Arde
la vida mientras mantenemos la respiración. A la noche, con la brisa que entra
por la ventana, las branquias le dan un
descanso a los pulmones. La noche es un acantilado. Nos pasamos las horas agarrados
al cabecero, en soledad, para no caernos por el precipicio. Por la ventana
también se cuela el olor a la calle, a la colilla muerta, al polvo de la vida.
Los cortinajes, ocultan el interior de las habitaciones, el enigma que se cuece
cada día en ellas, sobre todo cuando los celos le hacen un hueco al silencio.
Es difícil aguantar la llama de los celos, la necesidad posesiva del otro, que
se agarra a nuestras ruinas como un borracho se agarra a la botella, y la lame,
cuando ya no queda nada dentro. Amar es una apuesta por lo desconocido, un
safari tras un puñado de sentimientos. Y la carne, el alimento, que también
arde. Arde la carne, las sábanas, la almohada, el deseo, pero, lo que arde,
sobre todo, es el amor, que necesita otra temperatura. Y, con las ascuas, llega
el olvido, la búsqueda de otro fuego, ese fuego que arde hacia adentro, que nos
hace hablar, decirnos, decirte, susurrarnos…, y suspirar, porque amar es un diálogo
constante, eterno, donde se dan cita todos los lenguajes. El amor es una escusa
para que el destino siga haciendo de las suyas.
El
azúcar en llamas no es otra cosa que la sonrisa de la vida, la primera luz de
los ojos, un viaje donde el mundo sale a
nuestra búsqueda, exhibiéndose sin recato ante nuestra presencia, espectáculo que
nos deja la cara llena de felicidad. El azúcar se carameliza en el fuego y
viste la superficie de la tarrina con
una capa anaranjada, el color del atardecer, el naranja dramático de la guerra,
de la frase rotunda, del clímax a mitad de
la obra, momento en el que los actores cuelgan su mirada en el público. Y
cae la túnica; y, semidesnudos, inmóviles, en ese instante lleno de intensidad,
se giran para escuchar el murmullo que
propone la vida, además de los aplausos.
Hay
noches en las que la luna parece una tarrina de azúcar caramelizada. Arde llena de deseo. Echándole un pulso al
universo, se queda parada en la oscuridad. Su imagen se apodera del más allá, dando
lugar a una fotografía congelada, a pesar del verano. Está impaciente, por no
decir ansiosa. Pretende conquistar la noche; necesita que triunfe el deseo. Anhela
al cometa joven que meses atrás impactó sobre ella. Lleva días imaginándose el reencuentro, que se
augura fascinante. Ella lo sigue llamando “el cometa del siglo”. Pero antes
prefiere refrescarse la cara con unas cuantas tormentas de madrugada. Navega en
la noche como una embarcación en alta mar. No se fía de los paparazzi del
cielo. Como se sabe, el universo está lleno de cámaras, cuando ella lo que necesita es amar
en secreto. Por eso no deja de mirar al espacio profundo. Sabe que, hasta que se
dé esa conjunción cósmica, toca esperar.
Entretanto,
en el interior de cada casa, a esas horas, lo que queda en vilo es el vacío de
la memoria, llena de ausencias. El paisaje
es triste. Los caminos de tierra no
llevan a ninguna parte. El río, también baja triste. Y las nubes siguen creando
sombras, como si quisieran ponerle un sombrero a cada una de las cabezas de los
vecinos. Amanece despacio. Las casas comienzan a existir con los primeros
rayos. Se han pasado la noche siendo siluetas. Y los vecinos, almas errantes.
La luz limpia de la mañana trae con ella la hoguera del tiempo, el incendio que pone en el fuego la vida para
que hierva, y se derrita, y los habitantes se la puedan restregar por el cuerpo
para protegerse de la nada, de la quietud, de la soledad, de la muerte, porque
la muerte también termina en llamas. Quizás necesitemos arder para pensar que
esto no se ha acabado. Y salir a buscar;
buscar para encontrar, huyendo de la oscuridad interior. En las casas, la
aventura se termina muy pronto. Y se echa de menos la risa, el murmullo, el
grito y la magia de la calle.
Llamas
y centellas, naranjas, amarillos y rojos, el viejo horizonte, que siempre nos
vigila, donde se escucha el chisporroteo del azúcar ardiendo, de la vida
ardiendo, del lenguaje ardiendo. La última carta, la última parada, la última
vez. Si queremos saber algo de nosotros o de los demás, la respuesta no puede ser la de siempre:
llegar a casa y encender el televisor. La pantalla nos hace sumisos,
ignorantes. El cuarto oscuro, la caja oscura… El encierro al atardecer. El plan,
los planes, las órdenes… Y el frigorífico lleno de ofertas. Comienza la
rutina. Con la camisa desabrochada y los pies descalzos en el sofá. Tirados
como morsas. Y los calcetines, para
hacernos un poleo. Después, las
incomodidades, las poses… No sabemos
cómo ponernos, si de lado o del revés. Hasta que tocamos fondo. Y nos faltamos al
respeto. El techo que se inclina, la tarde que avanza, la noche que también comienza
a inclinarse, la buhardilla que se ladea, el desánimo que llega…. Solo está
derecho el cuarto de baño. El resto sigue torcido. Y del azúcar en llamas, ni
rastro. Lo que hay es una vida incolora. Por no decir, un dibujo a carboncillo. Y
lo único que queda es levantarse, ir hasta la cocina, coger la caja de cerillas
y encender una. Ha sido rascar y en
seguida han vuelto las huellas de la vida, ese rastro tan cómico que vamos
dejando. La cerilla quita el miedo y espanta a los mosquitos, como toda hoguera
humana, ya sea con un verso al recordar a uno de nuestros maestros o al seguir
con el ojo la belleza de las cosas, porque ambas actitudes encienden la hoguera
humana, también nuestra imaginación, porque la pira siempre habla de la
inteligencia, puesto que crecimos a la luz del fuego.


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