LOS MARTES


 

Los martes, se complica todo: la niña que está delicada; la lágrima que cae ante la impotencia; el tiempo que intimida;  los papeles que se amontonan; la cama, sin hacer, y las sábanas, sin cambiar;  la luz de la alcoba, que no funciona; el termo eléctrico, que se ha muerto; y la cita previa, que  me sale para el año que viene  y estamos a principio de año. La mañana que se enreda…, el horizonte que se oscurece, la salida que no veo y…, el día que se pone en un grito. Como diría Baltasar Gracián, “lo bueno, si breve, dos veces bueno”. Ya digo, prefiero que todo se quede en un soplo, una brizna, una pizca de algo...,  y que salga bien… Pero, no hay manera. Siempre abogué por la brevedad de las cosas… pero lo malo de esto es cuando se acumulan todas. Quiero decir,  cuando se hacinan  las más diminutas con las más  enanas.  Y que conste:  no las llamo liliputienses para que no parezca que las defino como lo hacen los  crucigramas. Y, de pronto, en la primera posición, aparecen las más breves, ya citadas; después,  las microscópicas; luego,  las migajas; a continuación,  los restos…, y, poco a poco, la cosa se va poniendo complicada, por no decir a punto de explotar. Hasta que va y…, explota.  Y pienso que no estaría tan mal del todo traer a colación otro dicho, rotundo y maravilloso, del refranero, uno de hace tropecientos años,  que son los más clarificadores a la hora de  explicar una situación. Así que, sin pensármelo dos veces, he escogido otro de entre la sabiduría popular, que dice:  “lo malo, si poco, no tan malo”. Y como algún  espabilado decidió ponerle precio al tiempo, pues, a partir del siglo XX y XXI,  una partícula insignificante de ese tiempo nos podía  costar hasta un ojo de la cara, tal y como le sucedió, años atras, ya que corría el siglo XVI,  a Diego de Almagro, dado que , cuando Pizarro se aventuró a tomar  el Fortín del Cacique de las Piedras, un lugar que se hallaba en la  Colombia actual (finales de 1524 y principios de 1525), éste, Almagro, al ir a socorrerlo, fue  herido por la flecha lanzada por un indígena, que le dio en un ojo y  lo dejó tuerto. Tiempo después, en una recepción que dio Carlos I en palacio,  Almagro le dijo  al monarca: -“El negocio de defender los intereses de la Corona me ha costado un ojo de la cara”. De ahí que, en estos tiempos, si el AVE llega tarde a su destino, por poner un  ejemplo, nosotros le exijamos a Adif que nos haga un descuento en la tarifa del billete, pues, en vista de los incovenientes que nos ha causado, con ese suplemento, damos por cubiertas las anomalías. La vida, ya digo,  hay veces que parece una subasta en la que se licitan ristras de minutos. Uno vende y otros compran. Y, según el tramo del día, cada minuto tiene un valor u otro. Se parece bastante a los índices bursátiles. Si tose Wall Street, la Bolsa estornuda. Hay horas en las que, esos minutos, están por las nubes. Llegas al trabajo, fichas tarde, y te quitan cincuenta euros. Eso por ser martes. Un  martes  puede llegar a desesperarnos. O a hipnotizarnos. Imaginemos: estamos ya en la cama. A un sueño, le sigue otro. Nos damos media vuelta… Y, al rato, otra. Y después, cambiamos de postura. Y luego  sacamos un brazo por aquí…  Y  otro por allá... Y la  almohada nos la ponemos entre las piernas intuyendo que es otra cosa... Y aquello que se pone íntimo…  Vamos, que es el momento de coger y levantarnos, pero...,  no lo hacemos. Y no lo hacemos porque sabemos que, sí nos levantamos, es para ir a trabajar o  para hacer el tonto. Y más con la que está cayendo…, porque, entre la lluvia, la nieve y el viento, llevamos ya unos cuantos días de los nervios y en los que