En
estos días se ha puesto de moda la figura del director de orquesta, al que no
se le exige que haya estudiado música, pero si estrategia. Desde Celibidache a Karajan,
los nombres se han multiplicado, ya sea dirigiendo
el tráfico o un par de sueños de grandeza, aunque la mayoría, todo hay que
decirlo, se han quedado para dirigir el tráfico, cuando no en la calle, al ocupar
un sillón en un despacho orquestado desde el poder, sin importar los estudios
realizados en la Rusia de Catalina II la Grande, concretamente en San
Petersburgo. La democracia es demasiado
sensible y necesita una batuta que haga
sonar ese vocablo del mismo modo que
sonaba en el siglo V a, C., cuando se podía declinar. Los directores ya no dirigen a músicos sino a
espías, de ahí que siempre estén mirando de reojo al concertino y al de la
tuba, un instrumento que se ha hecho grande con las notas más graves. La batuta
igual hace de escopeta que se utiliza para marcar el compás, aunque no es la
primera vez que se usa para comer fideos en un restaurante chino. Y si es necesario,
los comensales, para realzar el sabor de esa ristra de fideos, sorben, sin importar el ruido, ya que los
silencios en la música ponen muy nerviosos a los directores. Pero ese “glup” tampoco les importa, ya que
están vacunados de la crítica y de las encuestas de Tezanos. Viven en la sombra
y cobran en negro. Les encanta cómo suenan esas pagas con seis ceros y una
corchea con puntillo delante. Los ceros dan mucha tranquilidad. En cuanto a la
corchea con puntillo, es la variable,
la que sube o baja, la que les
excita con el ¡ayayay!, porque una corchea con puntillo es un saltillo, un
truco a la hora de solfear o de interpretar, momento en el que la flauta le da
paso al violín y aparece la voz desnuda. Y todo esto no lo ven como un juego,
sino como una forma de apoyar la melodía. Pues eso mismo sucede con los ceros:
están ahí para apoyar al primer número y asegurar la cantidad que van a cobrar.
Todo tiene su explicación. Las partituras sirven para hacer buenas amistades y
dejar atadas y bien atadas las influencias. Hoy te puedes encontrar a uno de estos
directores de orquesta en un autobús escondido tras su melena y el periódico o en
Casa Manolo, en el Barrio de las Letras, degustando una ración de croquetas de
jamón.
Hemos
pasado del tirano a la versatilidad estilística, de la cursilería a la
vulgaridad, y de la experiencia emocional
a la falta de técnica. Poder y control, la metáfora de un liderazgo y la
fascinación de los políticos por los directores de orquesta, ya que estos logran
que un centenar de músicos actúen al unísono con el simple movimiento de una batuta. Por eso son el deseo de muchos
políticos, que han saltado a la arena pública desde la gestión cultural. La
música es un mecanismo de relojería o “una forma misteriosa del tiempo”, que
diría Borges. Y eso es lo que buscan los políticos a la hora de dirigir a los ciudadanos:
formar con ellos orquestas gigantescas y
diversas para unificarlas, con las que
ensayar, a las que liderar y dirigir, pero de las que no quieren hacerse
responsables. Y ese es el quid de la
cuestión, porque no se trata solo de ponerse delante, mover los brazos y las
manos y gesticular, sino de saber que un director de orquesta también tiene el
deber y la obligación de estar “detrás”, ya sea a través de los gestos, de la mirada o de la
respiración; con batuta o sin ella, ya que lo importante es que haya un pulso
compartido y transformador en lo que se hace.
Hay veces que no suena nada; otras, de repente,
aparecen un sinfín de voces con una obra coherente en la que nadie estorba. Por
lo tanto, lo que se le pide a un director es que genere una atmósfera. En la
política y en la música. Una masa sonora sin solistas, todos a un pulso, con
una identidad de grupo y una forma coherente.
A todos nos queda mucho que aprender, sin descuidar los detalles. También al que enseña. Y cambiar las órdenes por la pasión y la diversión. Dice Camilo Durán Casas “que lo que hace un collar no son las perlas sino el hilo”. Ése es el verdadero rol de un líder. Sin olvidar que hay muchas formas de dirigir. “Una orquesta es un resumen de la sociedad del momento”, asegura Cristóbal Soler. Si se supone que los músicos ya saben tocar, ¿ qué hace entonces realmente un director?, se preguntó un día Benjamín Zander. “Despertar las posibilidades mirándoles a los ojos”, fue su conclusión. La partitura está ahí y hay que darle vida con las vivencias de todos los que participan para que el sonido tenga una luz especial y un rumbo propio.
Volviendo a Karajan, el director alemán decía que
en el ejercito y en una orquesta no hay democracia. Pero a un director sólo se le
piden ideas, puesto que la única autoridad
reconocible en una orquesta es la del compositor. Lo otro no es más que ego, el “Yo”. A lo largo de la historia ha
habido muchos hombres y mujeres orquesta, que podríamos definir como aquellos
que hacen multi tareas. Pensemos en
Leonardo Da Vinci o en John Balan, que en realidad se llamaba Manuel Outeda
Villanueva, que nació en Seixo (Marín), en la provincia de Pontevedra, que comenzó a mostrar su ingenio en un
trolebús para acabar recorriendo los platós de televisión como un hombre
orquesta. También tenemos la película de
1900, El hombre orquesta, de Georges
Méliès, en la que un hombre sentado en una sucesión de sillas intentaba
multiplicarse y formar una orquesta, cuando en realidad solo había 7 sillas. O
en el personaje de Bert, el hombre orquesta de Mary Poppins, interpretado por Dick Van Dyke. O el trabajo de “lampista”: un poco de fontanería, algo
de albañilería, conocimientos de electricidad.., es decir, Pepe Gotera y Otilio, chapuzas a domicilio, aquellos personajes
creados por Ibáñez para la revista Tío Vivo. Pero, si lo pensamos fríamente,
hasta un barrendero es un hombre orquesta: barre, limpia, vacía papeleras,
retira carteles y puede llegar a usar la manga de riego. Un barrendero es ese
hombre curtido en las calles y en la noche, con el uniforme incansable,
deficiente, sin medallas, sin fotos y sin admiradores, al que lo único que le
espera es la tranquilidad de su casa cuando termina el servicio. Ni tan
siquiera escucha los aplausos con el público puesto en pie.
La vida y sus interrogaciones, sus directores,
sus políticos, y sus frentes. Todos traídos aquí en esta particular partitura, en
esta mañana del viernes. Unos que no ven y otros que callan. Láminas humanas,
tormentas y ensayos, todo previsto en el catálogo de mano y, tras los aplausos,
al terminar el concierto, que es el momento de la loa, las impresiones, la nota
de prensa, el protocolo en los camerinos y los saludos en el backstage. El azúcar en llamas, la
palmada en los hombros, la reverencia, la inclinación con el chaqué hacia el
vestido, la felicidad en el rostro, un rostro iluminado, resplandeciente como
la celosía de los balcones del auditorio por el deber cumplido. La obra que
suena, la música que sale al reencuentro,
el director de orquesta que se hace presente en el vestíbulo, los
caballos en la puerta que tirarán del carruaje de los sueños y la noche en
silencio por donde se ocultan los que mañana están destinados a dirigir la
“otra orquesta”, sin batuta, sin
partitura y sin profundidad. Los políticos siguen haciendo prácticas de
laboratorio con los ciudadanos, sin saber nada de música. Directores de
orquesta…


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