El
color estrella del verano es el Cloud Dancer, Pantone 11-4201, un blanco sutil
y saturado, un crema natural que aporta calma y luminosidad, sin olvidarnos de
los Leones de Mateo Bonuccelli, que han vuelto a recuperar su esplendor
original con ese bronce dorado al fuego. Se trata de buscar un color que realce
la honestidad, como sello personal, para ensalzar el individualismo. De ahí esos tonos
neutros, atemporales, con tal de que no se note si venimos de la playa o de la
montaña, o quizás de una habitación con vistas. Del verde turquesa al rojo ardiente como la lava…, y del blanco al verde
salvia. Equilibrio en los colores y en la paleta que viste a la figura humana,
dejando la piel en libertad, como ya lo
hicieron los maestros, procurando una
neutralidad rica por donde se asome ese blanco elevado que parece un soplo de
aire fresco, cromático, que aspira al lujo, a una estética rica, etérea, hasta
lograr que lo cotidiano se eleve y consigamos ese estado emocional que nos
merecemos. La ropa son emociones; Pantone y tendencias, que disfrazan el desnudo de tonos relajantes, con el color
de los diseñadores, que siempre juegan
con ese lenguaje tan particular que tienen las texturas. Del azul del mar a los
tonos dorados de las playas, con el toque final de la noche, cuando el blanco
alcanza su máximo esplendor. Un color
que se suma a otro. Y llega el instante: ése en el que, cuando estamos con el
ojo ante el espejo, una pestaña vuela. Y
pedimos un deseo. Quizás siempre pedimos demasiados deseos. Salimos de casa. Llegamos donde hemos quedado.
Y, con el sol ocultándose por el horizonte, junto al mar, por la terraza del restaurante vemos aparecer un
vestido amarillo manteca que exhibe una historia cromática diferente. A unos
metros, parece hielo, tan fresco, tan luminoso, y sobre todo tan elegante. La
paleta viene cargada de energía. El verano nos da la oportunidad de hacer nuestras
las tendencias, hasta encontrar ese estilo que nos corona, que nos convierte en
príncipes y princesas. Cenamos. Nos escolta la luna llena. Y un farolillo de
melón. Magia y leyenda en la noche. Llegan las viandas y el vino blanco.
A la
mañana siguiente, con el “caloret”,
buscamos nuestro toque final, como lo han buscado durante años los leones del
Palacio Real, que no es otra cosa que volver al original, que, desde siglos,
tiró a chocolate con leche, el color exacto y cuya fórmula se guarda en los
cajones de palacio. Unos buscamos
el toque y el chemsex sus
posibilidades: del inglés chemicals y sex,
un fenómeno reciente, que consiste en usar drogas psicoactivas para
intensificar o prolongar las relaciones sexuales. A vueltas con la eternidad y con el tiempo, cuando
estamos aquí de paso; de atrás adelante o viceversa, y el verano volviendo a
las mitologías, tras abrir el abanico con las primeras luces y cerrarlo de
madrugada. De los conciertos al aire libre a la saeta que se improvisa a la luz
de la luna, mientras esperamos que lleguen los sanfermines, que llenarán las
calles y las plazas de multitudes vestidas de blanco y rojo, duchadas con
cerveza o con un poquito de ron, y dispuestas a realizar el “Salto del Ángel” desde una farola o desde la cabeza de una estatua. Ha llegado el verano, oiga, y la luna llena sobre
París, uhhu, cuando suena la canción de La Unión, corría 1984, sin olvidarnos de nuestra silueta, lo que
somos, la esfinge a contraluz que se crea cuando el sol del atardecer se
detiene sobre nuestro perímetro y la ciudad comienza a ponerse golfa, aunque
nos pille en la cola para ir al teatro, que, a pesar de las goteras, sigue
gozando de buena salud, también el rock,
que muchas tardes se sube al andamio para alegrarle la vida a sus
incondicionales, dispuestos a pedirle un
autógrafo en medio del concierto a los
