La vida transcurre deprisa, tan veloz como la luz que pasa por los cables
del tendido eléctrico, donde se posan los pájaros a ver atardecer. El tiempo
también va y viene a través de los cables, porque el tiempo es oro, como la
luz, con los zigurat de las eléctricas distribuidos por los campos como
metáforas del progreso y del poder.
A pesar de la lluvia, Casimiro, tras salir del trabajo del almacén de
coloniales y después de que se haya bebido el segundo chato de vino en El Figón, ha salido a la calle para
leer esas novelitas de Marcial Lafuente Estefanía bajo la luz de la farola,
como todos los días. Ha abierto el paraguas y se ha colocado un tanto esquinado
con tal de que la farola encamine su luz hacia la página correspondiente, como
si fuera el de una de esas lunas que se detienen en el mar para alumbrar el
parto de un cetáceo. Aquí la que está de parto es la literatura, el ingenio,
que lo tienen enganchado a esas historias, la mayoría del Oeste, como la que
tiene ahora entre las manos, El último
atraco. Por su parte, Odón Juan, el funcionario del ayuntamiento, sigue con su vida tan diseñada. Sale del
despacho y vuelve a bajar por la escalera de incendios hasta el callejón, donde,
sobre unos cartones, duerme Zacarías, que en estos momentos no está. El
funcionario fuma solo, viste como un dandi y se comporta como un matón de
película. Dentro de él, viven muchos personajes. Todos ellos cobardes y
malvados. No le gusta rozarse con la ética por si se mancha. La ética le hace
delirar.
Las viñas son los mares de estas tierras, que se ondulan en el horizonte, tras la vendimia, afinadas por la lluvia, mientras poco a poco van cambiando de color y les van saliendo unos ocres finísimos, como si ese mar fuera de barro. Fascinante. Un mar que sonríe cuando le llega ese olor al mosto fermentando y que en pocos días se convertirá en el vino joven que llegará a las gargantas, sacando la verdad de cada corazón, en un trago, en un sorbo, la verdad elegante, sincera, que les dejará vivir en paz a los vecinos.
Huellas del ayer y del hoy, que se filtran por las rendijas del individuo y lo van encerrando en esas cárceles inmateriales donde hay tantísima humedad y muy poco de cordura. Los salmos se han quedado en la proa de las casas, que no huelen a humedad, sino a credo, a la fruta del verbo pontificio, artificial, que se ha derramado por todas partes, ocupando el lugar que le corresponde a la naturaleza. La biografía tardía y breve de un pueblo. Y la luz encendida toda la noche. La luz del consistorio se queda encendida todas las noches iluminando los pasillos vacíos y las poltronas. Paga el pueblo. La luz del vestíbulo espanta a la democracia y la de los servicios a la oposición, que se suele ir a su casa a la hora de hacer sus necesidades por si acaso hay cámaras grabando. Las luces presentes día y noche como en los centros penitenciarios, si bien aquí la razón es otra y lo que se busca es que una emoción se cruce en el camino de los votantes y desnivele las encuestas en favor del condotiero, al que le apasiona el espectáculo de las luces y las sombras para llegar a los resultados. Según este ejemplar, obsesionado con el lujo, «las luces del ayuntamiento se quedan encendidas toda la noche para darle de comer a las estrellas». Pero la verdadera estrella es don Jaime, el médico de cabecera o de familia. Lo suyo es vocación y generosidad. Si lo buscas, lo encuentras; si lo necesitas, solo tienes que llamarlo, no importa la hora… Lo único que le gustaría corregir es su caligrafía, esa letra inteligible que, más que palabras, parecen garabatos, de tal modo que algunos pacientes, cuando les da la receta, con tanto cubismo como hay en ella, al no entender nada, se van al quiosco de Pedro Malpartida, el vendedor de la ONCE, para que este, con las huellas de sus dedos instruidas en el Braille, les haga una interpretación lo más acertada posible. Al médico le gustan los jeroglíficos, de ahí su letra. Ha leído unas cuantas veces Sinué el egipcio, escrita por el finlandés Mika Waltari, en la que un huérfano llega a ser el médico real y, a fin de cuentas, el mismo que cuenta la historia, ya en el exilio, después de la muerte de Akenatón, tras perder su posición debido a su relación con una cortesana. A don Jaime no le hubiera importado nada vivir aquello. En la mente del médico de familia retumban las voces de entonces, como si esa novela hubiera sido parte de su vida y la razón por la que quiso hacerse galeno.
