El
tiempo es como la espuma, entre la que nadamos. No sé el día en el que vivo.
Paso los meses en el mismo fuego de siempre o brincado de aquí para allá como
las cabras montesas, pero sin montes. Y sin cartas, sin que le pueda escribir a
alguien que me lea, que me escuche, por aquello de que escribir es una terapia. Antes, de vez en cuando,
cogía un bolígrafo y, en una hoja cualquiera, ponía… “En la batalla, piensa en
mí…”. Estas cosillas, se las solía mandar a mi madre. Sobre todo en aquellos años
en los que la vida era un campo de batalla. Ahora, la vida es un campo de minas o de dinero, pero no de talento o de silencio.
Cuando
era niño, yo dibujaba muy mal. La profesora, se acercaba, miraba el dibujo y me
decía: -“¡Ay! Pero, Celín, en tus dibujos siempre hay mucho silencio…, y muchos
espacios… Estoy intrigada…”. Yo intrigaba a la gente. Nunca soporté los grupos. Desde niño, fui esculpiendo una sinopsis de mi vida en soledad. Con ella me iba a
todas partes. Unas veces, me salía lo absurdo; otras, cosas más creíbles. Hay quienes
se pasan la vida coleccionando dinero, animales disecados…, o trofeos, que
ponen en las vitrinas o en el aparador. Hasta su mujer es un trofeo. Otros, se
pasan la mañana con el palillo en la boca o con el chicle. No es por el
bruxismo, sino por la impaciencia. La vida se les va o se les fue, e intentan
recuperarla. Por ejemplo, mi tía Encarna, encendía unas velitas a la Virgen para que la hiciera joven y
guapa. En cuanto se lo pedía, se apagaban las velas. Hay que tener cuidado con
lo que se desea… A veces no son más que imposibles. Mi amigo Fernando, en
cuanto yo llegaba a su casa, se ponía a tocar el piano delante de mí para
demostrar su superioridad. Luego, se pasaba el día en silencio. Ahora solo toca
las teclas del cajero, cuando va a sacar dinero. Enmudeció para siempre. Es lo
que tienen las tormentas interiores. Sale la bestia… y no hay un domador a mano
o un amigo dispuesto a comprenderte, a soportar tanta soberbia junta… El
ingenio no se azuza con cualquier cosa. El ocio ha llenado el censo de artistas
y creadores. Uno de ellos, en su papel de poeta, le hizo un soneto a una cabeza
de ajos… Algunos de ellos no tienen pretensiones. Puro entretenimiento. No buscan
el relumbrón, sino ocultarse de algo o de alguien. Quizás ocultarse de sí
mismos… Hay otros que se pasan la mañana haciendo zafarrancho en sus casas,
que, desde el mismo día de la boda, las convirtieron en sacristías donde
celebraban la liturgia sin delantal y de espaldas a su mujer y a sus hijos.
Siempre con el gesto torcido, serios, con el traje reducido a un trapo, la
doctrina paseándose por el hule, entre miradas que se clavaban como cuchillos en
el corazón. Y así se consagraron algunas familias. Esto ha sido más normal de
lo que parece… Había una familia en concreto, que, a la hora de comer, a las
dos en punto, la prole tenía que estar en silencio y escuchar a Wagner. La
tradición romántica, el súper hombre… Luego, se bajaba el telón y aparecían las
incertidumbres, entre acto y acto. Pero alguien se había dejado la puerta de la calle abierta y algún que otro descendiente se atrevió a
cruzar el umbral y abandonar aquel valle de lágrimas. Sin corbata. La corbata
la dejó colgada sobre la silla de la cocina. Ya no le hacía falta.
Nosotros,
al no tener donde ir, de momento, salíamos con la merienda en la mano (comíamos
en la calle, sí…) y nos íbamos hasta Los
Pinillos para jugar con las chicas. Lo del gineceo siempre fue demasiado
atractivo para mi generación. Hay quienes se perdieron con las gambas al ajillo
o con los pastelitos de cabello de ángel. Y no digamos aquellos que bebían agua de litines… Pero…, volvamos a Los
Pinillos. Llegábamos al parque, saludábamos y, en seguida, cogidos de las
manos, componíamos un ballet impresionista, mientras intentábamos
dibujar en el aire un simple beso. De esta manera, las chicas, aunque jóvenes, como
tenían un sexto sentido, no solo nos iban probando, conociendo…, o entrando en
nuestro interior, sino que iban tomando buena nota para cuando llegara el momento de elegir
compañero. De este modo, no tendrían problemas a la hora de domarnos. Nos daban el cariño a trozos, los besos en la comisura de los labios,
las caricias en el cabello, o nos cogían solo los dedos de la mano…, o sea, que
nos iban poniendo a tono, calentando, lentamente, sin prisas, hasta el día en el que decidieran encender la mecha. En
cuanto abrieran la puerta y saliera de los
corrales la fiera y el hombre, ya podrían elegir.
Jugar
en Los Pinillos era una manera de
medir las fuerzas y hacer currículo. El macho alfa no se comía una rosca. El que
triunfaba era el osito de peluche. Luego salió rana, o lo que fuere, y se enamoró
de un estudiante de Medicina guapísimo, una relación que a día de hoy continúa,
con el amor de por medio, con todo, y continuará, por los siglos de los siglos…
Gracias, Antonio.
Vuelvo
a la mesa camilla, a los hilos o la hebra que me lleva a lugares comunes de entonces,
de siempre: el hilo umbilical, el del cometa que hacía volar en aquellos
veranos, los hilos de los bordados de las sábanas, el hilo rojo del destino y los hilos de mi madre, tan presentes. Vuelvo al refugio, a las fotografías y a los álbumes
que coleccioné durante aquellos años, sobre todo a los de animales, cuyos
cromos pegábamos con engrudo. Los
domingos, en La Cañada, nos
juntábamos muchos niños, a veces acompañados de nuestros padres, para
intercambiar cromos. Si, al final, nos faltaba uno… o dos.., los pedíamos a la
editorial, por si caía la breva. Mi colección favorita era la de Vida y Color. Y el cromo “imposible” el número 81, doble, el de
una mariposa negra, que me costó cien cromos. Toda una fortuna.


1 Comentarios
Buenísimo… ¡Me encanta!
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