Lo que se escondía detrás de aquella boda era un matrimonio de conveniencia, arreglado
entre Juan Patricio Flores, padre del novio, y Jacinto Utrera, padre de la
novia. El primero le había ofrecido al segundo once mil pesetas y tres libras
de azafrán, si Amelia se casaba con Isidorín, al que no le iba la labranza.
Amelia estaba sirviendo en casa de don
Federico, el médico, y el Isidorín hacía unos meses que había entrado a trabajar en las Contribuciones,
enchufado por el alcalde, don José Villanueva, un terrateniente que era del
Somatén. Todos los vecinos de Turuelos se
sabían las andanzas de los unos y de los otros, pero callaban. Las
noticias corrían de boca en boca en los entierros: del que tenía una amante; de
la viuda que se dejaba querer por el afecto que le tenía al cura, don Santiago; y del carretillero
que recogía chatarra, un morueco al que
le iban los cabritos, según las lenguas más viperinas. Cotilleos que, en la
mayoría de las veces, eran abonados por la imaginación. Lo de darle a la
de sinhueso era un deporte local, ya se tratara de las inclinaciones de los
vecinos, su querencia…, o unas simples habladurías, porque en Turuelos se hablaba
mal hasta del muerto, aun estando de cuerpo presente. Nadie se iba al otro mundo sin
el responso de rigor.
Amelia
e Isidorín se casaron un 20 de marzo de
1942. No fue una boda de mucho boato. Al evento acudieron los familiares y los amigos más cercanos. No
estaban los tiempos para grandes banquetes. En la ceremonia se veían pocas
prendas de satén blanco o velos de encajes, pero en las
conciencias de cada invitado asistían
los mejores deseos y toda la confianza. La madre de la novia, Gregoria, nada
más terminar la ceremonia, se hizo la cruz sobre su rostro, dando gracias a
Dios y al Arcángel San Miguel, patrón de la localidad. Por su parte, Remedios, la
consuegra y madre de Isidorín, que lucía las mejores ropas para la ocasión,
elevó sus ojos hacia la cúpula, los cerró y, al bajar su mirada, maldijo en silencio como quien escupe al suelo. Aquello no era amor sino un apaño para casar a un célibe, con tal de que
pudiera formar una familia. Para Jacinto Utrera, el padre de la chica, y su
amigo Pedro Villena, casarse con el hijo
de Juan Patricio, un hacendado, era pegar el braguetazo. Así se lo dijo el mismo día en el que ajustaron el precio, aunque luego, en la misa
del domingo, o cuando tocase, cada cual podría confesar sus culpas. Seguro que don
Santiago, el cura párroco, se las iría purificando
con oraciones y rezos, seguido de un examen riguroso de conciencia, que también
él mismo se aplicaría para limpiar esos pensamientos impuros que tenía con
Teresa, la viuda de Esteban, que fue fusilado por cenetista a finales del 37, cuando la Guerra Civil. Tras las felicitaciones, unos, pasaban por el reclinatorio pidiéndole
salud a los santos; otros, por el confesonario, buscando el perdón; y los
contrayentes y los testigos, pasaban por la sacristía para firmar el acta de
matrimonio. El estipendio para la Iglesia por las nupcias, se lo dio Juan
Patricio a don Santiago en el último apretón de manos.
