Caminamos
sobre las brasas de lo que fuimos, sin tiempo para pensar. Sólo tenemos tiempo
para cazar fantasmas. Es la narrativa que se impone hoy en día, donde aparecen
muchos pseudónimos. Nadie quiere identificarse, sino pasar de puntillas. El lema es: no hay que remover el pasado o mostrar indignación, sino salir a pescar clientes, compradores,
lectores, consumidores..., dinero. Y terminar la cuartilla diaria. Con lo que sea.
No importa el contenido o si las palabras caen de pie. No es de extrañar que a
menudo se olviden de la partitura y dejen de mirarse por dentro, en el volcán
en erupción, que es donde realmente se halla el relato, a riesgo de abrasarse, y sin contradecirse.
Esta
mañana he estado repasando la partitura del último romance, ya que el idilio,
sea amoroso o literario, está más cerca de la mitología que de la realidad. La mejor interpretación de la partitura de un
romance es cuando se hace sobre una obra inédita o secreta, porque en cada solo
de flauta o de oboe salen los tapujos, y no digamos en los redobles de timbales.
El problema viene cuando el autor instala en cada página, lienzo o partitura, todo
un castillo de fuegos artificiales. Llegado el momento, toda esa traca explota y, al precio que están los libros, cada trueno sale por un ojo de la cara sin
que hayamos podido leer o disfrutar de un fragmento impecable, propio de un
creador intenso, de esos que siempre están escribiendo lo mismo pero de un modo
diferente. Hay mucho pirotécnico juntando letras. Hoy en día, los libros se
parecen a la noche de San Juan, que se presenta como una noche mágica, de fuego
y estrellas pero que siempre termina llena de basuras, plásticos, desorden,
destrozos… Es una noche de quemar lo
anterior, olvidar maleficios…, dejar atrás las preocupaciones o los recuerdos
negativos, y de pedir los mejores deseos para el futuro. Se queman objetos,
papeles con frases escritas y con un valioso significado personal, pero no se quema el mundo interior, que es donde sigue la bestia.
Mucha de la narrativa de estos días son meros
juegos del lenguaje. Ni tan siquiera tienen la luz del flexo encendida cuando
escriben o la luz de lo cotidiano para iluminar esas
palabras como se merecen y, con ellas, decir aquello que se quiere decir. Lo
cotidiano tiene su magia. Solo precisa una luz sobre sus viejas paredes para que
vayamos leyendo lo que hay escrito en ese blanco amarillento que produce la cal viva, de siglos, donde quizás nos encontremos con algún que otro
trazo grueso, o la fecha del final de la Guerra del 36 escrita con un lápiz de carpintero sobre aquella cal de encalar, que también se utilizaba para desinfectar las
grietas de aquellos días, o para cubrir las zonas desconchadas, tristes…, incluso para pasar la brocha por el cable de cobre por donde corría la luz y el drama, y las
desavenencias, que las había, y entonces del techo caían cuatro gotas al suelo y del corazón salían cuatro lágrimas
y un grito, que venía a ser el momento en el que la única bombilla se fundía, y las habitaciones
se quedaban a oscuras, llenas de los escombros de la vida diaria, con la rabia entre los dientes y la impotencia
a flor de piel al vernos perdidos entre la maleza de mundos desconocidos, o
de ideas equivocadas…, hasta que, al rato, con la cal ya seca, regresaba de nuevo la luz, naaa..., un simple hilo de wolframio, y nos veíamos las caras, y nos echábamos a reír al vernos allí de pie
discutiendo, tiesos, serios.., enojados… Si de verdad queremos hablar de nosotros, ahí es donde hay que detenerse, porque de lo que se trata es de ir definitivamente a “los adentros”, que es
por donde corre la sangre, los ríos de tinta…, y por donde también corren los
sucesos, las historias a medio terminar, las historias rotas, y toda la ingeniería
con la que se construye una novela…, pero sin soltar el amarre, que es donde está atada
la barca, o la cabra, o la propia vida, la nuestra, que es una sola, porque no hay
otra y, si la sujetamos bien y nos zambullimos en ella, seguro que encontramos todo lo que
hay en el fondo, y podremos sacarlo a flote como se saca un tesoro, porque eso es la
vida, un tesoro escondido en el fondo de
nuestras equivocaciones y de nuestros errores, un tesoro que comienza a brillar
en la medida que lo vamos contando, aunque parezca que contamos lo mismo que
ayer, porque eso es escribir, contar todos los días lo mismo pero de una manera
diferente. Luego, solo queda resolver el silencio, que no siempre es callar. El
silencio suele posarse muy a menudo en la intimidad, que es donde hallamos la
presencia del otro, el doble, el de rompe y rasga, el indomable Will Hunting,
nuestro secretario íntimo, que se salta las leyes a la torera o se hunde en su propia
oscuridad. El otro son muchos otros, muchas réplicas defectuosas de uno mismo o verdaderos
héroes anónimos que rehúsan el estrellato y prefieren la vida decadente, el
sigilo de la castidad y sus votos, la parte ascética y desconocida, o la del
santo bebedor, que cada día lanza al aire una crónica diferente de sí mismo,
entre copa y copa, porque el bebedor necesita público, y el mentiroso, y el
jugador, todos esos actores y actrices necesitan envolverse en una capa de
apariencias. Pero esos otros también somos nosotros, aunque no nos gusten o
reneguemos de ellos, porque hemos de saber que dentro llevamos a un bombero y a
un seleccionador nacional de fútbol, y a un presidente de gobierno y a un
obispo, porque dentro de nosotros hay un beato, y un militar, y un
revolucionario, y un ladrón, y quizás un asesino incapaz de asesinar, pero al que
le gustaría desenfundar la espada o, al menos, la palabra amenazante. El
silencio son todos esos espejos en los que nos vemos, en los que unas veces nos
gustamos y otras no: -“Yo no soy ése que tú te imaginas…”, decimos. Seguramente
que sí que somos ese tipo pero si antes logramos quitarle las contradicciones, la
cerrazón, los pliegues de la falda, los tirantes, la barba, el bigote, el moño…,
y las mentiras. Con la mentira se han hecho grandes hombres, líderes. No así
con el silencio, ya que con el silencio es más difícil conseguir un cíclope
como Mussolini o un macho ibérico. El silencio nos lleva a la cueva del otro
yo, que es donde está lo que sabemos de nosotros mismos y de los demás. Es la caja fuerte, el botín, la sabiduría, la
gran lección de la vida condensada en cuatro palabras. Y no hace falta saber
idiomas. El silencio es la libertad, el pacto tácito de la existencia. Estar un
rato en silencio con uno mismo es
madurar en la intimidad.


1 Comentarios
Me encanta el silencio para madurar, para ver tu yo interno.
ResponderEliminar¡Buenísimo!