Una
atmósfera grisácea se cierne sobre los valles de los ríos. El Cabriel baja
manso y el Júcar serpentea entre los montes. A lo lejos, humean las chimeneas.
Los troncos hablan cuando arden. Algunos vecinos se afanan en recuperar algunos
guisos tradicionales y, mientras tratan de
recordar la receta, dan un sorbo del tazón: el caldo les hiere la garganta. Y el
fuego proyecta sus siluetas en las paredes blancas de las casas. Bajo las brasas, hay enterradas unas cuantas patatas.
Las
saetas del invierno raspan la corteza de los árboles, algo heladas. Los
sarmientos de las viñas parecen hierros más que delgados palitroques. Desde hace ya unos días, amanece con el alma helada. Y el grajo vuela bajo. Y algunos
animales se aventuran por la llanura en busca de comida.
A
la noche, llegarán los abrazos, la efusividad en las gargantas, el gozo en los
rostros… El interior de cada casa se convertirá en una maraña de formas, de actitudes,
de manifestaciones de alegría… Y el fuego será la antorcha que ilumine el momento. Entonces, regresarán las palabras. Y la memoria irá pasando de una cosa a
otra. La mesa será una exposición de platos y manjares. El buen yantar hará que
salga el verbo con más facilidad. Y dibujará gestos en esas pieles antiguas. Y la
concordia revoloteará entre los
comensales hasta que, con el trascurrir de la noche, ésta repose sobre el hule, que es el mantel de los pobres, el mismo tapete sobre el que, en los años duros, se apaciguaba el hambre. Tras las campanadas, el año se esfumará tan rápido como un soplo.
Fuera,
la noche y sus formas, y la luz de la luna, que se irá rompiendo con la llegada del año nuevo. Vendrán los vítores y
el murmullo de otros pequeños mundos. El abuelo clavará sus pupilas en el suelo y el silencio se hará patente en los campos. Se hace obligado volver sobre la botella y echar otro trago de vino, porque el vino hace nobles a los habitantes de estas tierras para que puedan ser otros, aunque
solo sea hoy..., o quizás sea por siempre... El vino le da otro sentido a las cosas, incluso perdona todo. Es el único que les permite tener dos esperanzas.
Es cuestión de horas... Cuando la luna esté bien alta, comenzará el año nuevo. Y las manos se estrecharán con otras manos. Y las familias se fundirán en un abrazo. Y ahí fuera habrá otro reino, otra tierra, que no se hará preguntas, porque seguirá bajo el mismo cielo de siempre, en compañía de las mismas aguas de los mismos ríos, entre las sombras idénticas de las montañas… Y la música será la de siempre…, y la quietud, que deambulará por todo el valle esperando a que despunte la siembra… Y en las cumbres, continuará el revuelo de nubes bajas, a las que volverá a excitar por el viento. Y, bajo las estrellas, habrá señales de sangre, de violencia..., de la lucha por la supervivencia... Y en los corrales, el ganado se sentirá confiado y los perros continuarán haciendo guardia. Y, en las habitaciones, los cuerpos descansarán, por fin, plácidamente. Mañana habrá que madrugar. Y, al amanecer, el sol se arrastrará por el caudal del Cabriel y del Júcar. Todo parecerá más monótono y rutinario.
Muy de mañana, la mirada se perderá por un sinfín de hileras de surcos y de viñas que se alinean bajo un cielo apagado. Los buitres se aplicarán con la carroña. Los caballos relincharán en las praderas sacudiendo sus crines. En el mundo rural, el calendario seguirá rigiéndose por las tradiciones. También las fiestas: de lo religioso a lo pagano; del asueto a la informalidad…, pasando por el regocijo de la carne, tan bullicioso. La vida y los ciclos. Y un mundo misterioso, inexplicable a veces, que hará el invierno más llevadero para los campesinos y sus familias, insuflándoles las fuerzas necesarias para no doblegarse ante las imposturas o los inconvenientes, que son muchos. Cada uno de esos días vendrá a ser un respiro necesario.
Desde hace ya rato, es como si el tiempo pareciera romperse en mil pedazos. Las temperaturas, oscilan bastante La tarde, ante ese cielo tan rojo que se ha detenido en el horizonte, ha precipitado la llegada de la noche La tierra
sigue callada. De vez en cuando, se escucha el latido de los pinares. La vida sigue siendo muy imprevisible. El invierno viene tan crudo como confuso. La luz trata de abrirse camino entre la neblina. El aire reseca los
labios y lleva el cendal hacia la cara y
también hacia los ojos. Pero hay que seguir. Y medirse con los cielos, y
echarle un pulso a la tierra. Eso es en realidad lo que trae la vida hoy. Hay veces en las que
el tiempo parece traer un halo de eternidad. Habrá que esperar a que llegue la noche: esta noche.


1 Comentarios
¡Buenísimo!
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