UN CAFÉ, POR FAVOR


 

 

Esta mañana, en un bar de un polígono, me han puesto para desayunar un café filosófico y un pincho de tortilla “llorona”. Hoy, a una taza con una infusión de  achicoria, el café de los pobres, le llaman filosofía, sobre todo, cuando el otro, el grano arábigo traído de Etiopía, nacido en las Montañas Azules de Jamaica o en el eje cafetero del Valle de Cocora,  unos pueblos coloridos que salpican el verde las montañas,  está por las nubes, y no digamos si nos da por pedir una taza del café más caro del mundo, Kopi Luwak, el café de civeta, que anda entre los seiscientos y novecientos euros el kilo, y que lo podemos encontrar en la península de Malaca e Indonesia,   cerezas arábigas que llevaron allí los holandeses, que,  una vez que han sido comidas y defecadas por la civeta en estado salvaje,  son recolectadas, lavadas y tostadas suavemente. El problema es que hoy en día estos animales están enjaulados y se les obliga a ingerir café en condiciones pésimas. Así que no queda otra que volver al café filosófico, ese que nos lee la cartilla todas las mañanas mientras le damos vueltas con la cucharilla. Hay quienes han pasado de la cola del pan a la cola del éxito sin tener en cuenta que la fama es otra dictadura que, al final, se convierte en una cadena de favores. El sabor del café es el que siempre tiene la última palabra. Hablamos del rey de las sobremesas, del confidente número uno. Pensemos en aquel  “relaxing cup of café con leche in Plaza Mayor”, de Ana Botella cuando era alcaldesa de Madrid. El café que  cierra debates o clausura comidas, el que le da paso al wiski o al coñac y a las mentiras, te mando un beso, mi amor, estamos en el despacho trabajando, dice el wasap del ejecutivo, un ritual por el que se escala hasta la cumbre y que sirve sobre todo para socializar, un término muy de moda, por lo menos en su primera versión, esa que se refiere a la integración del individuo en la sociedad, ya que la segunda, la otra versión, tiene que ver con la economía, y no la contemplamos hoy.

El último café, el último sorbo antes de tomar la palabra, aunque según Alfonso Ussía había que beberlo en cinco sorbos. Frases y refranes y momento para leer, no así para escribir, puesto que el café se lleva el ingenio a otra parte, pues entre succión y succión, lo que sale no son más que ruinas, muchas ruinas, o sea, un montón de restos de esos hombres que cruzan el horizonte sin grandeza, oliendo a tabaco negro y a hambre. Es un trocito del segundo capítulo, donde estoy. Y por eso, cuando escribo, no me gusta tener un café a mano. A parte, que yo no entiendo eso de una novela filosófica o psicológica, o aquella otra, la novela histórica. En una novela cabe todo menos el dinero. Hoy se habla mucho de la relación del arte con el espectador, con el lector o, en últimas, con el consumidor, cuando el arte es un campo de batalla donde se libran muchos conflictos a la hora de cuestionar  las estructuras de poder. Se escribe contra el poder, por muy hermosa que sea la noche. Un cuadro es una trinchera, una resistencia política. Incluso también el escenario de las luchas internas, de las dudas, los miedos, los dogmas… Y el café lo que hace es camuflar las sensaciones. En el momento de crear,  cuando estamos en pleno proceso de la obra, no hay relajación posible. Además, como le gustaba decir a Lao-Tse, todo artista es un dictador y no cejará en su empeño.

Vivimos en una sociedad en la que reina la indiferencia cultural y el consumo, pero con  el último café, el último sorbo, “con los huesos húmedos y las pausas de una respiración pedregosa”, como se puede leer en “El coronel no tiene quien le escriba”, no podemos rendirnos.   La victoria nos traerá un café de calidad, que, más que café, es sexo: -“Llámame y tomamos un café”, se dice, en vez de cambiar la frase por esta otra, mucho más precisa: -“Llámame y subes a mi casa y toreas con el capote largo”. Un café es la excusa. No suele ser costumbre quedar para tomar una coca cola, pero sí un café, o un ”tintico”,  ese café negro de Colombia: por supuesto, sin leche. Un tinto es parte de la cultura cafetera, con el procesado original, además de ser un símbolo de hospitalidad.

El café y los cafés de la ciudad, los coffees, rutas y calles, más las estaciones de autobuses y de trenes, o esos cafés minimalistas con techos altos, a lo que añadir una larga barra y la máquina de café espresso, más los tarros de vidrio, de esos que inspiran, aunque a otros les puedan parecer  una réplica de cualquier morgue, fría y distante, donde solo falta el rostro encapuchado del verdugo.  Cosas nuevas, cafés especiales donde predomina la sencillez y los ambientes simples. La vida en el café, con la lágrima y la risa, el periódico entre las manos y los guantes sobre la mesa, a la espera de que llegue el señor, la señora o el ejecutivo con el que hemos quedado, o el amigo de entonces, años ha, que igual entra por la puerta y ni lo conocemos o, quizás entre y comience a buscarnos con la mirada y no nos encuentre, puesto que, justo en ese momento, hemos tenido que ir a los  lavabos por una exigencia, o por una necesidad, y  al regresar a la mesa pedimos otro café, solo o con leche, cortado o capuchino, o uno de esos consomés  americanos  en el que pueden nadar hasta las penas. El café es la  bebida que incita a repetir, a olvidar, a tomar decisiones, cuando, sin que nos demos cuenta, la vida ya las ha tomado, sobre todo si estamos en el reservado, en esos rincones de los bares donde se cocinan muchas cosas y donde se echan dentro de la taza de café  todos los secretos  no fuera que, por un casual,  nos hubiera seguido  el enemigo. Nada puede quedar en la taza, salvo la pintura de labios de nuestra amante.

“Ojala que llueva café en el campo”, cantaba el dominicano Juan Luis Guerra, deseos de prosperidad y esperanza, y una combinación de merengue y cumbia; poema y metáfora, un tema que fue versionado por la banda de rock alternativo Café Tacuba, el sonido del aguacero que está cayendo mientras  se escucha el sonido burbujeante de la cafetera, y también el del ventilador dando vueltas sobre nuestras cabezas. El  café hirviendo, la vida hirviendo, el cielo hirviendo. Lo que deberíamos pedir en estos momentos es calma: - “¿En taza o en vaso, señor?”, pregunta el camarero.

 

 


 

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