rosendos, extremoduros y loquillos, pues, como sabemos, los cachorros del rock and roll no tienen paciencia, sino consignas escritas en esos tatuajes que llevan sobre la piel muerta, adornando sus cuerpos sudorosos, a lo que sumar la más de media docena de medallas de
plata que se han pasado unos días metidas en bicarbonato para que cojan lustre, las mismas que en estos momentos invaden los pectorales de los nietos
de los hijos de aquellos abuelos auténticos que descargaban camiones en los
mercados o en los muelles del puerto sin tener que pasar por el gimnasio, y
luego se iban a la pista para escuchar en directo música, e ir tras las nenas,
y tras el sonido de la Fender Stratocaster, la guitarra legendaria, cosa que no hacen hoy sus
descendientes, la tercera generación, los troncos que se depilan el pecho y las
cejas, y después se hacen un selfi. Exhiben el pecho depilado como si fuera un cuadro
de Valdés Leal, barroco puro y limpio, dramático, lleno de cadenas, cristos y
Vírgenes, que más bien es un temblor de cruces, una lucha de poderes, de
sacrificios y sangre para comprobar quién
es el más guapo, el que es capaz de dominar al hombre, pero el hombre, en este
caso, sigue a la suyo, entre la birra y en el
joint, entre la foto personal y el gesto
violento, que es la estética de las series, de ese juego de tronos devastador,
repetitivo, gótico y sombrío. Y en la otra esquina, la bota que pisa el asfalto,
con la cresta en la cabellera y la estética punk brillando en la noche, sin
soltar de la mano la litrona y un puñado de interrogaciones intermitentes que
se encienden cada dos por tres sobre esos
cuerpos tan jóvenes, atraídos todos por
el olor del verano, en plena calle, donde mojan sus labios jugando al compadreo,
hasta convertir la acera en una rave de pasiones infinitas. Chemsex,
mefedrona, tina y sexo, la mil y una noches en fiestas privadas, en villas,
en pisos, o en barcos, convocados por la fiebre de las drogas y el deseo, que
dejan al descubierto los complejos. Se sale a la “caza del bicho”, que no es
otro que el virus VIH, en un ambiente gay. Pinceladas del verano guardadas en
una caja de Pandora, que explota cuando se abre.
El
verano y sus filigranas, y las recomendaciones para evitar que nos salga al paso
un influencer gastronómico, que no hace crítica, sino anuncios. La tortilla que habla y el huevo que no está porque se ha ido al gallinero con su mamá y ha
dejado a la patata más sola que la una.
Si no sabes cocinar, lo mejor es un bocadillo de calamares, el alimento de la
Contrarreforma, que vino a quitar el hambre, o unos callos con garbanzos, que
entran de lleno y sin pedir permiso en la boca. Las redes sociales son las encargadas de dirigir el
peregrinar de las masas en busca de comidas raras y caras. Comer no tiene nada
que ver con un anuncio. A ese tipo de negocio no le interesa la calidad, sino la rapidez. Por
eso hay que volver a la receta de la abuela, con postre o sin él. De noche o de
día. Y entrenar el paladar. Volver a la rueda de sabores, al alimento fresco y
natural, digan lo que digan los mil anuncios que invaden las papeleras, los
andenes, las marquesinas de bus…, o las redes. Volver al libro de las 80 recetas, a la cocina en armonía o la cocina
coqui, o chuqui, sin chef, sin aspirantes, sin publicidad, sin patrocinadores, volver a la cocina de
chiflados, a la cocina de siempre…, a las manos de antes, porque con la comida
no se juega. Había un libro incluso en el que un hombre le susurraba a las
morcillas y otro en el que dos cocineros, David de Jorge y Martín Berasategui
cocinaban “sin bobadas”. Pan comido, por así decirlo. Recetas fáciles de tal manera
que, quienes nos visiten, nos pillen con
las manos en la masa. Vuelve a sonar Lobo-Hombre en París, inspirada en
un texto de Boris Vian, del álbum Mil siluetas, 1984.., La Unión… Sonidos
hechizados del pop-rock español. Otros olores, otros tiempos...


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