin
azúcar, por ser el Día de la Diabetes, sentados en una mesa del bar de la
esquina, para después, con el calor del café, tirar por lo derecho e intentar
reinventarnos, que es la otra opción, es decir, empezar a explorar ese
talento que va oculto en el homínido soñador y aventurero antes de que a éste
le dé por pasarse otro fin de semana encerrado en la intimidad, sin
salir, ni tan siquiera para mojarse. Y no de vino, sino de agua. Y ya se sabe,
en cuanto aparcamos la segunda oportunidad, aquella de la renovación,
caemos a cámara lenta sobre la intimidad y comienza un diálogo intenso y
sincero con nosotros mismos, cuando lo que nos gustaría hacer en realidad sería
vender harina, hablar por los codos, y coger con una mano el megáfono y
con la otra alentar a las masas, y repetir eslóganes y frases en una
sucesión de mañanas, como todo farsante, y esperar a que lleguen los
vítores, las loas y los aplausos… y, con todas esas mentiras que hemos
ido sacando de los bolsillos, ascender lentamente a la gloria, que es una cuenta corriente abierta en un paraíso fiscal. Pero no. Nos pasamos el
viernes y el sábado con los ojos asustados y un paisaje compuesto de cuatro
sueños perdidos en la memoria. Y el domingo, de brazos caídos, para completar
la hazaña, nos enfangamos en el barro, intentando olvidar. Entretanto, la
ciudad sigue con la juerga y los repartidores con los recados, y el ambiente
húmedo y el caos en las calles, y el olor a cocido que sale por las chimeneas y
la psicología de los comercios representada por una hilera de luces que anuncian
la aventura del dinero. Sin embargo, aquí, a este lado de la vida, los
místicos, los que trabajamos el camino interior, seguimos confusos, solos como
los náufragos, mirando al mar o al horizonte, intentando comprender esta
aventura en la que nadie nos ha explicado nada, ni tan siquiera tenemos un
plano al que seguir, o una triste guía…, nada, sino que, un buen día, nos
dejamos llevar por la pasión, por el olor de la tinta…, o del papel…, o
por el amor…, y así empezó todo. Y ahora, quizás algo asustados, nos
metemos entre las sábanas para visionar nuestra película interior, o para soñar
despiertos, enroscados a la idea eterna y no a aquella noguera de la infancia,
a la que me agarraba por si caían las nueces, o aquella
muchacha de mi juventud, a la que también me agarraba por si le sacaba punta al
lapicero y, de paso, me sacaba el ingenio cuando tocara sacarlo… Pero la
muchacha quería traca y no que yo tuviera un buen estilo, y la noguera ( al
referirme a este árbol, prefiero el femenino antes que el masculino,
nogal, que suele ser más usado) tenía demasiada grandeza para dejarse embaucar
por un niño con una docena de años cuya intención no era otra que estigmatizar
al árbol para coger todas sus nueces y vendérselas a doña Catalina, que
era una señora muy mandona y reservada que vivía en la calle Balaustre, número
4, en Río Laguna. La parte femenina de aquella noguera también sabía asomarse
al interior de un chaval para recordarle que había otros caminos por los que
caminar. Siempre tenía palabras para darle la vuelta al presente y, de paso, al
individuo. Más tarde, siendo ya un muchacho, sentí el vértigo de
los días. Pero, al rato, comprendí todo: comprendí que había
entrado en el paraíso de los fracasados, de los héroes alegres, sin miedo,
donde el tiempo y espacio se detenían por unos momentos para que me diera
tiempo a cambiar el paso y enmendar la plana, dispuesto y preparado para
cruzar el mundo de punta a punta. Y así sucedió. La vida es un viaje, y un viernes, un día
de lluvia como el de hoy, otro, aunque después “salga el sol por donde quiera”.
Estamos en uno de esos días en los que, empujados por la sangre y con
la ayuda de alguna nube díscola, podemos llegar muy lejos, tan apasionados como
siempre, y sin necesidad de que nos encerremos en casa todo el fin de semana
con la que está cayendo. De ese modo, el lunes ya tendremos algo que contarles
a los del bar, aunque sea un trocito de ese paseo por el amor y la muerte, que
suena a un título de una película de John Houston, que era otro vividor que se
inventó la vida que vivió, tan fascinante, tan rebelde, siguiendo la luz
de una sombra y llevado por su amor a los caballos. El fracaso es el tránsito,
la lágrima necesaria, la esperanza ingeniosa que nos mantiene, a pesar de las
dudas. Hablamos del trazo, del principio, de los cambios, del error, de los
secretos… Y así hasta que llega el momento de dar el salto y caer de pie,
y..., por fin, escapar de aquella jaula que nos tenía preparada el destino, que siempre
despreció la pasión por las cosas y la letra que salía de aquellos tinteros,
viejos y casi vacíos, con los que aprendimos el oficio…, el principio de las
cosas, el quehacer epistolar, que es por donde empiezan los esclavos de
la palabra o por donde el bailarín desafía a un ladrillo con sus zapatos
y danza hasta caer exhausto sin salirse de él. Y soplé…, y la palabra dio con
el alma y el alma con la belleza, que es esa libélula que no se posa jamás y nos
alumbra lo desconocido. Y da igual que llueva, que sea viernes, o que el sol
salga por donde quiera.
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2 Comentarios
¡Qué maravilla!… muy bonito lo que cuentas y muy interesante.
ResponderEliminarUn placer leerte.
🙌👏👏👏👏
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