Nieva.
Caen nuestros sueños convertidos en un maná blanquísimo para untar sobre el
pan, al desayunar. No es un día para llevar tacones. Se impone una indumentaria
como aquella de Suresnes, donde la pana era el tejido del contraespionaje. Los
que llevaban cuello de cisne, acababan de salir del armario. En tanto, los del
cuero, seguían en Malasaña, con los de la Movida, con las tribus de Chueca, los osos yogui, las musculocas y las fashion
victim; -“Perezoso, llámame… Mua… Nos vemos, mi amor…”. Rebaños sexuales y
copos de nieve, del negro del delantal cuando cocinamos al rojo rojísimo del
fulag, bandera de las vanguardias. Colores que se funden en la memoria mientras
vamos zurciendo el siglo, que tiene ya
más remiendos que un calcetín. El siglo parece una patata con la que se hace
una democracia falsa y sentimental. Y el tiempo, una guía municipal que miramos
todos los días por si cae la breva, pero lo que cae es nieve y el diluvio
universal. Cae la del pulpo. La vida se ha puesto ecuestre y la campiña blanca,
con los caballos y las yeguas relinchando, mientras nosotros nos miramos las
arrugas en el espejo, donde solo se ven las incertidumbres, que salen muy bien
de precio en las rebajas. Medio país está achicando agua y el otro medio en las
charcuterías por si viene la hambruna. Hasta Noé ha elevado el ancla del Arca para
zarpar cuanto antes, dada la violencia que traen los tiempos. No se fía de los
cuervos, que llevan el cuchillo en el pico y ya se han pasado por el Decathlon
para aprovisionarse de neoprenos, aletas y gafas acuáticas. El gentío tiene un nudo en la garganta, pero
sigue siendo incoherente, que es una cosa que les encanta a los políticos, que
trocean la realidad y tienen faltas un
reglón tras otro, ya que solo ven con un ojo, puesto que el otro se lo han
dejado en el Arca junto a las jaulas de las gallinas y los patos, para, cuando
vuelvan, hacer réplicas y ganar las
elecciones. Tienen una visión doble de la vida: un ojo está puesto en el futuro
y otro en la fiesta, mientras el campo sigue triste y solitario, y los caminos
con baches y el scalectrix llegando
tarde a su destino.
El
invierno ha puesto de moda el barro y nos ha devuelto por unos días a la
prehistoria. El cielo, sigue amenazando a la tierra; y el odio, a los hombres.
Pero el peligro no es el demonio, sino los locos que viajan con su fanatismo
hasta la órbita eclíptica, donde tienen un despacho. Cuando terminan de fornicar con
el mundo, bajan por la escalera para escuchar el himno. Van desde el pasado al
infinito dándose un garbeo por el presente y podando lo que encuentran a su paso, porque a ellos lo que les atrae es la gloria, ese jardín del edén donde les espera Eva con una manzana en
la mano. No hay siglo que no aparezca algún homínido de esta calaña. Y esto no
es una cosa de la geografía ni de la filosofía, sino de falta de horas de
lectura. Hay que leer detenidamente los
siglos, cada línea, cada trazo, y descifrar esas oraciones donde vienen escondidos
todos estos monstruos, incluidas las páginas de los periódicos. El enemigo no
va en el Arca con las gallinas y los patos. Está aquí, a nuestro lado, tomando café. Y
viste de marca. Y tiene la sonrisa blanca. Y las manos blandas. Y el pijo fláccido.
Por eso el pantalón es de tiro largo y la chaqueta grande, con sitio para que quepa la
menopausia. Debemos saber que aquellos libros de Ciencias Naturales, de
cuando el bachillerato, tenían unas cuantas lagunas al respecto, por lo que estos especímenes
no venían recogidos. Ahora es el momento de ponerles cara.
Nieva. Los copos parecen algodones del algún
blues de Georgia, esa música negra donde siempre hay acordes de séptima
novena y un saxo. Este tiempo me hace soñar e irme por las afueras de mi vida,
y descubrir realmente quién soy. La mañana trae mucha nieve y algo de memoria, mientras va
ordenando el día, este sábado lleno de nostalgia y de belleza, de poeta viejo que
aprende a trenzar la palabra con la edad como un orfebre que cincela el oro, o que
cincela el anonimato, que es una manera de eludir lo que aparece en nuestras entrañas, que siempre se desbordan cuando nieva, fascinadas por el espectáculo, por esas liebres correteando por las
blancas laderas, las huellas de la vida, la rama que se troncha, febrero que se
viste de gala, y el asombro, que siempre da dos vueltas a la manzana, donde un mendigo
con un tatuaje sonríe en una esquina mientras le hacen una fotografía. Pasen y
vean. La mañana cobra entrada para evitar que la plagien, pero sin
obsesionarse. El conserje le ha abierto las puertas al pensamiento para que se
airee. Trata de evitar el escándalo, que siempre dura unos días. El vecindario,
sigue dormido. Los cuerpos andan de “finde” y la peluquera de la esquina haciendo “permanentes”. Les lava la cabeza a mano
para que les salga el sentido común. Luego, le dejan algo de propina. Son días
de quedarse en casa y ver la vida por la ventana, pero recelando de la panorámica, pues, a menudo, aquello que vemos por el
cristal no es la vida, sino una metáfora de ella, dado que los ventanales no desvelan el
misterio ni llegan a la inmensidad de ese maná maravilloso que cae del cielo. Por
eso hay que salir a la puerta de la calle y saludar al frío de la mañana, que
lleva ya un rato esperándonos (no hace falta salir con el fulag de la UGT).
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1 Comentarios
Celín en estado puro…
ResponderEliminar¡Buenísimo!