POR QUÉ LO LLAMAN AMOR, CUANDO...


 

Ayer viernes, al ser preguntado Toni Aira Foix (doctor en comunicación y profesor universitario) por la relación entre Junts y el Gobierno, el periodista, nacido en Barcelona, contestó: ―”¿Por qué lo llaman amor cuando quiere decir sexo…?”.  De ahí que a menudo escuchemos ruidos inoportunos, ya sea por el  somier o por la fuerza con la que se agarra Tendita, la mano derecha de Sisebuto, a los hierros del cabecero, entre arenga y arenga, cuyo timbre de voz, algo más grave de lo normal, es idónea para hablar de dinero, que es un sustantivo que nunca duerme. Sexo/saxo, ya saben.  

Sisebuto no es un rey visigodo, como lo fue en realidad  allá por el siglo VII,  sino el nombre ficticio con el que nos referimos al “rey” de Junts, el mismo que huyó a Waterloo en el maletero de un coche, tras suceder a Gundemaro, que venía a ser otra réplica de otro rey visigodo. Una huida que llevó a cabo atravesando las nieves, los pasos secretos de las montañas  (Les Pyrenees), con el acta de obispo metida en una maleta y el birrete de líder del independentismo en una caja de cartón,  una ideología que  creó su primera organización en Cuba, no en Cataluña (¡qué cosas tiene la vida…!), y que estaba formada mayormente por señoritos de sangre católica y burgueses de centro derecha, palanca a la hora de la gobernabilidad  y que, pronto, muy pronto,   comenzaron a rimarla con “atranca”, en una clara referencia al “procés” y, ante tanta rima o ante tanta soberbia, comenzaron las desavenencias. Fue entonces cuando se inventaron  las naciones y parte de la historia a su conveniencia,  pasaron de la democracia cristiana al absolutismo, del románico de Santa María de Tahull al nacionalismo del XIX, y aquello se convirtió en una pelea de gallos de corral  que, a la hora de repartirse el “peculium” (propiedades), lo hicieron a base de espolón y de una mansalva de picotazos para ver quién era el mejor representante de aquel despotismo ilustrado para hacerse con el gallinero. Pero nada que temer o que no estuviera previsto, puesto que la “espantá”  no fue otra cosa que “una línea de actuación” para apercibir al adversario, pues podríamos asegurar que, en cuanto estos “sisebutos” vuelvan a oír el sonido del monís,  volverán a amancebarse, volverán al contubernio…, también al furor inicial, porque todo matrimonio mixto suele empezar en una gran mentira (decía Norman Mailer que un matrimonio es un hombre, una mujer y un psiquiatra) o acabar como el Rosario de la Aurora, y entonces no les quedará otra que volver a su antiguo oficio,  al laburo, che, ya sea de puto, de chapero, de “rey” o de meretriz, porque la suerte la pintan calva y ahora lo que pintan son bastos.

Reyes sin corona cubiertos con hojas de laurel, con los sueldos confiscados y el dogma salpicado por el pecado, implorando perdón en la vida eterna mientras en el último foro vuelven a sonar los tambores de guerra. Guerra de guerrillas, de revueltas y de revoltosos, reunidos en el interior del monasterio para evitar contagiarse de la gripe aviar. Unas toses y vuelta a empezar. Tras el claustro, se llega a un acuerdo “in extremis” y  se propone otro plan, otra aventura más por la historia de unos hombres sin linaje que buscan la unción, la bendición de un matrimonio rato  y consumado, pero negándose a cumplir con cada uno de los requisitos que exige el Codex Iuris Canonici, y que son tres: erectio, penetratio y eyaculatio. Si falta uno de los tres, la yunta…, no podrá llevarse a cabo. Y, podemos decir que, analizada la cosa  fríamente, aquí no ha habido acto conyugal, sino mamoneo. Y tampoco se ha solicitado una dispensa Papal.. Así que..., siguiendo de cerca el rastro de esa relación, en seguida vemos que lo que sí ha habido han sido chanchullos y desidia,  que siempre terminan en un alarde de hipocresía, ya que el mamón español suele ser un cretino de aquí te espero al que le gusta el gerundio, es decir,  mamoneando, un tiempo verbal en el que el personal está  ya de resaca, bailando rock and roll  y seduciendo a cuantas barbies y muñecas travestidas se va encontrando.  Y eso ni es  amor, ni sexo en la horizontal…, ni “ná” de “ná”, sino un verdadero cachondeo en el que unos y otros trapichean con un batallón de pringaos, que somos nosotros. Cierto o no,  esa es la situación. Y hay que repensarlo, porque, en nada, habrá que volver a jugar a la ruleta rusa con los decretos que hay que firmar. Y mientras tanto, los que han propuesto el divorcio a la italiana,  andan fumándose  un puro (“Fumando espero…”, decía la canción), con el babero puesto e hinchándose de calçots y salsa romesco, aprovechándose también de la urgencia de las decisiones, en las que cada cual echará mano de su particular lenguaje,  un lenguaje sin palabras llanas, sin esdrújulas, como bien pudiera ser “déspota”,  por poner un ejemplo, dejando todo el discurso a las palabras agudas, que son más insultantes y  hacen mucho más de ruido, y que viene a ser otro giro más u otra forma de engañar y traicionar al contrario.

Hecha la fechoría, además de una larga lista con todos los nombres vips de los enemigos, veremos a algún que otro “espabilao” que cogerá y filtrará la dichosa lista a la prensa y…, de la noche a la mañana, nos estaremos cargando a otro fiscal, arguyendo que el togado se metió en la intimidad de todos estos “sisebutos”, que si patatín..., que si patatán..., sobre todo al principio, cuando empezó aquello del  mamoneo, aquellos años  del 3%  ( el “tres per cent”, que dijo Maragall).

Vuelve el pasteleo y los “palos catalanes” (riquísimos de comer), mientras esperamos a que asome esa vergüenza torera de sus señorías y escuchemos la música del Hemiciclo, la voz en directo, con la tilde deshaciendo el hiato, o quizás mejor sin tilde, como sea, pero que al menos elijan un buen tema, un tema pegadizo, y que haya un póster colgando para que veamos quién es el intérprete, porque el discurso  de ese día requerirá solemnidad y voltaje, y así, a la próxima, los de los calcots se lo pensarán dos veces antes de volverla a liar.

Y esto es lo que se espera, todo reducido a unos cuantos guiños palaciegos, de pena o de vergüenza, más un par de besos (aunque sean robados), y palmaditas en la espalda  sobre el traje  Príncipe de Gales, con sexo o sin él... El caso es que se vea un detalle, aunque se trate de un simple roce, porque con los matrimonios mixtos “tó pue ser”, mire usté, menos que empiece otra vez La Reconquista.





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