Nadie
es inocente. La niñez se fue. Las paredes blancas se fueron poniendo rancias. Lloré sobre mis rodillas. Y un día comprendí
que mi tiempo en la ciudad, mi tiempo entre aquellas luces, se había acabado y me
vine a vivir aquí para que mi barco rompiera contra el oleaje, y pudiera
enfrentarme a la memoria, al ruido de los tiempos, mientras me iba sacando
una a una todas las historias que llevaba en los bolsillos, dispuesto a
leerlas, por fin, como se merecían, pero sobre todo a leerlas antes de que
caducaran o fueran presas del olvido. El pasado es un tiempo confuso lleno de
oscuridades que a menudo tenemos bajo llave, dado que el miedo ha construido
una prisión en cada rincón, evitando que salgan a la luz. Los
secretos son propios de la juventud, del abismo de la edad. Pero a mis años, ya
no tengo nada que ocultar. La vida no puede estar en la sombra, ni el tiempo
ser un desierto. El tiempo es la huerta donde crece la honestidad.
Corría
marzo del año 1975 y, por la tarde, el miércoles de la primera semana, me fui
al cine. La película elegida no fue otra que Aeropuerto 75. Se trataba de una
película más de aeropuertos y catástrofes en la que un Boeing 747 despega hacia
Los Ángeles con 128 pasajeros a bordo y, cuando está a punto de aterrizar en
Salt Lake, debido a la niebla, sufre una
colisión casi frontal con una avioneta. Como resultado, el copiloto y el
ingeniero de vuelo mueren, el capitán queda gravemente herido, y la primera
azafata, Nancy (jefe de cabina), se hace cargo de la situación y del Jumbo, teniendo
enfrente montañas de 11000 pies. Nancy, siguiendo instrucciones, logra
controlar el avión. Pero, para mí, a partir de que Nancy se hace con los mandos
del avión, lo fabuloso de la película no era que aquel avión lograra aterrizar,
sino que la actriz protagonista, Karen Black, en el papel de Nancy Pryor, la
azafata de mirada ambigua, estuviera el mayor tiempo posible en pantalla, que
aquella tarde me regaló unos ojos o una mirada.
Al
salir del cine, caminaba despacio. Iba pensativo. No podía dejar de pensar en
la actriz de la película. Su mirada me había dejado tan tieso como si me
hubiera atravesado un rayo. Ya no había en mi cabeza otras imágenes que no
fueran las de Karen Black, aquella actriz con su belleza imperfecta y su estrabismo, que
la hacían tal vez más bella y mucho más atractiva.
Han
pasado los años, quizás muchos años. Está a punto de comenzar a nevar… Tengo encendida la lumbre. Sobre
la chimenea hay una foto mía con el pelo corto y flequillo de cuando iba a las
monjas Trinitarias. Y otra con mis padres. Esas fotos son los cuadros de este
museo, donde me veo; nos vemos. Por la ventana observo cómo la nieve empieza a
caer sobre los cables de la telefonía y de la luz, que parecen las bridas de la
prosperidad o del destino. La nieve siempre trae algo de solemnidad. Y el fuego,
calor y rito. Sobre la mesa tengo un montón de papeles, recortes de prensa,
afiches, revistas, fotografías… Quiero hacer una pequeña semblanza de Karen
Black, años después, con tal de recuperar algo de aquella mirada perturbadora,
maravillosa, distinta. Sigo escuchando también su voz, la voz de Nancy Pryor,
que no era otra que la de María Luisa Solá en una sala de doblaje en los
estudios de La Voz de España en Barcelona, dirigida por Arsenio Corsellas.