han saltado   todas las alarmas... , pero, aún así,  pensamos: que les den. Y nos damos otra vuelta, que es lo mismo que darnos  otra oportunidad… Y aprovechamos el ínterim para taparnos la cabeza con la almohada, que va desde el calor del sexo al frío de la cocorota. Y, de paso,  si podemos, aprovechamos el momento  y nos echarnos otro sueño..., cortito, sí,  pero otro más para añadir a nuestra lista personal de modorras, que es más larga que la de una iguana o de un largarto ocelado. Y eso se agradece…, ya digo, y llegan los ronquidos. El primero, de breve no tiene nada. Más bien, parece un ronquido de elefante (y mira que yo no sé cómo es un  ronquido de elefante, pero  me lo imagino); el segundo,  es igual a cuando arranca un Harley Davidson, tanto que  huele a gasolina (incluso hay un instante en el que se nos cae  hasta la baba, tan  a gustito, y no deseamos ni respirar); y el tercero..., es un ronquido suave, tranquilo, como si estuviéramos anestesiados en el quirófano. Y, entonces, de repente, en esos sueños, aparece  el hada de los bosques dispuesta a todo, tanto que puedo decir aquello de que "Con ella llegó el escándalo".  Y, de golpe y porrazo,  me dice al oído...  "Mira, tío, se ha terminado el tiempo… Ya está bien de demoras y aplazamientos… Toca levantarse… Sí o sí…”.  Pero, yo, que en ese momento estoy  aún medio  dormido, pienso: -“Esta tía está un poco gilipollas... ¿Pues no me está diciendo que me levanté…? ¿Quién se habrá creído que es…?”. Pero el hada, que no se da por vencida, insiste: -“O  te levantas o pido refuerzos…”. Jajaja… Me da la risa.  Pero el hada,  vuelve a insistir de nuevo. Y así una y otra vez…  Hasta que, cuando ya casi me había olvidado de ella, en esas,  ha llegado una ráfaga de viento que parecía un huracán o un tsunami…., y, ¡zasss!!!, de un golpe ha abierto las ventanas, me ha tirado de la cama y me he dado tal zapatazo contra el suelo que aquí estoy medio convaleciente.   ¡Ay, ay, ay...! Me duele todo, incluido el bolsillo, porque he perdido hasta las monedas que llevaba sueltas... ¡Dichoso martes, y dichosa hada! Resumiendo, que cada vez queda más claro que  no somos nada, que estamos hechos de paja, de una substancia o de una  brevedad insignificante, y que hay días que  es mejor estar como Tutankamón: embalsamados. Pero como nos podemos estar quietos,..., y por si cuela..., ese día nos da por hacernos los graciosos o los  sonámbulos.  Hasta que nos descubren… Y entonces agachamos las orejas. Y, al día siguiente, cuando suena el despertador de la mesilla de noche  o el móvil,  ya no decimos nada. Ni rechistamos. Y más sabiendo que el móvil  tiene hasta nuestra ubicación… Así que, no le demos más vueltas, porque, echemos por donde echemos, nos pilla el toro.  Y lo mejor,  cuando llega el martes, es hacerse el sordo y el mudo, porque,  si te pones chulo, viene el hada, llama al viento…, éste coge una ráfaga y te la lían. Y,  cuando te quieres dar cuenta, te ha dejado desnudo ante el mundo y ante mí mismo, eso  cuando yo me creía que era tan  invencible como Hulk…  Así que me he vestido, me he puesto a pensar cómo podría pasar un día  agradable, rozando la felicidad y, entretanto, sólo he deseado  una y otra vez que pasasen las horas a toda velocidad, que el día se fuera volando,  O volando voy, como hace Jesús Calleja,  porque, a decir verdad,  los días, sólo se quedan grabados en nuestra memoria si son breves y buenos. Y, terminando ya la exposición, solo me queda añadir que, si queremos salvar un martes, no queda otra que es ser fieles a nosotros mismos.  Pase lo que pase y caiga quien caiga. 





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