El solsticio
de invierno ha traído el silencio, que siempre es un paraíso muy agradecido y sus puertas están abiertas día y noche. El silencio es la voz exacta, precisa…, la que hace
la noche algo más eterna, tras la última canción, porque la vida a veces no es
más que una canción, aquella canción, ¿recuerdan…? Una canción y la última mujer que amamos, que fue donde nos quedamos
atrapados, lo que hizo que brotara el dolor, que es similar a un puñetazo en el corazón, porque el
dolor siempre se sintió atraído por el silencio, por la oscuridad, como las
polillas se sienten atraídas por la luz, que también es otro engaño, ya que siempre hemos pensado que la luz es la felicidad, y
no contamos con que la felicidad tiene un precio, al igual que la soledad tiene
el suyo.
Hoy, de
la tierra sale un rojo intenso que viene de los adentros, por donde corretea la
sangre. Esto sucede cuando le da por hablar a la tierra, que tiene su lenguaje.
Por eso hay que escuchar atentamente las palabras que no se dicen. Y entrar o
salir sin llamar, porque, golpear una puerta con los nudillos, es pedir permiso:
-“¿Se puede…?”. Yo quiero ser libre y
atravesar el tiempo sin licencias para dejar de sentir el frío del dolor de una
vez por todas. Y después, con la mano puesta en la cicatriz, volar… y, en pleno
vuelo, saludar a los sueños. Pasar unos días de viaje volando. Lejos de los
hombres…, lejos de lo rancio, porque sé que, cuando toque caer…, cuando caiga,
seré más humano. Y más florido, como las tilas. Lo bueno de caer es que nunca
más volveré a estar solo, porque cerca de mí, como dos guardianes, estarán haciéndome compañía la
melancolía y los colores del cielo. Y quizás también la
lluvia. Cuando llueve en las películas, siempre pasa algo. Sobre todo si lo
hace torrencialmente.
Todo
empezó con una mentira, que aún sigue viva. Por eso es conveniente que, para evitar perdernos, vayamos enganchados a una
estrella. Da igual la que sea. No importa… La primera que pase cerca. Y llevar
con nosotros todos los paisajes, todos los escenarios posibles, incluso los
lugares que ya no existen y que la memoria no quiere recordar. Y no dejarnos
olvidada la letra encima de la mesa o en una silla, porque las palabras alivian
los días, ya que el amor seguirá colgado en cualquier parte del corazón como un pajarillo cuelga en una
rama.
El
solsticio de invierno nos cuela la superstición evangélica entre la sopa del cocido, también el Adviento festivo y a todos sus protagonistas, obsesionados con
la gloria. Discursos con un telón de fondo muy hipócrita y cínico, con bufón incluido, al que también sientan a
la mesa para que los entretenga, tan aburridos como son la mayoría de los
comensales. Actitudes, para estudiar. Freud se pondría de los nervios con tanto
trabajo. La noche era una tragicomedia de caprichos y contradicciones que se iba
enredando en un laberinto de Babel y de lenguajes incomprensibles: los señores
querían volver a la dramaturgia de la ópera y los invitados preferían seguir con
el Tik Tok. La cena fue una de las más caras de los últimos tiempos y de las
menos elaboradas, ya que fue un verdadero plagio de otras cenas. Llegada la media noche,
la novela se había acabado y solo quedaba el epílogo, para despedirse. Había
cola en el perchero del pasillo para coger el abrigo, los abrigos, la capa, el
sombrero…, y todos los afectos, que, horas antes, habían sido allí olvidados. Los
afectos no hacen patria ni dinero. Sobra con un adjetivo, las buenas noches,
las buenas maneras, y el alma envasada al vacío. La televisión continuaba
encendida e insultándose a sí misma. Patética. Se le ven hasta las entrañas. ¡Lo
que hay que hacer para cobrar…! El
Aleluya sonaba a panfleto. Y a la sintaxis de la publicidad, le faltaban
artículos determinados. Se pasan la sintaxis por el forro, no por esnobismo,
sino por puro desconocimiento. Tienen
faltas de ortografía hasta los besos de la despedida. Y las tildes que
vuelan por el salón… Pero el que volaba realmente anoche ahí afuera era el
silencio, poderoso, profundo, que se convirtió en el primer grito del invierno
y se fue haciendo grande con las horas, intentando redimir a esas fieras enjauladas que siempre anulan
la cita que tienen con la verdad.


1 Comentarios
¡Buenísimo!
ResponderEliminarMe encanta: “que vuele el silencio, poderoso… convertido en el primer grito del invierno”.
Qué grande eres.