Se muere Pepe Dominguillo, el taxista, y nace Tomás, al que el cura le ha cobrado veinte euros por
bautizarlo, no por el agua bendita sino por el misterio de la fe, que ha subido
muchísimo en los últimos años. En cuanto le apliquen el nuevo IVA, la cosa se
va a poner por las nubes. Cae el agua bendita, desde el Jordán a la pila
bautismal, fría como el pecho inerte del finado y densa por tanta cal
subterránea como lleva, resbalando por la cabeza del niño que está siendo
acristianado. El agua helada, que acompaña a la bendición, donde se invoca a
los cielos para después dejar en manos de la teatralidad esa falsedad tan antigua, ese momento en el que
se le subyuga al iniciado con la divinidad.
La muerte es esa
sombra que se forma en cuanto nos quedamos mudos y nos meten bajo tierra para
que germinemos en otro mundo. Bajo tierra todos nos igualamos, aunque algunos
sigan tentando a la suerte cada noche con sus soliloquios por si la ruleta de
la fortuna los sacase de ahí como se saca una trufa. La muerte llega cuando se
nos queda la voz dormida y el pensamiento averiguando lo que fuimos. Ese es el
momento de partir y acurrucarse en los sótanos de la Tierra junto a algún poeta
fusilado o entre toreros y literatos, que son los que suelen tener los
esqueletos más charlatanes del báratro. Incluso hay veces que se cuela algún
tenor. Y es desayunar lo que sea y ya los tienes ahí dando el “do” de pecho. La
muerte es como ese oficio de taxista que tuvo Pepe y que siempre nos está esperando.
Ahora, quien desfila es él, dejando por las calles un perfume a rosas.
Nada más pasar el
coche fúnebre y la comitiva, Dora se ha apresurado a barrer la puerta de la
calle, evitando estar mucho tiempo fuera. Son obligaciones establecidas por la
costumbre. Lo hacía su abuela, su madre… y lo sigue haciendo ella. Mientras
barre, siempre le viene a la mente algún presentimiento. Y los olores de otra
época, cuando el pueblo era un paraíso de aromas, según la estación. Olían
hasta los secretos de las viudas y los pisos con escaleras, y los pijamas
tendidos y la humedad de las alacenas.
En cuanto Dora ha
cumplido con la tarea, deja la escoba y el badil en su sitio, y entra en su
habitación para cambiarse. Tiene que salir a hacer unos recados. Cuando se ve
los hombros desnudos en el espejo, se siente otra. El espejo falsea la
distancia, sobre todo en el trecho que hay entre el cristal y la belleza. Por eso,
cada vez que nos miramos en él, nos
interroga. Otra camisa, otra blusa…; con sujetador, sin él…; los labios
pintados…, el pelo alborotado… ¡Nooo! ¡Qué horror! Y tenemos que empezar de
nuevo a perfilar nuestra silueta hasta conseguir la aquiescencia de ese
paradigma. El espejo es un tirano. Las piernas, los brazos, el rostro… A Dora le gustaría hacer el espejo añicos, pero
no se atreve. Ya vestida, termina de acicalarse y sale a la calle procurando
que la miren aunque sea de reojo. A los primeros pasos, da comienzo un juego de
miradas furtivas que convierten las calles en una radiografía diaria por donde
se pasea la lujuria y el idilio permanente. El paso decidido de Nora, lo
detecta en seguida Pedro Malpartida, el señor que vende los cupones de la ONCE,
en la calle Albricias:
—Buenos días, Nora.
Tan elegante como siempre…
—¿Cómo estamos,
Pedro? Tú que me ves con buenos ojos…
Al atravesar la Plaza
de la Constitución, salen volando todos los pájaros de los árboles y también
los que anidan en la torre de la iglesia, formando una nube de plumas y
admiración. Tras construir en el aire varias figuras muy llamativas, de nuevo
regresan a sus asentamientos, ya sean ramas o piedras. Es la forma que tienen
de darle los buenos días a Nora o de decirle que no le haga caso a ese espejo
tan déspota, porque está guapísima. Hay tanta unanimidad en el veredicto, que
hasta la veleta de la torre está de acuerdo, de tal modo que, al
alejarse Nora, con la ayuda del viento, ha cambiado de dirección y se ha puesto
a señalar el punto cardinal por donde tiene la salida el sol.
