LA HORA BRUJA


 

Ayer, cuando llegó la hora bruja, los pájaros dibujaron en el aire un rombo perfecto. Iban de boda. Y el sol, estacionado en el horizonte, ya muy bajo, nos regaló una imagen espléndida, pero en ningún instante dejó de iluminar las realidades. La hora azul también nos trajo el llanto de un bebé. Era el momento de los rayos barrocos, la hora barroca, esa estampa del  cielo con sus colores místicos que poco a poco le fue haciendo un guiño a la noche, que estaba al llegar.

Un sol, una hora y un mito. Y en la pantalla del cielo, al fresco, en ese cine de verano, con la gente sentada ya en sus sillas, de pronto apareció el nombre se Serva Films, el primer título. Daba comienzo la película, que no era otra que La hora bruja,  dirigida por Jaime de Armiñán en 1985 y fotografiada por el gran Teo Escamilla, en la que Paco Rabal, el Gran César, nieto de Constantina Comesaña, reputada bruja gallega, viaja por los pueblos de Galicia haciendo su espectáculo, junto a su cuñada y amante, Pilar Esmeralda (Concha Velasco), a bordo de un autobús que se ha convertido en un cómodo domicilio. César, cuando era niño, tenía una memoria extraordinaria, pero la perdió al contraer las paperas.  En uno de sus viajes, recogen a una muchacha (Victoria Abril), que altera la monótona vida de la pareja: es hermosa y  entrañable; una meiga de las muchas que pueblan los bosques gallegos. En ese minuto, la tarde traía una frase metida entre sus labios que parecía sacada de un libro: -“La imaginación puede dominar el mundo”. Con el tiempo puesto a salvo, la banda sonora acompañó ese puñado de palabras. Pero antes de todo esto, aquel atardecer seguía llenando de magia el celofán de la vida, que se podía divisar por los cristales de los bares y por las ventanas de las casas. Por la radio hablaba el mundo. El sol, ajeno a esas voces, con sus brillos y destellos, parecía un pavo real con la cola abierta. Y el llanto púrpura a lo lejos del bebé se disipaba entre el sonido del sonajero o de la maruga. Las cortinas estaban recogidas a un lado, lo que ayudaba a que  el atardecer se pusiera manierista. La tranquilidad y el silencio desnudaban las horas. Uno se podía imaginar un atardecer en La Albufera o en el Ngorongoro de Tanzania. Los animales se ocultaban tras las entrañas de la maleza, esperando con ansiedad la llegada de la noche, momento en el que se hacía patente la vida y la muerte, con la sangre correteando por los cuerpos y con la yugular entre los dientes. El tiempo parecía detenido y la memoria también. Al fondo, quedaba el horizonte y, sin un aviso previo, por sus ojos, fue apareciendo el rastro que iba dejando la estela de condensación de un avión. Se desplazaba de derecha a izquierda hiriendo con un  corte la bella estampa de aquel atardecer, un corte legendario  en el que una navaja le infiere un corte al ojo izquierdo de Simone Mareuil en Un perro andaluz (1929),  un cortometraje  tan transgresor como surrealista,  realizado por  Buñuel, tras visionar el filme Tres luces, de Frizt Lang, escrito junto a su amigo Dalí, por el que mamá Buñuel, doña María Portolés, tuvo que soltar 25000 pesetas de las de entonces. Federico G. Lorca se enfadó muchísimo por el título, Un chien andalou, pero Buñuel aseguró que lo había sacado de un libro de poemas que había escrito dos años antes.

La hora bruja se despide de nosotros y llega el telediario. En la ciudad, se oculta tras los edificios y en las provincias tras los árboles, pero lo hace algo más tarde.   No son cálculos, sino sensaciones. Son esos momentos en los que la tarde se enciende un puro y en seguida se apaga. Dos caladas y ya tenemos el azul oscuro imponiéndose. Pasamos de la comedia al drama nocturno, cuando el sexo es otro depredador en las calles o en los antros. Los locales  a reventar. Música en directo. En los lavabos, colas. Unos buscan la salvación echándose agua en la cara y otros redimirse a través del deseo. Fuera, sobre la acera, con el humo del cigarrillo haciendo anillos en la noche, las oportunidades se pueden contar con los dedos de una mano. La noche está floja. Es un miércoles. La litografía es pobre. Tiene poco contraste. Pero nunca se sabe. Pasada la hora bruja, hay que dejarse llevar por el olfato. Muchas presas acuden a los garitos con la identidad perdida, la mirada en las luces  del techo y la sensualidad escrita en los labios. No llevan ropa interior. Todo es como una tableta de chocolate. Pero falta quitarle el precinto. Suena la música y la pista se llena de piernas, bailes, transparencias y cuerpos sudorosos e irresistibles. Ha llegado el momento de mojar la noche en el tiempo.

  


 

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1 Comentarios

  1. Qué maestría relatando la nostalgia, el cine y los atardeceres....
    ¡Menuda joya!

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