LA EPIFANÍA


 

Por el horizonte, entre la neblina y el agua nieve, aparecen las tres siluetas de los Reyes Magos. A media que nos acercamos, más que un trazo, vemos que aquello es un espejismo, una iconografía guiada por un  satélite de la NASA para saltarse el Derecho Internacional. Tres reyes sin trono, tres razas representadas, y tres ofrendas: la mirra, el oro y el incienso. Polvo y riqueza, versiones múltiples desde Babilonia hasta hoy, cuando parte del mundo se dispone a celebrar la Epifanía, la revelación o la aparición de otro orden, de otra perversidad más dictada desde los púlpitos, desde el estrado, el podio o el atril  por los profetas, chamanes, médicos brujos, oráculos o astrólogos, encargados de dictar la sura o el canon, la norma a seguir, como la estrella sigue los dictámenes de un ángel desertor y golfo, creando una ilusión desde la infancia a todos esos cachorros embaucados con una mentira  antes de que les corten el cordón umbilical o que el cristianismo les perdone el pecado original. Los Reyes y el pecado, el bien y el mal enfrentados, el poder, hacerse con el poder, que es la finalidad de este negocio, y manipular el orden y las conciencias, con oro o con petróleo, con violencia, a manos de esbirros que esta misma noche darán la bendición de Dios a los pueblos que están bajo el yugo de la ignorancia, la misma que les hace creer en una ilusión o una mentira. Y las luces de comparsa, y el frío y la nieve cayendo sobre las cabezas como cae la bendición, la manipulación de las conciencias, sin oferta, todos en la plaza, cabezas apretadas como un ganado en los corrales a punto de la desbandada, que nunca se cumple, prisioneros de la doctrina, del evangelio de Mateo y del miedo.  La misma bagatela de siempre, la misma monserga, tan antigua, que hace del mundo un nido de mequetrefes dominados por la locura, por lo divino, por una estrella fugaz, que igual ha sido lanzada por  los grandes almacenes para desplumar al gentío.

A ver si nos toca el Nene






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