Fue
una boda sencilla pero cargada de magnetismo. Así lo pensaban cuantos salieron
a las calles para ver desfilar a los novios desde su salida del templo hasta el
lugar donde se celebraría el banquete. Durante el recorrido, salían a las
puertas de las casas algunos vecinos y curiosos para ver pasar a la comitiva,
dejando en el aire algún que otro ¡vivan los novios!, que era respondido con otro
¡viva! aún más sonoro. La
mayoría reparaba en la exuberancia de Amelia, la novia, que iba muy elegante con aquel vestido cosido a mano
por su madre y su tía Clotilde, ya que ésta tenía un taller de corte y
confección. Y, mano con mano, dedal con dedal, la prenda le quedó a la novia
como un guante, sin olvidar el velo que caía
por su rostro, que, además de aportarle un toque de elegancia y presencia, le aseguraba a la pareja una vida llena de felicidad. Así lo pensaban la mayoría de las
mozas casaderas de Turuelos. En el
itinerario, de vez en cuando, se volvían a escuchar algunos vítores. El novio sonreía, orgulloso. El paso era
parsimonioso. La comitiva, a pesar del frío, caminaba por las calles sin
prisas, dejando que los contrayentes se mostraran ante los vecinos. Abría el
paso de la comitiva un ramo de flores majestuoso, portado por la novia, a la
que le brillaban sus ojos desde la distancia.
En la
puerta de la casona donde se celebraba el banquete, Emilio, el fotógrafo
contratado, inmortalizó el momento con varias instantáneas en distintas poses y
formaciones: la pareja sola; con los padres de ella; con los de él; otra con
los niños y sobrinos..; y la última con todos, pero sin niños. Al terminar, los
comensales fueron pasando al interior del restaurante El Fogón, que en realidad era una casa de comidas con un salón
lo bastante amplio para que cupieran todos
los invitados, que no eran demasiados. La chimenea llevaba ya un buen rato encendida;
la estufa también… El ambiente era acogedor… Aquello era un convite celebrado
en una casa de comidas humilde, pero que
ofrecía platos muy ricos, caseros, y donde no faltaron los dulces, la copita
de mistela, sin que en ningún momento dejaran de pasar de un lado a otro bandejas llenas de pastas, ya fuera por encima de las cabezas, alargando el brazo… La velada transcurría en muy buena armonía,
pero, llegado el momento, los comensales tuvieron que pasar desde el salón a los
pasillos que había entre la cocina y los servicios y el patio, puesto que los
camareros tenían que comenzar a retirar las mesas y las sillas para que, tan pronto como fuera posible, empezara el baile.
La
primera pieza que interpretó aquella orquestilla, que estaba formada por tres músicos, un acordeón, una batería y un saxofón, fue un
vals muy acompasado, que, en seguida, se dispusieron a bailar los novios. Prosiguieron
con Suspiros de España, luego una
cumbia, más otro pasodoble… Por sonar, sonó hasta La Tarantela… La tarde se iba cerrando y las luces de aquel
salón brillaban sobre las paredes blancas de yeso, que hacían la estancia más
familiar, incluso más cálida, y por donde seguía circulando la alegría, a pesar de
aquellos tiempos de posguerra.
Meses
después, el 3 de abril de 1942, un Viernes Santo, por la tarde, tuvo lugar la
Procesión del Santo Entierro. Al entrar la comitiva y el Cristo yacente en la
calle de la Amargura era casi de noche. Los nazarenos iban delante. Detrás, las manolas. A continuación, el paso de la
imagen, a hombros de los costaleros. Y a unos metros, las autoridades. El
silencio se podía cortar. Sólo es escuchaba el redoble del tambor. Acompañando
la imagen del Cristo yacente iban seis guardias civiles, tres a cada lado, con
sus fusiles de asalto y el cañón inclinado hacia el suelo. La comitiva desfilaba por las aceras en un ambiente solemne, de
recogimiento. De pronto, se abrió uno de los balcones y se pudo ver a Isidorín
que sacaba desnuda a Amelia, que pudo coger una de las sábanas y echársela por
encima del cuerpo, mientras aquél gritaba:
-“¡Aquí tenéis a la más puta del pueblo!". Consternación, murmullos… El momento
quedó grabado para siempre en la memoria colectiva de los vecinos de Turuelos. De
Isidorín, nada más se supo. Cuentan que se había marchado a Francia. En cuanto
Amelia…, cuando don Federico, el médico, se quedó viudo, tuvo dos hijos con él.


1 Comentarios
Me ha gustado muchísimo este relato. Realismo puro y duro.
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