Tono agudo y gesto contrariado, dramático. Es el instante en el que Josete
el Gitano, sentado en una
piedra en el Camino de Ganapanes, muy
cerca de su casilla, decide arrancarse por Juan de la Vara con un ¡ay! que pone
los pelos de punta. Es arrancarse…, y sale su voz quebrada en ese fandango
titulado Los cuatro hermanicos que semos,
sin acompañamiento, aunque no hubiera estado mal tener al lado a Juan
Carmona, el Habichuela. La vida
viene asustada en este invierno frío y Josete no es un hombre al que rendir
fácilmente rodilla a tierra con una humillación tras otra. Canta roto, herido,
como cuando era niño y abandonó la casa de su padre, que siempre lo maldecía y
le ponía la mano encima. Estaba a punto de cumplir los catorce. Y ahora lo
desechan desde los despachos negándole las ayudas sociales. Pero él quiere
quedarse y seguir siendo un faro de luz y bondad allá en las afueras, en esa
casilla de campo que le sirve de cobijo y donde no llega el desprecio. Aquí
vino de chico y aquí se crio, y aquí quiere continuar viviendo hasta que la
muerte lo coja por sorpresa para sentarse a la mesa de los hombres, sin
arrugarse, sin tener que esconderse, sin sentirse un miserable, mientras espera
que le arreglen los papeles. Canta con ese quejío tan particular que tiene,
lleno de honestidad, de rabia y de hambre de justicia. Y así hasta que, minutos
después, la voz se quiebra y cae una lágrima, y la herida tiembla, y el gitano
se estremece, y la piedra en la que está sentado cruje ante tanta pena.
Pena y gloria, el valor de la moral y el de ser libre, ambos en los límites
de muchos vecinos, en la tangente del cuerpo, que es donde lleva la báscula de
tasar don Ángel el veterinario, siempre en su jardín de las delicias, en una
vida de sensaciones, de placeres, como esos actores de comedia que se pasan la
obra deleitando al público, deleitándose a sí mismo con sus palabras, con su
guitarra, con sus chismes…, lejos de la realidad, tan fría, tan reacia a la
improvisación. Dobla el cuerpo para tocar y para beber, dos cosas que en el
veterinario andan juntas, tanto que a veces se confunden y le hacen temblar a
las luces del bar Sibilancias, en el número 2 de la calle Niseteocurra, junto a la plaza de José
Bernabé Soriano. Tiemblan las luces como tiemblan las interrogaciones al
escribirlas, porque el tembleque es propio de toda duda, de aquello que pende
de un hilo, ya sea de un hilo de cobre como el de las bombillas o de un hilo
del alma. Sobre todo cuando llega otra botella de vino y, al descorcharla, ese
sonido se mete en la memoria. El vino entra y le ayuda a salir a la voz que
recorre el bar de punta a punta y regresa convertida en una oda llena de
lirismo. Don Ángel tiene «ángel» y despierta hasta a las fieras.
La vida es un instante, el tiempo otro, y una realidad formada por
un soplo, o por muchos soplos y una sola respiración, que llena los cristales
de vaho. Cuando los vecinos lo borran, tras él aparece la niebla, que cubre el
melodrama diario. La niebla es la exaltación de la tristeza, pero es tan vieja
que, en nada, en cuanto el sol se lo indique, regresará y se hará de nuevo
invisible, hasta mañana, que aparecerá posándose sobre la barba de cuatro
campesinos que han empezado a podar los almendros, los albaricoqueros y las
viñas. Hay quienes dicen que no se debe podar con hoja; otros, aseguran que
tiene sus bondades. Braulio piensa que si podas tarde, luego meten el ganado a
la viña y se desvigoriza. La niebla trae pareceres. Y Armando, subido sobre su
caballo, se sale del camino de tierra y penetra en un pinar como un Rodrigo
Díaz de Vivar para enfrentarse a los pinos quemados por el último incendio.
Todo municipio tiene su héroe, diez siglos después de la Reconquista, pero aquí
al único que hay que recuperar es al campo, que se muere ante el abandono. Ese
es el verdadero desafío. Volver a la naturaleza como símbolo de vida. Hay que
volver a narrar arando los terrenos baldíos y sembrar jóvenes talentos humanos.
La vocación tiene que volver a la juventud y conseguir que esta ame el campo. Habrá
un día en que veremos otra vez esas imágenes llenas de serenidad, con los rayos
de la mañana iluminando el mundo rural. Así lo sienten muchos agricultores. Y
ese día llegará.




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