Con las primeras luces de la mañana el mundo parece una
coreografía de mentiras. El ecologismo ha dejado las verduras atadas en las
huertas y la cosecha de hortalizas como adornos para las pamelas en las
bodas, ya que sus seguidores, los indescriptibles ecologistas se han pasado al sushi y a la chuleta, evitando irse por la patilla y acabar
sentados sobre las maravillas de Roca, cuyos inodoros, dispensadores y dosificadores parecen un
museo distópico, frío y silencioso, como algunos cuadros del pintor
norteamericano Roy Lichtenstein, pero sin esa rubia con los labios rojos que posa en la bañera cubierta por una
espuma blanca blanquísima. Sonrisa de cómic, en una época en la que el consumo
marca las tendencias, ya que algunos ya están buscando la banda sonora para el
día de San Valentín, un día en el que el
amor pasa del azul al rojo, del interior al erotismo, a la gasa, al trasluz de
las velas, en tanto llega el champaña y la caja con el regalito. Vuelve el
fuego y las sandalias para aliviar los pies, las sandalias del pescador o las
de Cristina Castañer, hechas a mano, perfectas para ese viacrucis diario bajo
los rayos del sol mientras vamos acomodando el rezo entre las cuerdas vocales y
el corazón.
Suena el liberalismo y una antología de la moral. Suenan las
monedas cuando caen a la caja de las tragaperras. Sonidos que se entremezclan
con el inglés de garrafa, el catalán, y el latín vulgar de cuando los reyes
godos, el gustika razda, un idioma
demasiado gótico o demasiado germánico que acabó en “el vale, tío”, o sea, en
el monosílabo y algún soneto perdido en la memoria de Bécquer. Se falsean los
discursos, la frase y las fotos para que todo aparezca donde no tiene que
aparecer, y pasamos de la dignidad humana a la leyenda y del misticismo a las gotas satíricas ilustradas de don Ramón María del Valle Inclán, que fue del
modernismo al expresionismo hasta llegar al esperpento, tan de moda hoy en día,
porque, según sea la cuenta de resultados o la situación por la que atraviese el alma, las
aspiraciones van por barrios, que
cambian más que la Bolsa, ya que cuando el alma está que arde, es decir, muy candente,
hay que darle un papel como sea para que
lo escenifique, bien de monja o de monaguillo, de rey Salomón para que imparta justicia
o de funcionario. El alma es muy versátil y se acopla muy bien a la función,
sea un drama o una comedia, porque ahí le da rienda suelta a sus obsesiones,
que las tiene, y, cuando llega el clímax y escucha los aplausos, no
tarda ni dos segundos en quedarse desnuda como su madre la parió. Ya digo, es
que aquí cada cual tiene su fascinación por unas cosas u otras, aunque en las
últimas representaciones han intervenido en la obra unos cuantos neófitos, que,
por cierto, han salido a escena sin
ensayar, con el susto en el cuerpo y el rostro muy amarillo, tan amarillo que
daban miedo, sobre todo cuando declamaron esos diálogos tan peligrosos. Hubo un momento en el que el patio de butacas se quedó más helado que el muerto que salía en
la obra. Los rumores y la alarma se extendió rápidamente entre los asistentes. A
la salida, las conversaciones eran prudentes, con muchas pausas, y las miradas extrañas. Sabemos que esto no
acaba aquí. Y que no tiene que ver con el calor, sino con lo que viene. Se le
está haciendo sitio a lo irracional y por eso las lucecitas rojas del teatro
siguen encendidas, y las de la calle, y las del pueblo, y las de los corazones,
que no cesan de dar parpadear
Por lo demás, el sol
lleva ya un rato posado en los tejados, mirando de reojo a las placas solares
del vecino. La guerra de las corrientes sigue en pie. Todos se pelean por la
luz de una bombilla. Las eléctricas no cesan de llamarnos para que nos subscribamos
a sus planes energéticos, que viene a ser como el timo de la estampita
pero con focos y testigos, dado que las conversaciones con sus empleados son
grabadas. Todas las compañías quieren un trozo de la tarta, del pastel nupcial,
porque, una vez lograron el divorcio del Estado, algo que ocurrió entre finales
de los ochenta y principio de los noventa, cada una comenzó a operar
libremente. De las redes sociales a la
telefonía, todas buscaban subscriptores, clientes, filiales y amantes
amantísimos, evitando, eso sí, que se
metiera entre las redes la Mantis Religiosa y les cortara la cabeza, de cuyo
acto solo quedaría la esquela contratada
en uno de esos periódicos de tirada
nacional. Y mientras Netflix nos presenta los miércoles su serie Miércoles
(Wernesday) sobre la hija de la
familia Adams, con misterios sobrenaturales, humor negro y bailes, Burher King,
dejándose atrapar por el espíritu de la serie, y no quedarse fuera, lanza su Menú Miércoles, que es una hamburguesa con pan negro, cebolla crispy, bacon, queso y salsa BBQ Koreana, patatas y un helado King
Fusion con sirope de chocolate blanco morado, una oferta que la presenta junto
a la campaña de David Madrid “no aguantamos a la gente normal”, que me tiene
algo desconcertado, sobre todo porque no me siento identificado con estas
propuestas. Y no digamos con la serie… Por lo tanto, esperaré a que llegue el
jueves para estudiar otros proyectos, otras sugerencias, y por ahora solo me
queda que darle la bienvenida al torrezno, tan noble, a la tajada feudal y castellana, que por fin ha
dejado de ser una vianda de pobres y ha pasado al lugar que le corresponde, a la
primera línea de la cocina o de la barra del bar de la plaza, donde nos la está
sirviendo un camarero vestido de smoking.
El torrezno que cruje en la boca y el vino que limpia el
paladar de grasa llenando la pituitaria de unos olores delicadísimos, mientras las copas sellan la amistad entre
hidalgos y escribanos, y la palabra escrita y el verbo se alinean al costado de
las tiras crujientes y sabrosas, y, sin más preámbulos, asoma la alegría y la
verdad, y llega el refrán del maestro de ceremonias, que siempre trae algo entre manos: -“ A vuelta y media, torreznos fuera”. Un grupo a contraluz, más allá
de la puerta del bar, donde resalta la visera del matarife y el pañuelo de don
Julián, más Miguel, un tocayo del
veterinario, y Federico, el jornalero que cada día aparece montado sobre su
Derbi y se detiene en la plaza para mojar sus labios y aplacar la sed. Un
encuentro entre paisanos sin más, cuajando amistad y parte de la mañana, que se
llena de humor y chismes, y de las siete verdades que trae escritas todos los días
el cielo. La mañana es clara y el morapio violáceo, y las mejillas rojas, que se
llenan de orgullo. La palabra que se anima y reserva el silencio para la
siesta. Voces de siempre, felicidad sin
trono, buenas maneras y sosiego a la hora de atravesar la mañana antes que el
aire se quede parado en la noche y que el calor tenga al pueblo en llamas. El
brindis sella la yunta o esa mancuerna que hemos formado cinco paisanos sin ánimo
de nada, más que de acercar la vida a nuestras vidas.


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