Pasan los días y las
temperaturas se van suavizando, en tanto llegan los rituales. Entre el olor a
tomillo y romero, así como el de la alábega,
llega hasta la pituitaria el olor del incienso ―asperjado por un turíbulo― y el
olor a rancio del sermón, tan repetitivo. Las aventuras del Hijo y del Padre,
perseguidos, liberados, resucitado Aquél, en el nombre de Éste, en un nuevo día,
con las heridas sangrantes por aquello de que la cromaticidad viene a ser la
que crea adeptos, el color de la sangre y no otro, ese rojo pasión que
calienta la mañana, tanto o más que el
relato declamado a lo largo de los siglos desde el promontorio, por los siglos
de los siglos, amén.
Se marcha el camión
de la recogida de basuras y llegan los barrenderos, que barren hasta la
democracia, tan débil como el primer rayo de la mañana. Muy cerca, en plena
rotonda, ondea la bandera de España, tan recurrente, que a duras penas se
sostiene en el mástil, sujetada por unas simples anillas en unos tiempos en los
que nada se sostiene. Los colores de la bandera como nexo de las muchas tropelías,
que las hay. Los colores de las guerras, las caras pintadas, las plumas de los
otros, como cabelleras, el triunfo a costa de la verdad o de la indiferencia,
que no se nota tanto. Todos acuden al panal de rica miel, a la hora del
reportaje, para sentirse partícipes de una sociedad a la que maltratan sin
cesar, en la que no creen, una sociedad que suena a hojalata, donde se posan
las moscas y el equívoco, porque el ser humano, haga lo que haga, siempre está destrozando
lo ya conseguido.
El ayuntamiento, el
cementerio, el campo de fútbol, las viviendas dispersadas por los alrededores,
la gasolinera…, lejos, por si explota…; la cultura, un espejismo… Son los
pueblos de hoy en día, de mucho balcón y escudo, y un solo mostrador para todos.
La vida online, la licencia de obra
que no llega, los rastrojos que empiezan a arder conforme pasa la primavera y
se va acercando el verano, el viejo mundo escondido en los cajones pero
presente en cada una de esas mentes llenas de perversidad, los caminos de
cabras aplastados por las motos todoterreno, y los pinares también, pisando la
vida, trazando una huella patética por cada uno de los pinares por donde pasan,
o por esos otros alrededores invadidos de miles de tubos de plástico que el
viento se lleva de las cepas y que pululan a sus anchas, y que nadie quiere ver
o, aquellos que los ven, se dan la vuelta para no verlos… Aunque mañana, esos
ciegos, hablarán del vino ecológico, de la viña del futuro… Quieren escribir el
día a día con la misma hipocresía con la que cohabitan a diario. Y eso se debe
a que, de ese mundo nuevo al que se refieren en sus discursos, solo les atrae
el dinero.
Un pueblo, más que un proyecto, es un sentimiento, entre
otras cosas. Sentir es algo bastante entrañable e higiénico. Así lo ha hecho
saber un grafitero, que, al entrar al pueblo por el Camino de Ganapanes, sobre una tapia
vieja de una casa baja y medio derruida, ha escrito: “Encerrarse
en uno mismo, no es malo. Has sido mi inspiración en todo esto que he escrito”. Es un texto anónimo que
derrocha sinceridad, fruto de la savia de un joven enamorado por aquello de “uno
mismo”, en vez de “una”, un varón que no puede guardarse
sus sentimientos y los hace públicos, quizás como una manera de calmar el dolor
cuando todo queda ya lejos…, porque el amor es un perfume caro que se disipa
hoy y vuelve a oler otra vez mañana. Entretanto, quedan esas palabras
temblorosas, escritas con una tiza azul sobre la pared blanca, agradeciendo a
quien fue la inspiración en todo momento de aquello que hervía en los adentros
de un poeta enamorado, y ella la musa de
sus páginas. El que siente, sufre; el que escribe, borra un amor para esperar a
otro, porque el poeta pasa de largo sobre los sentimientos. Así que, no estaría
de más que fuésemos poniendo los corazones a calentar para que se vayan
llenando de energía y tengamos la valentía de
echarlos a las hogueras del Cristo, cuando llegue ese momento, que será el 15
de septiembre. Un pueblo es una debilidad, como el amor.


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