San
Valentín de Terni fue ejecutado el 14 de febrero del año 270 por el emperador
Claudio II. Hoy es el día del amor, la fertilidad y las ventas de los grandes
almacenes. Fecha en la que se aparean los pájaros. Graham Green, en sus novelas
católicas, indicaba que la sexualidad debe servir para la procreación; lo otro, según él, era perversión. Lo decía un
espía del M16 (el servicio secreto británico), que tenía una amante y que jamás
llegó a divorciarse. Hipocresía en estado puro. Día también de la dulzura y de
las serenatas, de las cenas y el sexo nocturno, que es un sexo a oscuras o con
la vela encendida…, la vela, el falo, la “erectio”…, puesto que si no hay verticalidad no hay celebración ni
triunfo. Un acto entre el plateresco y el
estilo herreriano, que era más purista, y cuya fiesta decidió eliminar el
Vaticano el 25 de enero de 1959 en su Concilio II. Todas las prohibiciones acaban en dos: segundo
concilio, segundo emperador, segunda oportunidad… De ahí que se idearan las escapadas
a los saraos, los pisos vacíos de los amigos o de la herencia de papá, la cita
en el suburbio, en el que siempre había un corazón rojo colgando del pomo de la
puerta. Una fiesta pagana que rinde tributo a un
mártir cristiano. Me suena… O La diosa griega Diana y Cupido lanzando flechas
del amor. El caso es montar un jolgorio, pero sobre todo un negocio. Sea cursi
o ridículo. Todo empieza con la herencia pagana y termina en un mostrador haciendo
shopping. En Iznájar, un municipio de Córdoba, pasan “del banco de los abrazos
al rincón del beso”. Es decir, los enamorados van, desde un banco hecho con
azulejos, rodeado de macetas y flores (ubicado en la Plaza de la Torre), hasta el
rincón del beso, .enclavado en el barrio de la Villa, donde se halla el Patio
de las Comedias. De la Ceca a la Meca. Como premio, un abrazo o un beso, o también puede que caiga una tarjeta de
visita, en cuyo dorso pone: “Espero que
me llames y nos veamos en secreto. Elige un sitio”. Y en el trayecto, compramos el regalito en
cuestión, ya sea una estilográfica barata en un Vips, una circonita sintética en un chino o un “collar de perlas ensangrentadas” en la
joyería más cercana, que también es una canción de Alaska y Dinarama (1983),
con una temática siniestra, a cuyos remos estaban Carlos Berlanga y Nacho Canut, mitad de new
wave y mitad de glam rock. Sexo y sangre. Y si fallaba
algo, buscábamos en las afueras un “apartotel”, llenábamos el carrro de gasolina y comprábamos un paquete de chicles
y una botella de champaña barato, pues, en caso
de peligro, lo podríamos hacer explotar, y encima es una bebida muy frívola.
Y llegaba la batalla, el quejío, las horas interminables…; llegaba la verdad. Y,
el sexo de cartón-piedra del principio, al segundo, se convertía en una verdad irrefutable,
en cuerpo y alma, y el tú y el yo se fundían como se funde el hierro, y aquello se solidificaba en una realidad
brutal, tan cruel y tan bella, que se imponía, dando paso a las lágrimas, que venían solas, puesto que el sexo también hay que regarlo, con agua y con sal. Y, sin pensarlo, sin quererlo, empezaban a aflorar los sentimientos. Era la hora del tercer asalto, pero, entonces,
el sexo ya no era la coartada para celebrar San Valentín, sino la excusa para
amar, para abandonar el cementerio marino
de Paul Valerie, y romper con todo, y volver a empezar frente a aquellos ojos
azules, tan azules como el azul del cielo que veíamos por la ventana, entre
camiones aparcados, motos y descampados… Y, entre flores, fandanguillos y
alegrías…, nacía la flor de España o las
flores del amor. Cuando hablamos del amor, siempre aparece una canción o un
texto. Así quedó anotado, meses después: “Las
yemas de mis dedos tocan delicadamente el cristal de la ventana, Mi casa se
contagia del frío exterior. Es una de esas situaciones que suceden en los
típicos días en los que me da por recordar. ¿ O tal vez debería decir recordándote…?
Me acuerdo de tu físico, que lo tuve que ir adivinando con el tiempo, con ganas.
Y ahora no sé si realmente me importaba demasiado. Nadie es perfecto. Las veces
que te podría haber abrazado o aprovecharme de las situaciones, tan vulnerables
como eras… Y no lo hice. No por la moral y todas esas cursiladas… No podía
tocarte, simplemente. Ni mirar cómo respirabas. Yo, contigo, lo peor de mí: tú,
conmigo, lo mejor de ti. No era de extrañar que de vez en cuando se envenenaran
las palabras y los sentimientos... Recuerdo con exactitud lo que me dijiste, al
despedirnos: -“No me olvides, no me dejes… Guarda, por favor, mi número de teléfono…
Acuérdate, acuérdate…”. Tu recuerdo se disuelve con los días. Solo queda el
sabor. Te escribo sentado en el suelo, pero me temo que tendré que levantarme
porque el frío es inhumano, casi tanto como lo eras tú; tanto como lo fui yo”
(extracto de mi libro Trozos/Trazos: diario de un instante)”.


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