Los tejados andan cacareando toda la mañana. Con el sol posado sobre las tejas desde hace ya un buen rato, la pizarra está a punto de poner el huevo. Aunque me he enterado de que, el próximo lunes, tanto las techumbres de todo el país como las losetas y derivados, van a protagonizar la primera huelga general: no quieren ser la base del setenta por ciento de las placas solares. Las briquetas de rasilla quieren seguir siendo como las gallinas ponedoras y no los soportes de las eléctricas, siempre en tensión. Tampoco quieren quedarse como las viudas de esta "guerra de las corrientes", como sucedió en aquella que tuvieron Edison y Tesla a finales del siglo XIX. Necesitan comprensión, y una mano cálida y deslizante que les ponga crema para protegerse de los rayos ultravioleta, no vaya a ser que las convierta en uralita. Porque una cosa es el asbesto y otra bien distinta la cerámica, mucho más femenina, sin necesidad alguna de amancebarse con el amianto.
Sale el sol, llega el buen tiempo por unas horas, y ya tienes a
la espuma de la cerveza por encima de la jarra o de la copa invitándonos a dar
un sorbo generoso a esa bebida de las ánimas y de los necesitados, los mismos que a la hora
del vermú invaden las barras en busca de una tapa o de una aceituna acompañada
de una anchoa, ambas pinchadas en un palillo, para degustar y para hacer boca; un dejarse caer por los sitios donde los encuentros son como una cita con el toro, un fresco de la realidad o una mirada distinta, por no decir una mirada hacia ninguna parte. Y entra la birra…, pasa la aceituna y la anchoa..., y de pronto sale todo un corral piando, ya sea de tejas, de viudas o de mucosidades de la noche,
porque la cerveza, cuando está bien tirada, además de quitar la sed, limpia la
conciencia.
Hace
un sol espléndido y, del entresuelo, han sacado la ignorancia, poniéndola a
secar en los balcones. Huele a berberechos de lata y a vermú. Y a cotidianeidad.
La familia está a punto de empezar a comer pero antes tiene que dar unas
cuantas vueltas alrededor de la mesa hasta que llegue el señor, que a veces es
el padre, quizás papá o se trata del segundo marido de la madre, ya que la paga de viuda era
algo pequeña y tuvo que tirar de picardías. Nobleza obliga; o la vida obliga. Que se lo digan a las tejas que,
ahora, con tanto dron, se pasan el día cuidando su imagen. Y más si sale el sol…
Del miércoles de ceniza de ayer, han pasado de golpe a un jueves iluminado; y, de
la tristeza del domingo, a brillar como lingotes de oro, porque dicen que el
país, con tanto sol como tenemos, es una
“pila de oro”, vamos, la batería de Europa. Solo es un proyecto, sí, pero las tejas están muy
ilusionadas con la idea, y ya están pidiendo diálogo y remuneración, porque
ellas no harán el papel que hacen “las gallinas de los huevos de oro” por una limosna (no confundir un título con otro: La muchacha de las bragas de oro era una película de Vicente Aranda).
Ayer
miércoles, hubo una reunión en Galileo Galilei de la baraja española, siempre
tan recurrente. La izquierda que se une, o se quiere unir. No es un problema de
siglas, sino de contenidos. Y de egos. Muchos protagonistas y pocas soluciones.
Al final, me temo que, antes de nacer, habrá que comprar un ataúd. Y no cometer los errores
de la Segunda República, con el Frente Popular. Las entradas agotadas. Se
buscaba un frente común para las generales. Y seguir oliendo a izquierdas, aunque a
veces el tufo de la palabra era vulgar, prosaico, y luego pasa lo que pasa:
que una viene de Loewe y la otra de Las Vistillas. Y la chulapa que se mete con
la pregonera y la sobrina con la fea, y el pueblo de comparsa y a verlas venir. Y
lo que viene es lo de siempre: un romanticismo barato, que no nos lleva a ningún
sitio. La tarde dio para una borrachera sentimental y para olvidar el ramillete de ilusiones perdidas,
de otros tiempos. Balzac le daba paso a Rufián y éste a Delgado. Allí estaban
todos, todas, todes, todis, y todus. El diccionario completo. Más la prensa y
Vitor Quiles. La monserga en reposo y las ideologías también. La tertulia
estaba al calorcito de la concurrencia, a la que a veces le entraba una
retrospección idílica cuando no un subidón de nostalgia, que siempre tiene un punto cómico y cotiza al alza. Pero, cuando se unan, si se
unen, ya veremos lo que dice Tezanos, que es el carpintero de Moncloa, el
fontanero de las cloacas, la cabeza visible de cualquier proyecto, y el
sacerdote supremo de este bautizo. Y, hasta que él no les dé la bendición, los opositores no
serán más que unos catecúmenos, dispuestos a terminar en el Limbo.
Sale el sol y se prepara la luna para dejarnos al descubierto. Nos visita el tiempo y la primavera del 36, y algunos generales con la bragueta de par en par. Y ahí fuera nos espera la cuestión de la vivienda y los pavos reales con pintas de canallas. No es una obra de teatro; es la vida real. La violencia viene bordada en la boca y el odio en los ojos. No podemos echar mano de la comedia. Hace falta un drama, una ópera, una trágicomedia que arranque el telón y las cortinas de la Transición. No estamos para dar vueltas en los “caballitos”, siguiendo la música.


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