Las
mañanas de los domingos solemos utilizarlas para analizar los sueños de la
noche. Hay quienes hacen un hueco y se acercan a misa para comprobar si han traído alguna homilía nueva, mientras hacen
la cruz sobre su rostro con el agua bendita de la pila que hay en la entrada. El
niño, que ya tiene diecisiete, se ha quedado en su habitación estudiando porque
el lunes tiene un examen. Y mamá le ha dicho: -“Yo no te voy a sacar las
castañas del fuego”. El padre, le ha quitado la
pausa a la bicicleta eléctrica y se ha ido hasta el bar de la carretera,
donde queda con los amigos para hacer el circuito de todos los domingos. Es más
por las cervezas y el postureo que por el deporte…, porque, como reza el título
de la obra escrita en 1977 por Fernando Fernán Gómez, Las bicicletas son para el verano, ¡ay…! Por lo demás, una fría mañana de elecciones,
que vienen algo cargaditas de agua, con alguna que otra tormenta mediática, ya
que estos días les han abierto la jaula a los reproches. Elecciones pasadas por
agua que dejan el huevo poco hecho, a falta de un hervor, y descompuesto en mil
colores, porque los colores de un huevo se las traen. Y no digamos un huevo
pasado por agua, unas escamas de sal, aceite de oliva virgen de los aceituneros
altivos de Jaén, con Paco Ibáñez en el Olimpia de París, y un cacho de pan…, eso es un manjar, además
de una cena exquisita para los del
colesterol, porque hoy todo va por grupos o peñas: los del bingo del barrio,
los aficionados del coro, los de la tertulia de Hotel Manila, los que van a
ponerse pelo a Turquía… (La panda de los divorciados, va a parte y, el grupo de
mujeres que practican Tai Chi, también). Son vidas que giran alrededor de una
obsesión. Acciones para matar el tiempo y sacar de allí el aburrimiento. El
mundo siempre se mueve por alguna cabezonería… Hasta que el agua de la ducha se
lleva por el desagüe el pijama de la noche y el otro yo, y nos deja a solas con
los sueños. Y a quienes duermen desnudos, los deja con el deseo y el olor a
Chanel 5, que no se disipa tan rápido y que desconcierta al enemigo, es decir,
al amante, que se ha levantado de la cama y se ha puesto la bata azul para ir
al baño. Cubre su cuerpo para implorar perdón, porque ella, la chica, la mujer,
la fémina…, el harem entero, quieren guerra, amor y sexo, mitad, mitad, y el
señor, temeroso, ha escondido el arma, ya sin cartuchos, pues anoche gastó
todos los disparos. Son cosas de la especie humana, de la sociedad y la historia,
que encumbraron al podio al macho y se olvidaron de la hembra, que germinó como
una planta y se hizo mujer, joven y bella, insaciable, aplicada, y dispuesta a
derretirse sobre las sábanas blancas, blancas de blanco satén, que es la
superficie donde se rebelan los cuerpos.
Despierta
la mañana y sobre la mesa un ramillete de sueños en un jarrón, mientras desayuno.
Salgo de la horizontalidad y me pongo erguido, homo sapiens, sin necesidad de marcar territorio, porque el gato se
fue y perro no tengo. El territorio lo marcan por las mañanas la luz, el agua y
el café. Después, las cuatro ideas que dejé ayer anotadas en la libreta y los
sueños, que se han pasado toda la noche escribiendo una vida que no he vivido y
que tampoco logro recordar por mucho que me miro al espejo. Los sueños me
engañan para que me crea otro, y anhele cosas que no me pertenecen, y me olvide de quién soy… Los sueños huyeron de la Cueva de Altamira y todas las mañanas se
vienen a mi casa para que los ponga en un tiesto. Hay que joderse… Y además yo
no sé pintar… ¡Y mucho menos bisontes…!
Cada vez tengo más claro que no son más que alucinaciones, y no por el LSD, que no he tomado nunca, sino por
esa luz interior que me lleva a tantos sitios de viaje, esa luz que me salva,
que me guía, que me trae la palabra por la mañana. Por eso no puedo prescindir
de los sueños, aunque sea una trola, otra, porque, esas irrealidades, son las que
alumbran mi vida al amanecer, agotada como
una linterna cuando llega la noche. Los sueños me conectan con todos los
mundos, con todos los espejos, con todas las miradas, y me traen un desfile de
biografías dispuestas a hacerse realidad. Lo cual agradezco. Deslizo la mano y me encuentro con mi
infancia, con mi primer beso, con aquel atardecer de temblores en el pórtico
del Calvario del Cristo, camino de La
Calera, con aquella chica que hoy se le parece a todas las demás, con la
luminosidad de su cara, las promesas que nos hicimos…, y el adiós. Aquel día
aprendí a decir adiós. Y no estaba sonámbulo, sino enamorado. O eso creía. Y
ahora todo aquello no son más que paredes blancas o manchas difusas, perdidas
en el tiempo. También son partes de la soledad. Tapices del ayer, colgados en
nuestra edad, desparramados por la memoria, que los sueños tratan de agrupar
cada noche y apoyarlos sobre la almohada
como si fueran uno de esos regalitos que dejan sobre las fundas de algodón en
los hoteles para los clientes. Los sueños nos hacen ver la vida con más
claridad. Son el regalo que trae la noche, como si hubiera otra vida.


2 Comentarios
¡Qué bonito, por favor !
ResponderEliminarMe encantan los sueños, los espejos, lo femenino, lo masculino ,Chanel nº 5…
¡Gracias por tanto!
Muy bueno
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