A VUELTAS CON EL TIEMPO: La Odisea

 


 

Cuando no es la Odisea, es la velocidad de los trenes; cuando no es el juego de sombras, es el empeño de un director de cine,  Christopher Nolan, por controlar el tiempo, mientras la desidia y el  aburrimiento se pasean por esa cinta,  entre bostezos.  El futuro nos tiene en vilo, en un estado de alerta constante, incapaces de rebelarnos contra la fugacidad de la vida.  Versiones sobre una misma historia intentando recuperar algo de protagonismo, mientras cada autor va tejiendo el tiempo de diferentes maneras. Vuelve el péplum (1) de los años sesenta empaquetado ahora en IMAX, en 4k, a lo que sumar  un elenco de actores de lujo, sin que  ninguno de ellos sea creíble en su papel, porque entiendo que el cine es otra cosa y no un casting caprichoso. El cine es Bela Tarr. Lo otro, mero espectáculo. Ah, y dinero.

Películas y parques temáticos que no cuentan en ningún momento con la historia, pero sí con la taquilla. El héroe que vuelve a jugar con el tiempo y con los espectadores. También lo hacen los realizadores, buscando una profundidad que no aparece en ningún momento. Mitologías, novelas y filmes que recuperan el mito; historias que trasladan la acción a uno de esos viajes iniciáticos donde la imaginación juega un papel fundamental, sobre todo con la ayuda de los dioses, que, a fin de cuentas, son otra creación más de los hombres. El mundo en manos de argumentos archiconocidos, la enésima relectura de los clásicos, buscando ser aclamados por las masas, tal vez en aras de la salvación, con otro guion chapucero,  pero nunca buscando la verdad. 

Tras nosotros,  las voces de este drama que se reinterpreta una y otra vez, sin  una razón lógica y convincente. Nadie quiere entender que la vida termina con media verónica, sin necesidad de explicaciones banales;  y que los límites de la vida  se hallan  en el mármol de una escultura, que es donde ha sido representada  la belleza de la vida. Regresar al pasado para explicar el futuro es volver al organillo para hacer rock sinfónico, que siempre queda tan irreal como poco creíble. Otra cosa es que sea rentable, porque entre querubines que descienden del cielo, sirenas que se bañan con los delfines en el mar, cíclopes que se asemejan a King Kong, entre los que destaca Polifemo,  que devora a los compañeros de Odiseo, personaje inspirado en este caso en una obra de  Goya, Saturno devorando a su hijo..., hombres convertidos en cerdos, monstruos con seis cabezas… Queda claro que, en ese intento por explicar nuestra existencia, igual pasamos de la  antigua Grecia al realismo mágico que puso de moda el boom hispanoamericano. Y además lo hacemos sin complejos.   Pero muy pocos autores son capaces de descender a la intimidad para ofrecernos una razón convincente del ser humano. Pocos son los que se detienen en el hombre; en el hombre desnudo.  Cuando lo entendamos, quizás no haga falta echar mano de tantos fuegos artificiales y de tantos y tantos papeles reescritos a la luz de ese interés por dominar el mundo. De la Odisea al Antiguo Testamento; del Apocalipsis al Juicio Final. Estructuras narrativas que van modelando el relato y cambiando el mensaje según las necesidades del momento.  Geometrías con unas formas y unos patrones cuyo único fin es el de encerrar a las multitudes manipulando su destino, donde incluyo a la geometría del caos, a ese  “templo” o espacio mediático donde se le da cobertura a la violencia, a la manipulación, con tal de que todo fluya y nada se entienda. La multitud necesita sentirse adorada con tesoros falsos, algo de hierro (siempre aparece la espada), un palo y sangre. Y, sobre ese palo, ahí, se ensaya el sacrificio, el tormento…, en definitiva, la tragedia, la única capaz de perdonar y borrar el pecado. Pero, ¿Quién se inventa el pecado, cuando el pecado no existe? Muchos autores,  utilizan la mitología para tener controlada a la multitud con la ayuda inestimable de  las nuevas tecnologías. Y para disimular, se dice, se arguye que en esas obras se habla de la intimidad y del tiempo.  Todas las argumentaciones son muy oscuras. Al final, lo que queda es: un tiempo que no existe sin los recuerdos; el tiempo, como elemento narrativo; el tiempo detenido, congelado,  que no es otra cosa que la inmortalidad; y, por último, el tiempo que va y viene, que necesita seguir con el relato. Y para seguir, para poder continuar, entonces crea  los sueños, porque los sueños siempre afectan a las emociones. Y con ellas, lo que hace, lo que consigue es tener la libertad necesaria para manipular el espacio y el tiempo: ir, volver, regresar, morir, resucitar… Y cuando alguien, en un  mundo de seres vivos, puede resucitar, ya tenemos el contexto idóneo, el desorden necesario.  Solo queda ya echar  mano de la metáfora. Y, colorín colorado,  este cuento se ha acabado.  Pero ocurre que, a veces, para ser creíbles, la metáfora no es suficiente, puesto que la historia nos pide que seamos también y al mismo tiempo rigurosos. Pero preferimos saltarnos las claves y llevar a otro “estadio” la ceremonia. Es decir,  realizar el sacrificio en otro altar más adecuado, puesto que, a estas alturas de la película, el drama está ya partido en mil trozos y las partes necesitan ser unidas cuanto antes  con tal de que el espectador comprenda algo de lo que le estamos contando y se sumerja en la trama, y, de paso, pueda capturar el mensaje (tengamos en cuenta que ha pagado 10 euros). Yo creo que en la Odisea se está constantemente  mintiendo y que, en realidad, el personaje, Odiseo, también miente. Y que a Christopher Nolan eso no lo importa, porque lo que le importa es la puesta en escena, la forma, la grandilocuencia..., una forma envuelta  en IMAX, en un celofán transparente pero al mismo tiempo impermeable. Y lo que no soporto, sea en 4k o en digital,  es aburrirme viendo una película histórica.

Dajla, donde se rodaron algunas partes de La Odisea, es desde hace 50 años el escenario de torturas, detenciones arbitrarias, robo de tierras, expulsiones forzosas, limpieza étnica y toda suerte de violaciones de los derechos humanos de la población saharaui por parte de las fuerzas represoras marroquíes”, pero esto no se rueda en IMAX no vaya a ser que se moleste alguien. Se deja para otra “odisea”.

 

(1       (1) Péplum: peplos, la palabra que hace referencia a la prenda vestir griega. Cine  de espada y sandalia. Películas históricas de grandes presupuestos, como Ben Hur (1959).






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