Karen, la actriz especializada en hacer papeles de mujeres de vida disipada o
con trasfondo conflictivo y sensualidad felina, que había nacido en Illinois en
1939 y tenía un acusado parecido a la actriz sueca Liv Ullman, con la que
compartió labios carnosos, la forma de mirar…, e incluso la ascendencia,
también noruega, sin que aquella llegara a ser una estrella, pero sí una buena
actriz secundaria. En 1966 llamó la atención de Francis Ford Coppola; fue la
última chica Hitchcock; participó, junto a Robert Redford, en El gran Gatsby; también fue musa de la contracultura de los 60; heroína del cine comercial; ídolo kitsch del cine de terror y cantante, candidata a un Grammy, cuando Robert
Altman se lo pidió para Nashville. Cultivada en el Actors Studio de Lee Strasberg,
solía interpretar a mujeres extravagantes. Era enigmática, atractiva, mezcla de
talento y sensualidad, a lo que añadir esa mirada estrábica, "marca de la casa".
Criada en un suburbio de Chicago, su
mirada se transformaba en cuanto oía la palabra “acción”. Miraba con amor y deseo. Llegó a ser un ídolo.
Dentro de ella había una actriz real, imperfecta, que se sumergía como un
delfín en cada papel. Vivía al día. Alguna vez pidió ayuda a sus fans a través
de una cuenta corriente. Murió en 2013. Era una mujer bellísima que disfrutó de
su trabajo con resignación y sabiduría. Karen Black era un laberinto del que no
se podía salir.
A esto
se reduce todo cuanto he logrado escribir, después de leer, investigar,
buscar…, o de buscarla a ella por todas partes. No es gran cosa, pero
suficiente para mantener vivo el recuerdo y sacarlo aquí junto a la lumbre. Sé
que nada es suficiente. Sinceramente, me hubiera gustado estar junto a ella en
la cabina de vuelo de aquel Boeing 747. Y que me mirara como solía hacerlo.
Pero, por aquel tiempo, ella era ya una actriz consolidada y yo un adolescente
metido de lleno en los estudios, disfrutando de mi juventud y del recuerdo de
aquella película, no porque aquella cinta fuera verdaderamente buena, sino
porque en ella había descubierto a un mito: Karen Black. Un mito es aquel que
se desnuda delante de ti o se mete en tu alma sin necesidad de que haya un
espejo. El mito lo crean tus ojos, en la intimidad. De la oscuridad suelen
salir algún que otro mito y muchos genios. La oscuridad no es solo el hábitat
de los murciélagos. El hábitat del mito es la curiosidad del ser humano. Al
hombre lo explica la necesidad de "ser". Necesito cogerme a algo. Cogerme a su
mano, si fuera posible.
Me
vine aquí para no seguir buscando y que las montañas o el viento me contasen la
historia, dispuesto a escuchar a las piedras, a ese interior que guarda todas
las edades. El color de la nieve se confunde con las paredes blancas de mi
casa. Fuera, no hay huellas; dentro, algunas manchas de humedad. Más las de mi
soledad. Impera el silencio. Oigo latir mi corazón. Sé que busco una mirada. O
buscaba. Me pasé media vida buscándola, lejos de aquí. La busqué entre las
sombras, en las calles, en cada cita, en el trabajo, en los viajes… La encontré
mucho después. Todo eso está en la memoria. Aquí en esta casa no me siento
rehén de nadie. Reina la paz, sin más gloria que la que me da mi palabra, mi
dignidad. Enfrente, hay un árbol y un banco donde no se sienta nadie. Nadie es
un pronombre indefinido demasiado rotundo. Un banco sin nadie es igual que una
fortaleza sin guerreros o una cárcel sin vidas escandalosas. Nadie es el jardín
por donde se pasea la muerte. De niño me gustaba coger uno de los caminos que
arrancan desde el árbol y perderme por los
parajes de estas tierras. Me gustaba esa vida nómada y deambular por los campos
sin un rumbo fijo. Caminar, sin tener que huir, como símbolo de la libertad. Hoy, cuando veo los campos desde la
ventana, ya no siento la necesidad de salir a caminar, pero, inconscientemente,
noto cómo me llega un soplo de aire fresco, que hace que sienta la vida. Y que
no se me arrugue el corazón, sobre todo cuando me pongo delante del espejo, que
es a fin de cuenta por donde corretean los sentimientos. Y me veo; te veo.


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