2026: DE NUEVO EL AMOR

Dibujo de José Luis SERZO (portada)

 

Crear en soledad es una necesidad vital. Mis personajes ya están dentro, antes de comenzar,  porque no se trata de improvisar, sino de armar un texto. Y me gusta la idea de esa soledad incomprensible, de apariencia…, que tiene doblez y multitud de sensaciones encontradas. Se trata de vivir en un mundo acotado, pero a la vez amplio. Puedo estar en las alturas y descender en segundos al interior de la tierra. Pasar del obscurantismo a la gloria, y viceversa, dejando ver entre líneas la claridad de un alma que se expresa. De pronto, sin pensarlo, me da por bajarme a la calle. Al final, siempre termino yendo al bar que hay al lado del portal de mi casa. Pido un café, les echo las espumas a los conocidos, que son los únicos que me soportan, y regreso renovado, evitando así acudir a mi psicóloga, que tiene demasiados requisitos en su página web. Es el tipo de soledad que acepto. La otra…, es cuando no sabes qué hacer. Como diría el último del 27, Benjamín Barnés, “se vuelve a la jaula cuando no se sabe  qué hacer con las alas”.

Y así hasta que,  al cabo de unas semanas, apareció en mi vida Vera, una alemana, que, en un principio, hizo el papel de amiga durante años. Pero un día… , comencé a pensar más de la cuenta. Cuando me venía  algún pensamiento sobre nuestro futuro como pareja, intentaba eliminarlo, sin conseguirlo. Y me decía: -“Ni se te ocurra”. Por las mañanas, Vera me decía tchüss, cuando se marchaba, y yo me quedaba a solas con mis cosas.. Tenía tiempo para pensar en lo que estaba pasando entre nosotros, en la forma de ser de ella, lo que me gustaba… Sabía que, sin necesidad de que se desnudara ante mí, Vera era la idea de la rebeldía. Siempre tenía el desafío dibujado en su hermoso rostro y en esos ansiosos labios. Era erótica hasta vestida: aquella mirada,  yendo de un lado a otro de aquel salón, o cogiéndose el cabello en un moño y atravesándolo con un lapicero … Con los días, su mirada se adueñó del entorno y, por donde echaba, me la encontraba. Cada vez que nos cruzábamos, aunque no nos dijésemos nada especial, o sugerente, los dos sabíamos que estaba pasando algo, “un no sé…”, que  nos dejaba paralizados en medio del pasillo o cuando coincidíamos en cualquier otro espacio de la casa. Una de las veces, yo estaba sentado en el salón leyendo y me giré hacia la puerta de su habitación para ver qué hacía Vera. La puerta estaba entreabierta y la vi en el espejo, mientras se cambiaba. La espalda se perfilaba de una forma maravillosa y, si bajaba, notaba un trasero codiciable. Me ruboricé, me excité, me… Se hacía difícil abstraerse de la belleza de aquella piel, íntima, en esa desnudez sugerente que imprimía una emoción excepcional a aquel discurso corporal. Desvié la mirada intentando tranquilizarme, pero ahí supe que ya no había marcha atrás, que la desearía hasta que lograra tenerla en mis brazos, y que ella, en aquel momento, era la otra mitad del ser humano. Los días fueron transcurriendo con normalidad, pero entre nosotros se hacía ya patente cierto juego, entre la inconsciencia y la provocación, y la amistad iba creando una secuencia inevitable para el romance, cuando los afectos  se cruzaban ya en todas las líneas, a cada momento, sin que hubiera un límite que los distinguiera, ni para qué. Cuando llevaba tres meses en Bonn, organicé mi regreso, porque aquello tocaba a su fin. Era un sábado. Agradecido a tanta hospitalidad, a todo lo vivido, a los gratísimos momentos… Madrid me esperaba y mi vida, al llegar, comenzaría de nuevo, aunque se hacía urgente cambiar el rumbo de aquella nave que había estado demasiado tiempo a la deriva. Vera me llevó a la estación de autobuses. Nos abrazamos, nos miramos y nos dimos un beso. Subí y me quedé mirando por los cristales a aquella mujer, que ya era algo más que mi amiga, aunque ninguno de los dos se atreviera a insinuar nada, por miedo a que se rompiera la amistad o el hechizo. O quizás porque ya no hacía falta, y solo quedaba esperar. Quedaba claro que la tentación venía de arriba… o del andén, desde donde Vera me estaba diciendo adiós con el brazo en alto. Sentí una cierta impotencia. No podía bajarme y elegir porque hacía muchos días que ya había elegido.




A finales de julio, en pleno verano, Vera regresaba de Lisboa en autobús con sus compañeros y los alumnos de su instituto, y pasó por Madrid. La expedición cogió un avión en Barajas y ella decidió quedarse unos días. El oro se derretía cuando nos encontramos. El abrazo, largo y silencioso, hablaba por sí solo. En el azul del cielo, el poeta, que es un ladrón del fuego, que diría Rimbaud, escribió unos versos con la luz de la mañana.

-¡Qué alegría!

-¡Y tú estás espléndida! 

