LAS HUELLAS DEL AMANECER


 

Suena el silencio de la madrugada. Al acercarnos al precipicio de la vida, el horizonte nos obsequia con la instantánea  del amanecer, tan impresionante. El mejor regalo del día. Es el momento en el que la naturaleza se pone sexy y elegante, y nosotros, ya despiertos,  miramos con el corazón bien abierto para captar la inmensidad de esa belleza dramática y matutina, que dura lo mismo que un soplo. El amanecer es ese álbum de fotos que desfila todos los días ante nuestros ojos. Cada día amanece con un vestido diferente. El sol le pone los focos. Las aves, en el primer pase,  aplauden con sus alas. Y la luna, antes de irse a dormir, le hace un guiño. Es lo que tiene madrugar, aunque sea una cosa de pobres. Por eso los pobres tenemos una mirada diferente, además de cinco ojos, como las moscas. El amanecer es el horario de la belleza,  ese tris en el que el tiempo se detiene.

 La mañana trae algo de lealtad, para seguir con lo nuestro. Temprano, ya en las afueras,  comenzamos a ver una raya fulgurante, por donde va asomándose  con cierta cautela ese cielo que viene de la otra parte del mundo. Es muy parecida a la raja de una sandía: verde por fuera y roja por dentro. Son esas horas en las que el campo todavía anda dormido; y el mar es ese espejo en el que se miran las estrellas. Al girarnos, a nuestra espalda, queda la silueta de las casas y el castillo, que le da cobijo a la historia, aunque la historia la cuentan mal todos. La historia es un teatro muy antiguo. Y un patio de butacas para señoras y unos palcos donde se chismorrea y se hacen negocios. El amanecer está desnudo cuando pisamos la arena. De pronto, comienza también a amanecer en el alma, y en la llanura, y en las palabras que decimos, tan temprano. La mañana viene fresca y los hijos del amanecer bailan para ir entrando en calor,  mientras capturan esos siete minutos de magia.

El amanecer y sus huellas, tan tiernas. Cuando amanece, las huellas son recientes y el silbido del tren, joven; y la radio, vieja; y las noticias, rancias; y la felicidad, un recuerdo; y la memoria, una cosa que viene después. Después también llega el agua en la cara y la costumbre de peinarnos, con raya o sin ella; después siempre llega la memoria. Pienso en lo que fuimos. En aquel patio, con el pozo y el brocal y los geranios, donde también amanecía.  Y cuando madrugábamos, la mañana venía salpicada de perlas, tras el café. Abierto al amanecer:  la vida abre sus puertas y sus ventanas, muy temprano. Bajo la tímida luz de la tierra, aparecen los primeros destellos del día,  que  enamoran a la mañana. Trazos en el horizonte que nos hablan sin hacer preguntas. Algunos son símbolos muy extraños; otros imitan a las bayonetas de cuando la guerra. A lo lejos,  sobre el amanecer, la vida habla dibujado lanzas, círculos…, y algún garabato que otro.  Una de esas mañanas, llegué a leer en esos pintarrajos la palabra humildad. Casi podría asegurarlo.  Es una palabra que no debería de estar nunca en la papelera.  Recuerdo que, en aquel amanecer inédito, había ojos por todos los lados observando aquel albor de nupcias, de muchachas semidesnudas sobre las sábanas que jugaban al amor, al deseo bordado en oro, en la túnica de la mañana, que les rozaba las puntas de la carne, de los pechos, del perfume dulce y poderoso que se desprendía del cuello y de las ropas, o de la piel, ya sin el negligé o  la lencería, olvidada al comenzar la noche, al  principio de los siglos, obedeciendo al deseo, tan antiguo.

 Amanece que no es poco…, en el mundo y en el alma dormida; amanece dentro de cada uno de nosotros, cuando escuchamos la respiración. Van llegando los labriegos  a las tierras de labrantío con sus brazos  dispuestos y desnudos para unirlos  al esfuerzo; y los pastores les silban a los perros para que estos empujen con sus ladridos a las ovejas hasta los ribazos, que,  entre balidos,  van ingiriendo las primeras hierbas. Entretanto, los trigales van creando una estampa indescriptible, de espigas verdes y amarillas, de  lanzas que se mecen con los primeros rayos del sol,  una coreografía de ramilletes que se entrega al ritmo que propone la vida, con los manzanos y los ciruelos repletos de frutos y las viñas de racimos, entre los que se desliza el lagarto ocelado, otra belleza que también madruga, a la sombra de la cepa y de las hojas, a la caza  del mosquito de la vid, que sale en seguida de su escondrijo. Encuentro fugaz y huida rapidísima, amaneciendo todavía, ignorando el peligro, la lengua bífida y la muerte instantánea.

La mañana trae su lirismo, mientras se va quedando a solas en una atmósfera emocional irrepetible. El tiempo  pone la métrica: verso, rima y orden, sílabas encendidas con las primeras horas del día que se refugian bajo una tormenta  o  que se esconden tras la niebla. Pero, cuando por fin ha amanecido,  entonces  la mañana no deja de mirarse en los espejos de la llanura. Quiere ignorar su destino y besarse con los últimos días de la primavera, que suenan como cláxones adolescentes,  de mucho trino y mucha algarabía, tan temprano como es. El sol saca la llave y abre la puerta, y roza con sus labios la tierra. Colores y sonidos, y un olor joven. Clarea la mañana y la vida nos obsequia con el milagro del amanecer, o de la rosa que se abre en segundos mientras una abeja revolotea a su alrededor. Realidad y misterio. Una taza azul y una cama blanca al fondo. Y la enredadera que trepa hasta el tejado. La rosa blanca, la rosa…, el espectáculo.  

¡Tierra a la vista!  La mañana escondía otro milagro en aquel amanecer. Desde la Niña, la Pinta y la Santa María se divisaba, después de días, de meses, un mundo nuevo, desconocido, con aquellas naves danzando sobre las olas de aquel océano que siempre tuvo memoria, en un amanecer de amaneceres, con los incipientes rayos de luz. Sobre las rocas nació un faro y sobre un cactus un himno, o quizás una sonata en Re menor, contrastes diferentes o parecidos como en todas las historias de la humanidad, donde nosotros siempre aparecemos de pie y  esperando el minuto exacto para ver amanecer. Amaneciendo, poniéndonos las botas para partir, para ir de un lado a otro, inquietos, posando ante el mundo, ante nosotros, ante la historia, contemplando la paz de los días, la mañana, esa maravillosa hora que siempre viene repleta de felicidad.

 

 


 

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1 Comentarios

  1. ¡Qué maravilla!. Haces que el amanecer cobre vida.
    ¡Buenísimo!

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