Las ganancias llegan cuando
sabemos leer los negocios, ya que a la línea del dinero no le gusta el empate.
Hay que ganar siempre, acosta de lo que sea y de quien sea. Perder, es un
vocablo que no existe. Por eso el dinero se gana entre líneas, en caminos
llenos de derrotas, que, con el tiempo, se
convierten en una lección: en la escuela del éxito. Para ganar, el primer paso es
perder. Incluso podríamos decir que las historias de perdedores están llenas de
dramatismo y belleza. Estamos hablando de un oficio tan duro como el de ganar
dinero, en el que no puedes volverte transparente, porque, entonces, se acaba
el éxito. Y también la historia que lo envuelve. Como decía Winston Churchill, hay
que ir de fracaso en fracaso, una de las frases de aquel político que encendía los
puros Romeo y Julieta cuando había prensa por los alrededores o algún fotógrafo, pero que en realidad no fumaba. La frase, es una de las mejores definiciones que se
han hecho sobre el éxito. Luego, quedaría hablar del dinero extra, que es el que nos da alas, siempre tan
silencioso, sobre todo porque no pasa ni por la calculadora ni por el banco. El
dinero extra, el flus flus, el que siempre nos saca de apuros o nos coloca en la línea de salida para otras
inversiones, ya sean de ropa usada o de la electrónica de consumo, también de
los kits de manualidades o los productos hechos a medida. Servicios on line o a domicilio. Tiempo y dinero,
vendiendo productos de manicura o maquillaje, o quizás organizando fiestas. El
dinero espera, caliente, sin que tengamos que hacer nada, excepto crear una
línea que nos lleve al éxito. Es la línea del dinero o del destino, que, como
dijo un banquero nada más terminar de saquear su banco, está escrito en las
estrellas, la línea que va desde la muñeca al corazón y sube hasta donde están
los ángeles custodios, al noveno coro, nada más y nada menos, que son los
encargados de proteger y escoltar las ganancias antes de que nos dé por aligerar los bolsillos con tanto gasto como tenemos, poseídos como estamos por el consumo visceral, frenético, lo que nos hace ir con el billete colgando de la mano como si fuera una estampita
que se ha salido del libro de la primera comunión.
Coros, potestades y dinero, comerciar con la humanidad y con
el alma usando el Tarot, la coronilla celestial y un rosario de nácar que duerme
entre las manos, mientras nos vamos haciendo ricos con las migajas a las que
antes les llamamos plusvalías. El verano quita las cortinas para que veamos la
fechoría que se lleva a cabo a plena luz. Al atardecer, a la sombra, contamos los
cuartos como se contaban antiguamente, liados sobre los dedos, todo en
cash, oiga, que a mí me gusta tocar el botín y el botón, y la cadena que me cuelga,
y sujetarla mientras me santiguo en agradecimiento por el éxito conseguido, la
satisfacción del trabajo bien hecho, momento
perfecto para meternos un 5 Jotas entre pecho y espalda, y un par de cervezas,
eso antes de que comience el fútbol, que es otra de las líneas donde apostamos la patria por una bola del mapamundi bañada en
oro, que no es una coartada cualquiera sino una forma de transgredir o camuflar el engaño, la operación, la jugada
magistral con la que pegar el sablazo, el mandoble, y evitar que se derrame
sangre, donde lo que menos importa es el fútbol o el deporte, sino los dividendos, el oro líquido, la
pasta, la transferencia que llega por esa otra línea que se difumina en el
horizonte sin que sepamos adónde va o dónde se pierde. Los palcos están
repletos de atracadores, en tanto que el
diablo sigue vistiéndose de seda sin necesidad de tener un emporio o exhibir sus riquezas en público, sobre todo
cuando éstas ya han sido puestas a buen recaudo en los paraísos fiscales. Las
limosnas no, las limosnas se meten bajo
tierra para que críen. Este verano se han hecho muchas réplicas del diablo y de
las líneas del dinero, que se parecen bastante a aquellas tiras que había en el interior de las
casas para atrapar a las moscas, con prioridad en la cocina, una trampa
adhesiva que atraía a los insectos como
el dinero en papel atrae a estos mefistófeles
o a los alíbabás y los cuarenta ladrones ,
incapaces de ganar un sola partida a los dados.
Líneas donde unos a otros se traicionarán después de los martinis, cuya capilla sixtina, según Buñuel, estaba en Chicote, en la Gran Vía de
Madrid. Secretos y confidencias bajo un
cielo encapotado que hace que se estremezcan los cristales como se estremecen esos
cuerpos a los que les fascina el dinero. Tiembla el agente de negocios, la
tarde…, y la voz, puesto que, al ver tanto billete junto, sale entrecortada, entre fajos a medio atar y otros sin contar,
dinero que compra voluntades y tiempo, honores y chucherías, mientras los
ojos se esconden de la verdad tras los
párpados. Contables y regidores y
personas encargadas de administrar el pósito, que se suelen traer la moral al
trabajo y acostumbran a dejarla en un cajón, porque para que el mundo se mueva es casi obligatorio que la moral no exista, que se cumpla esa máxima que dice “fue por falta de moral”. Dinero y reverencias, cuando el dinero sólo sirve para gastarlo y
para lucirlo. Al dinero le gusta la chatarra, los objetos y las apariencias.
Cuando se enfría, con él se suele comprar la admiración de los otros: “Ponnos unos
chatos de vino y unas cortezas para ir rumiando”, se le oye decir al "piernas". La riqueza tiene mucho que ver con la herencia, mientras que el dinero tiene
relación con cualquier cosa.
Del intercambio al trapicheo y de no tener donde caerse
muerto a hacerse rico de la nada, que es
una realidad indescriptible. De la teoría a la práctica y del cartón al
papel. Predispuestos a lo que sea,
incluso a entrar en la trena, que allí dan de comer. Pero siempre entran los
mismos, el colega, el hombre y sus
circunstancias, o el makinavaja o el jambo,
pero no don Eutilio, el boss, por
traer un nombre a colación, el capo a la sombra, el estudioso del golpe, el que
trocea el pastel y la moral para salir rápido de la miseria. Luego los billetes
van a la lavadora y, blanqueados, al sistema. Y a ignorarlo todo. Algunos,
incluso, sin haber aprendido a hacerse el nudo de la corbata, llegan a los despachos con toda las dudas
escondidas entre los pliegues de la piel. Y así se forjan los hombres del poder, a lo
que sumar la voiture y algo de ropa
elegante. Sin ducharse, claro está. Ni para qué…


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