El invierno ha traído el silencio. Ahora, la temperatura del corazón es otra. El miedo me ha enseñado a respetar lo desconocido y a no abrir la puerta que no me corresponde. La sangre corretea por el interior de la tierra, que también tiene su lenguaje. Me gusta leer esa sintaxis matutina sin tener que pedir permiso, sin tener que llamar, siendo libre y sin sentir el frío del dolor, de la ausencia, la voz del cuerpo que nunca será mío…, el cuerpo de seda o de plata, la sustancia imaginaria, idealizada, la musa…, la que dictó la mecanografía de mi vida, tan parecida a la de la máquina Andina en la que aprendí los caracteres alfanuméricos, y donde también aprendí a volar, lejos de los hombres…, del retablo social, escribiendo cartas, “cosas mías”…, íntimas… Algunas, muy bellas; otras, despiadadas… En aquellos momentos, también llovía, igual que ahora. Cuando llueve, siempre pasa algo. Sucede también en las películas.
Esta
mañana, el invierno se ha quitado la ropa y se ha quedado desnudo para que se vean
bien las mentiras, tan antiguas. La mentira siempre es una opción. Y el
sombrero, otra, bajo el que ocultar la verdad, para que no se moje. La verdad
bajo custodia se vuelve violenta. Nos
encantan los incendios, lo que arde, las cenizas que se van calle abajo con la
lluvia como se van las hojas muertas. Al agua le gusta llevarse las inmundicias
hacia el abismo para que caigan por los acantilados del ser humano. El amor,
tan breve, que ya no regresó jamás, y se llevó la juventud, que duró lo que
dura un soplo. Pero, afortunadamente, pronto logré agarrarme a una estrella que
pasaba cerca para seguir con la vida, que se iba abriendo a mi
paso. Llevaba conmigo todos los paisajes en los que había vivido, lugares que
ya no existían pero que la memoria
seguía recordando. Cada pisada sonaba sobre los adoquines, en la piedra de los siglos, como sonaban también los gritos de la historia. Lo primero que hacía cada
mañana era mirarme en los bolsillos, comprobar que no me había dejado olvidada
la letra de la vida encima de la mesa o en una silla, puesto que esas palabras
me servirían para ir aliviando los días, ya que, el amor de siempre, el de aquella
noche, seguiría colgado en alguna
arteria del corazón, haciendo malabarismos para no caerse, como los pajarillos lo hacen en el filo de una rama.
Hoy
miércoles, por el invierno se cuela la sopa del cocido y las supersticiones,
además de todos sus protagonistas, obsesionados con la gloria. Los discursos se
repiten y casi siempre, en medio del evento, aparece algún bufón para
entretener a esos comensales tan aburridos, con sus menudencias, tan
escrupulosas, y sus chascarrillos, desprovistos de toda ética, y sus actitudes,
para estudiar. Freud fracasaría con estas realidades.
.
La noche quizá sea la
parte de la vida que más se repite y que menos ha evolucionado. Es una mina en
bruto, donde las sutilezas desaparecen y uno se endiosa en la oscuridad. La
noche es esa tragicomedia de caprichos y contradicciones que se enrosca en sí
misma como lo hace el cuello de un cisne. El lenguaje de la noche y de sus fiestas
es incomprensible, hasta el punto de que aquello, rápidamente, se convierte en una jaula de grillos llena de extravagancias y sorpresas, porque, al final, lo que todos buscamos de una manera u otra es el
chocolate caliente, donde mojar. Y, claro, la fiesta salta por los aires: los señores
quieren volver a la dramaturgia de la ópera
y el resto de invitados prefieren seguir subiendo imágenes del evento a las
redes sociales para que todos vivan minuto a minuto la osadía de la mentira,
el disfraz. Hasta que la velada
descarrila y se convierte en el juego
del ratón y el gato: uno que huye; otro que habla con la pared… “Perdona, pero tengo que ir al baño”, dice una
chica tras de mí. El wasap ardiendo con tantos mensajes…, y el
tanga por las rodillas, mientras ella micciona y fuma. Todo rápido, porque la vida se les va,
o se les fue…, y solo queda el teatro y
Oscar Wilde de testigo, más el puro humo invadiendo los rincones del baño, la orgía constante,
la misma que mañana tendrán que meter en la caja fuerte junto a los
billetes en B para que no salga ninguna información
de la fiesta y todo quede a buen recaudo. Ya nos lo mostró Kubrick en Eyes Wide Shut (Los ojos bien cerrados,
1999). Es la parte misteriosa, oculta…, la masonería, las libretas de los
Epstein, la aventura constante y oscura de los hombres de bien, y todas sus
víctimas. Cuando llegó la medianoche, la novela se había acabado.
Solo quedaba el epílogo, para despedirse. Había cola en el perchero del pasillo
para recoger el abrigo, la capa, el
sombrero…, y todos los afectos que allí habían sido olvidados. Sobraba con dar las buenas noches
y llevarse a casa el alma envasada al vacío. Tenían faltas de ortografía hasta
los besos de la despedida. Algunas tildes volaban por el pasillo como ovnis en
busca de algún iluminado. Pero, al salir, el que realmente volaba en la calle era el
silencio. Los demás eran sombras yendo hacia sus coches, imágenes puntillistas que
se habían dejado la sensualidad en el lavabo y solo les quedaba un poco de
tabaco de liar, al que bendecían mezclándolo con algo de marihuana. Por fumar y
por echar humo, por echar los ascos y la mercancía que sobra, la cellisca, el
aguanieve, porque hay personas que necesitan estar siempre echando algo por la
boca o estar mintiéndose para
sobrevivir. Y cuando abren la ventana, descubrimos su verdadero rostro.
Encuentros en “un ojo
dorado” o en una fantasia real, anónima…, el comercio carnal, en oferta, las
viandas exquisitas, sin contraseñas, tras una llamada, una simple llamada, para
después escuchar una confesión traumática y la declaración de amor más rotunda entre
dos seres extraños que jamás hayamos
escuchado. Ya solo queda que alguien, en esa atmósfera inquietante, los redima y aparezca de nuevo el silencio, las
calles vacías, el montaje y la expiación, y todas las consecuencias de esas
travesuras, mientras suena la partitura de Fidelio.



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