Julio
trae los sanfermines y nos hace una lectura de la suerte. El futuro está cada
vez más lleno de sortilegios, embrujo, hechizo
o encantamiento, pero cada día también sabemos
menos de él. La versión original de la vida sólo podemos verla en los cines los
miércoles, día del espectador. Los fines de semana, las historias se adentran
en mundos distópicos, entre las palomitas y esos espectadores que van al cine a merendar. La versión original ha
servido, al igual que los cines mal llamados “de arte y ensayo”, para que el
progresismo fuera a las salas a dormir y a leer la sinopsis de la película que
la daban en una hoja aparte. Ahora, solo queda esperar al día 17 de este mes
para visionar La Odisea, de Chisthofer
Nolan, la épica epopeya escrita por Homero, en pantallas IMAX y con un reparto
de lujo. Entretanto, lo único que nos queda es podernos encontrar a la vuelta
de la esquina o a través del arte, aunque, tal y como está el patio, lo más
probable es que nos encontremos en un bar con una cerveza en la mano siguiendo
el fútbol, porque, lo queramos o no, estamos muy lejos de los años de la psicodelia,
que, más que un sonido, era una actitud
aventurera centrada en expandir la conciencia e ir más allá de las fronteras,
creando experiencias espirituales asociadas al uso de drogas alucinógenas, a la
moda del LSD, del rock psicodélico y sobre todo del underground de California: guitarras distorsionadas, sonidos de
estudio, sitares…, colores chillones, patrones geométricos y tipografías
fluidas, algunas casi ilegibles. Ideales pacifistas y ecologismo. Hoy, estamos
en las antípodas: análisis mental, auge del bienestar, sobriedad , control… Estamos
más atentos al cuidado personal que a
protagonizar un acto de generosidad. La bondad ha quedado a un lado. Cuidarnos no
lo vemos como un lujo, sino como una prioridad. La sociedad pretende estar
pluscuamperfecta, en ese intento inesperado de encontrar la felicidad. Pero el bienestar emocional no se busca; se
construye. La felicidad se tiene o no se tiene. Hemos pasado del movimiento
hippie al spa y a los viajes del IMSERSO;
del movimiento beatnik a Roky Erickson, sin olvidarnos de aquel tema de Jefferson
Airplane, White Rabbit, y de ahí al asesinato
de John Kennedy, los Beatles y el cine de Richard Lester. Luego vendría la
guerra de Vietnam, con aquellos bombardeos a principios de 1964, el cese del
infame Código Hays de censura, la Nouvelle Vague, el Free Cinema inglés y el
Cinema Novo brasileño, sin perder de vista el cine de Bergman y los jóvenes
suecos, entre los que se coló Mike Nichols con El Graduado y Arthur Penn con Bonnie
and Clyde. Después llegó la nueva realidad, así como los documentales de los conciertos que tuvieron lugar al aire
libre, Woodstock y Bangladesh, más el
musical Hair, dirigido por el checo
Milos Forman, sin olvidarnos de la ópera rock Jesucristo Superstar. De Perdidos
en la noche, de John Schlesinger pasamos a Mónica Vitti y Dirk Bogarde dirigidos por Joseph Losey, hasta sucumbir al
talento de Stanley Kubrick, con aquella “2001:
una odisea del espacio”. La búsqueda de libertad de aquellos años 60 ha
sido reemplaza por un mundo hiperconectado, pero no para buscar lo desconocido,
sino para encajar en el sistema y en las métricas de rendimiento. De la
contracultura, los discos de vinilo, la rebeldía y la etapa sexy, hemos
aterrizado en una pista resbaladiza donde igual nos encontramos con la defensa
del ecologismo y la sostenibilidad, o con la revolución sexual, los derechos LGTBIQ y el espíritu
contestatario del siglo XXI, que se ha ido canalizado a través de las redes
sociales, las plataformas de internet y la Cultura de “Hazlo tú mismo” (DIY),
la Comunidad Maker, que ha venido a ser el auge de todo aquello que es de
segunda mano, el software libre y la economía colaborativa. O sea, que hemos pasado de hacer equilibrio con
la vida diaria a capturar recuerdos con el móvil. Esa es la actualidad.
Suenan
las leyendas y aquella intimidad de rancho hippie; amor libre y ruptura; noche
de guitarra bajo las estrellas y miradas perdidas. Suena el sentimiento profundo
de la existencia, que también tiene su lado oscuro. Suena el blues en Cazorla:
el sonido del Misisipi que llega al nacimiento del Guadalquivir y, con la
música, los vecinos ven amanecer. Batalla de bandas y lleno absoluto. La escala
pentatónica mezclándose con el alma del pueblo. Nueva Orleans y la estructura
de los 12 compases. Diálogo de instrumentos y del gentío, sonido acústico y
visceral, y letras que se repiten. El retrato del verano que no cambia y la
salida del armario que busca su momento. "Date prisa, mi amor, que no llegamos a la cabalgata de La Castellana", se le oye decir a Bruno. Días de calor y noches en vilo.
Dinámicas que se repiten, mientras el periodismo ha dejado de jugar un papel
importante en la democracia. Hay quienes prefieren ejercer un control sobre la
cultura y otros dejan en manos de la religión ese poder cultural. La izquierda
y la derecha. Los políticos salen a pastorear. No quieren que se les desperdigue
el rebaño. De ahí que los border collies de los partidos no paren
de ladrar ante los micrófonos, antes de salir de cacería. Café para los
cafeteros y el verano que va dibujando la modernidad, a veces tan desnuda como
silenciosa, en tanto que sigue vivo el politiqueo de la Escopeta Nacional, que
en estos tiempos se ha vuelto como un vodevil zarzuelero, una farsa diaria ante
nuestras narices, donde falta el humor. Del play mañanero a los encierros, y
del traje de baño y las cremas a un puñado de peces, que, sin darnos cuenta, se están
metiendo en las piscinas. Los peces necesitan agua y los pajarillos también, por eso beben en las plantas de tomates que encuentran en los campos. Todo revuelto, desordenado, menos el bolso de moda,
el bolso perfecto, que no nace de una idea, sino de la memoria familiar, el
MEME Mini de Gala signed by Teresa Gala,
el bolso, la joya, una pieza con valor emocional y que consigue que todo tenga
sentido. No es el más llamativo, ni el que está diseñado para hacerse una foto…, sino que es el
que tiene la capacidad de equilibrar, sobre todo cuando el vestido ya tiene por sí mismo suficiente
protagonismo. Por eso no hay que
elegirlo deprisa y corriendo. Edición
limitada. Un bolso debe comprarse porque despierta algo en nosotros, y además hace una lectura más delicada y femenina.
Nos
vamos; nos vamos dejándoles con el compromiso de enamorarnos con sus bordados y
su lucha entre bastidores, la apuesta por saber con seguridad aquello que no es
cierto, tejiendo hilos, historia y mensajes, crónicas de hoy y de ayer, moldeando
con las manos cada derecho que nos quieren quitar, bordando luchas, mientras ellos
urden patrañas, doblan la realidad y dibujan curvas. Hasta
mañana.


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