Con tantísimas cosas que contarnos, distraídos, embelesados en la conversación e invadidos por la alegría de habernos encontrado de nuevo, las horas se iban volando. En la mañana fuimos a todas las partes. La tarde la aprovechamos para descansar un rato. Llegada la noche, nos vestimos de fiesta. Vera estaba realmente elegante con un vestido negro y largo, que embutía su cuerpo, blanco y germano, tan codiciado, como un guante. Llegamos a la puerta de la sala y nos pusimos a la cola para entrar: bar de copas Vaivén, en la travesía de San Mateo. Fue entrar, pedir una consumición y, sin dejar de mirarnos, enrojecidos por la fiebre, nos besamos. Sonaba aquella música caribeña y Manuel Machado, el trompetista cubano, cerraba los ojos cuando improvisaba aquellas notas que iban más allá del mundo, más allá de la libertad. Y los cuerpos, sudorosos, danzaban al ritmo de la sangre y de aquellas melodías calientes y luminosas, porque nadie se podía estar quieto bajo aquellos focos si quería seguir viviendo. La noche invitaba a mil cosas en aquel paraíso. Acodados en la barra, después de tanto frenesí, buscando un respiro, seguíamos besándonos sin tregua, sin dejar de movernos y de acoplarnos para no perder el sitio, tan a rebosar de gente como estaba el garito. La vida pasaba delante de nosotros sin cesar. Nos estaba diciendo algo o, tal vez, muchas cosas. Y de nuevo volvía el son, la salsa, la melodía de ese otro universo que te impide que te quedes quieto. Y el ritmo envolvía aquella sala como si fuera un mar de cuerpos en movimiento, incansables, como olas salvajes, humanas, que deseaban seguir disfrutando. Y nosotros, tan apasionados como estábamos, antes de que nada se borrara, decidimos marcharnos para hacer un reino nuevo con el deseo.  Tras cruzar el umbral de la habitación, totalmente desnudos, llegó la fascinación del uno por el otro. Con el colchón en el suelo, para evitar hacer demasiado ruido, nos entregamos en un duelo erótico lleno de complicidades. Cada línea la redactaba el deseo, sin tachaduras, sin que nos diera por volver a releer lo escrito. Alargando un poco el brazo, logré descorrer una de las cortinas para que, con los reflejos de la noche, pudiéramos vernos el rostro mientras nos amábamos, algo tan sencillo como mirarse, cuando los ojos decían mucho o todo. Los dos estábamos a foco, nítidos, sinceros, entregados como nunca. El cuerpo, los cuerpos. La sexualidad sonaba como una lira. Mi espalda, tu piel. Anatomías para consumir, de seda y oro. Mi mano, las manos. Los labios sensuales y encendidos, sin secretos. De noche, como siempre, como nunca. La gloria de la costumbre cuando algo se inicia. Y las confesiones que nos hicimos en cada rincón de nuestras conciencias, donde se quedarán para siempre, cuando el deseo era ya una montaña de sutiles momentos que se hilvanaban de manera aleatoria para fijar la definición del placer en aquella noche a oscuras, con tan solo un rayo de luz que entraba por la ventana, tras haber corrido un poco la cortina, con cientos de trozos de felicidad colgados en un alambre que iba de un lado a otro de la habitación, tendidos para hacerlos nuestros, tuyos, míos…, donde tan solo quedaba ya decir: “Nunca, o casi nunca, siempre…, a veces…”, que es como un título minimalista que encierra muchos significados, y seguir sintiendo todos aquellos latidos que fluían ya de manera inconsciente, atraparlos todos y, poco a poco, ir quedándonos dormidos el uno sobre el otro. Al despertar, no fue necesario manipular el tiempo. Habíamos inventado el nuestro. Es lo que tienen los sentimientos… Sobre todo cuando se enredan. El amor inmortal, la literatura constante, el trazo único, y el lenguaje que ponía la continuidad en el compromiso, sin rayar, tan siquiera, la libertad, ni las formas, mientras salíamos de aquella habitación y enfilábamos el pasillo llevándonos de la mano. A cada paso, uno de nosotros se colocaba delante y tiraba del otro, insuflándole ánimos para atravesar juntos aquel espacio estrecho, largo, infinito, interminable. Al paso siguiente, nos cambiábamos: tú ibas delante de mí tirando de una de las puntas de mis dedos como si tiraras de la vida para que nada se quedara atrás u olvidado, cualquier pequeñez, lo más simple, la huella de un beso dibujado con carmín en la mejilla, intacta, imborrable…, cualquier rastro que hablara de nosotros, lo que fuere, lo incorporábamos a nuestro mundo, fresco y nuevo, incipiente, vulnerable…, ya que le daba sentido a cuanto estaba sucediendo entre los dos, porque debemos  reconocer que estaba sucediendo algo maravilloso. Y ahora, emocionado, con la respiración a medio gas, puedo decir con vehemencia, con respeto y con orgullo que te amé. Y que me sentí amado. Algo que enriquece el paso por esta vida, que no se llena con cualquier cosa.




Publicar un comentario

1 Comentarios

  1. Qué bonito y qué ganas de seguir leyendo…
    ¡Impresionante!

    ResponderEliminar